Categoría: Decantaciones

Espacio donde trato de asentar las ideas, dejo que se calmen, que se conecten con otras y tomen forma y profundidad, si tienen que hacerlo.

  • ¿Qué es la soberanía ontológica?

    La palabra “soberano” tiene siglos de historia. Remite a reyes, territorios, fronteras y súbditos. Un soberano en la acepción clásica gobierna a otros, decide por ellos, se impone y hasta somete. Su poder depende de que exista alguien “por debajo”, alguien sobre quien ejercer esa soberanía.

    Pero cuando digo Yo, mi soberano, hablo de algo mucho más difícil: el poder que ejerzo sobre mí mismo. La capacidad que tengo de dirigir mi vida, de elegir mis caminos, de orientar mis decisiones y de habitar mi agencia interna sin prestársela al ruido, a las inercias, a las expectativas ajenas o a los automatismos que la cultura instala y que a veces parecen propios.

    Aparece así la soberanía ontológica: la que opera en el plano del ser, en el plano donde nace la dirección de todo lo demás.
    Yo gobierno mi eje interno y afirmo mi propia voluntad. Asumo la autoría de mi dirección.

    La soberanía ontológica es la autoridad interior que define desde dónde vivo, desde dónde decido, desde dónde actúo y desde dónde me pienso.
    Es el fundamento que permite ejercer todas las otras soberanías: mental, emocional, financiera, geográfica, etc.

    Soberanía ontológica es saber que soy yo el que me dirijo, el que elijo.
    Ser Yo, mi soberano es ejercer el poder sobre mí y sólo sobre mí.
    Es la condición que me permite dirigirme en mi propia dirección con la libertad de ser quien quiero ser.

  • Mi Patria Soberana

    Hay frases que se repiten incansablemente -y hasta las repito yo mismo- y parecen intocables. Hasta que un día cuando caen dentro mío, escucho (por primera vez?) cómo suenan. Y me hacen ruido, causan un estruendo que me despierta de un largo letargo.
    “La Patria es el otro” es una de ellas.
    La dije, la leí, la escuché, la repetí…
    pero un día algo en mí se desacomodó.

    Nací en Uruguay.
    Crecí cantando un himno que abre con un filo cortante:
    “Orientales, la Patria o la tumba.”
    Un ultimátum disfrazado de identidad.
    Y sin embargo, años después, al escuchar que “la Patria es el otro” no puedo evitar que algo en mí choque.

    Combino ambas sentencias y me pregunto:
    ¿El otro… o la tumba?
    ¿Quién decide?
    ¿Quién interpreta?
    ¿Quién define la Patria en nombre de todos?

    Me pregunto también:
    ¿Quiénes afirman a pies juntillas que la Patria es el otro?
    ¿Desde qué lugar lo hacen?
    ¿Desde qué poder real o simbólico se sostiene esa frase?
    ¿Con qué intención, con qué horizonte, con qué idea de comunidad?
    ¿Quién se siente autorizado a enunciarla?
    ¿Y qué soberanía está implícita en esa afirmación?

    Cuando declaro que la patria está en el otro…
    ¿qué lugar ocupo yo?
    ¿Y qué lugar le asigno a ese otro?
    ¿Lo convierto en depositario de mi identidad, o me reflejo en la suya?
    ¿En sostén, en apoyo involuntario?
    ¿En espejo, en reflejo?
    ¿En actor o en escenario?
    ¿O en territorio a administrar, o me convierto por el contrario en territorio administrable?

    Empiezo a ver que esa pregunta abre otra:
    ¿Qué tipo de soberanía necesita que la patria sea el otro?
    Una soberanía ejercida sobre otros no es soberanía personal.
    Intuyo que afirmar que la Patria sea el otro, es dirección, conducción, tutela o representación.
    Y esa lógica no resuena con mi forma de habitarme.

    Hay un punto en el que me cae la ficha:
    yo no puedo ejercer soberanía sobre nadie más que sobre mí.
    Ese es el límite.
    Ese es el borde.
    Ese es el territorio.

