Hay un episodio de hace unos días que me quedó resonando:
Fui a caminar al Parque Los Andes con un amigo. Estaba el mercado callejero.
Me gusta mirar los puestos, en general como simple curiosidad.
Pero esta vez, había unos anteojos viejos (usados) verdes.
Me llamaron la atención: por la forma, por el color. Me los probé.
Mi amigo me sacó una foto con ellos puestos.
Dije “gracias”, los devolví y seguí caminando.
Después él me mandó la foto por WhatsApp. Estaba muy linda.
¿Por qué no me los compré? Tenía el dinero. El precio no era un problema.
Me quedé pensando en ese punto exacto donde me ignoro a mí mismo por dos segundos.
Para resolver rápido. Para no decidir. Para seguir en piloto automático.
No sé bien qué es, pero seguro hay algo ahí que habla de mí más de lo que tengo ganas de escuchar…
y todavía no sé si quiero escucharlo.