Categoría: ¿Genialidad?

Lo que en algún punto me sorprende o me gusta, aunque no sepa por qué. ¿Podré ser tan genio así? ¿O un nabo a todos los premios? ¡Mi genialidad es soberana!

  • ¿Por qué vale lo que vale?

    ¿Qué hace que algo tenga valor?

    Según yo: la energía. Siempre es energía.
    La que invertí para conseguir “lo valioso”, o la que me ahorro si pago por algo que me resuelva un tema.

    El valor es una estimación de energía.
    Tan simple como eso.

  • Revelado ante mí mismo

    El placer íntimo que siento cuando me releo pasa porque, de alguna forma, me siento revelado. Ante mí mismo.

    Al ver mis ideas ordenarse solas, me pregunto si siempre estuvieron ahí o si aparecieron recién cuando me senté a escribirlas…
    y si tomaron cuerpo y relevancia, si las hice carne cuando las releí.

  • La pequeña fascinación soberana

    Me está pasando algo extraño:
    cuando releo lo que escribo, siento una pequeña fascinación.
    No por creerme brillante (que seguramente lo soy), sino por ver mis ideas acomodarse soberanamente.
    Como si al releerme entendiera un poco mejor quién soy y hacia dónde piensa mi cabeza cuando no le pongo límites.

    Es raro.
    Y a la vez, muy mío.
    Me gusto cuando estoy así.

  • Nombrar para pensar

    Capto cosas que busco explicar y no consigo.
    El concepto se me ilumina, pero no tengo las palabras.

    Desde mi soberanía mental, me siento libre de ponerles nombre.

    Nombrar es la forma más precisa que tengo de pensar.

  • Mundo partido

    El mundo parece partido en dos: tuteláfilos y tuteláfobos…
    o en cuatro: tuteláfobos que se hacen pasar por tuteláfilos,
    y tuteláfilos que se disfrazan de tuteláfobos.
    Nadie escapa a estas categorías.

  • La autoridad, yo y mi soberanía

    «Mi autoridad emana de vosotros
    y ella cesa ante vuestra presencia soberana.»

    Escuché mil veces esta frase de Artigas.
    Hasta que un día me atravesó distinto.
    Más personal.
    Más íntimo.

    Y me quedé pensando.

    Si mi autoridad no me la otorga nadie,
    si no emana de un “vosotros”,
    si no la ejerzo sobre otros…

    ¿de dónde nace
    y dónde termina?

    La ejerzo hacia adentro,
    sobre mí mismo.
    No hacia afuera.
    No sobre nadie.

    No necesito que cese ante nadie
    porque no depende de nadie.
    No se delega,
    no se pide prestada,
    no se valida afuera.

    Esa frase forjó la Nación donde nací.
    Pero lo que despertó en mí
    se hizo otra cosa:

    un tipo de autoridad
    que no se ejerce sobre otros
    sino sobre mi propio territorio interno.

    Y ahí es donde entiendo
    el punto exacto al que llegué:

    soy Yo, mi soberano.

  • La frontera más corta del mundo

    Siempre pensé que las fronteras eran líneas en un mapa.
    Hasta que entendí que la más corta del mundo
    va del pecho a la conciencia.

    La Nación puede rodearme,
    pero la Patria únicamente existe cuando la reconozco.

    No hay aduana para entrar en mí,
    sólo valentía para no salir corriendo.

  • La soberanía ¿se trata de poder o de lucidez?

    A veces entiendo que hay límites que no dependen de mí. Los acepto, pero incluso ahí sé que tengo opciones.
    La aceptación no es rendición: es tomar conciencia de que no hay batalla posible y puedo elegir, igual, desde la lucidez.
    Ejerzo soberanía cuando enfoco mi fuerza en los lugares donde mis decisiones todavía pueden crear.