    Y si la soberanía es personal,
    si mi poder nace de mi lucidez y no de la dominación,
    entonces la patria no puede ser el otro.
    No puede estar afuera.
    No puede depender de un colectivo.

    La patria es mi territorio interno.
    La patria es el espacio que gobierno dentro mío.
    La patria es la raíz que me sostiene incluso cuando cambio de país, de idioma o de vida.
    La patria es el lugar donde mis decisiones pueden crearse.
    La patria es lo que no le delego a nadie. Es lo que yo defiendo. Y como también dice el himno uruguayo: “Libertad, o con gloria morir”.

    Sigo sin respuestas definitivas.
    Solo veo líneas que empiezan a dibujarse,
    preguntas que se tensan,
    ideas que piden un ensayo entero.

    Lo único que se asienta, aquí y ahora,
    es esta certeza firme:

    Mi patria soy yo, y nadie más que yo.
    Yo y lo que es me es propio.
    Y desde ahí respeto al otro, que defenderá su Patria.

    Todo lo demás…
    queda para profundizar en otro nivel.

  • Argentinidad estructural

    Hace más de diez años vivo gran parte de mi vida en Argentina.

    Amo a la Argentina. La elegí.

    Amo a los argentinos, con todos sus colores.

    Pero hay que reconocerlo: son particulares.

    Nadie como ellos. Y vivir acá da un panorama muy distinto al que uno tiene desde afuera. Se los ve mejor desde adentro.

    Hay algo que los hace únicos y queribles,

    aun cuando, a veces, parezcan insoportables.

    Es la argentinidad al palo.

    Hay que vivirla. Hay que sentirla.

    A veces me pregunto por qué son así.

    La pregunta es retórica, pero insiste.

    Y un día, cantando el Himno Nacional —que aprendí de chico, porque mi abuela paterna me lo cantaba, ella sí argentina— empecé a entender algunas cosas.

    El Himno es larguísimo, pero la versión que se canta no tanto.

    Y con unos pocos versos alcanza para ver algo que no es coyuntural ni cultural: es estructural.


    “Ved en trono a la noble igualdad.”

    La igualdad, además noble, aparece entronizada.

    Un oxímoron perfecto para un país donde todos son iguales…

    pero algunos son más “iguales” y más “nobles” que otros.

    Tanto que hasta pueden estar en un trono.

    La jerarquía disfrazada de virtud.

    La infantilidad perfecta de creerse igualitario mientras se corona la igualdad.


    “Sean eternos los laureles que supimos conseguir.”

    El mérito ya ocurrió.

    La gloria ya fue conquistada.

    Ya supimos conseguirla. Ya está.

    Ahora debe ser eterna.

    Una identidad anclada en un logro pasado,

    convertido en derecho adquirido.

    Una especie de narcisismo fundacional:

    “Ya está hecho. Ahora nos toca disfrutar.”

    La meritocracia no se niega:

    se la da por sentada.

    A veces la discusión pública parece girar en torno al mérito,

    pero la verdadera discusión es otra:

    ¿hay que seguir esforzándose o el esfuerzo nos precede (otros ya se esforzaron por mí) y ya no corresponde insistir?


    “Coronados de gloria vivamos,

    o juremos con gloria morir.”

    El país nace sin término medio.

    Gloria o muerte.

    Épica o tragedia.

    El absoluto como norma.

    La moderación no es una opción;

    la humildad tampoco.

    La argentinidad es un drama constitutivo.

    Un dispositivo emocional donde todo es extremo.


    Cuando junto estos versos aparece algo nítido:

    Una identidad nacional que se concibe como

    excepcional,

    heroica,

    victimaria,

    entronizada,

    meritocrática por anticipación,

    y siempre lista para un sacrificio glorioso

    que justifique cualquier exageración.

    No es casualidad.

    No es costumbre.

    No es moda.

    No es ideología.

    Está escrito en el texto fundacional.

    Es estructural.

    Argentinidad estructural.