Hace más de diez años vivo gran parte de mi vida en Argentina.
Amo a la Argentina. La elegí.
Amo a los argentinos, con todos sus colores.
Pero hay que reconocerlo: son particulares.
Nadie como ellos. Y vivir acá da un panorama muy distinto al que uno tiene desde afuera. Se los ve mejor desde adentro.
Hay algo que los hace únicos y queribles,
aun cuando, a veces, parezcan insoportables.
Es la argentinidad al palo.
Hay que vivirla. Hay que sentirla.
A veces me pregunto por qué son así.
La pregunta es retórica, pero insiste.
Y un día, cantando el Himno Nacional —que aprendí de chico, porque mi abuela paterna me lo cantaba, ella sí argentina— empecé a entender algunas cosas.
El Himno es larguísimo, pero la versión que se canta no tanto.
Y con unos pocos versos alcanza para ver algo que no es coyuntural ni cultural: es estructural.
“Ved en trono a la noble igualdad.”
La igualdad, además noble, aparece entronizada.
Un oxímoron perfecto para un país donde todos son iguales…
pero algunos son más “iguales” y más “nobles” que otros.
Tanto que hasta pueden estar en un trono.
La jerarquía disfrazada de virtud.
La infantilidad perfecta de creerse igualitario mientras se corona la igualdad.
“Sean eternos los laureles que supimos conseguir.”
El mérito ya ocurrió.
La gloria ya fue conquistada.
Ya supimos conseguirla. Ya está.
Ahora debe ser eterna.
Una identidad anclada en un logro pasado,
convertido en derecho adquirido.
Una especie de narcisismo fundacional:
“Ya está hecho. Ahora nos toca disfrutar.”
La meritocracia no se niega:
se la da por sentada.
A veces la discusión pública parece girar en torno al mérito,
pero la verdadera discusión es otra:
¿hay que seguir esforzándose o el esfuerzo nos precede (otros ya se esforzaron por mí) y ya no corresponde insistir?
“Coronados de gloria vivamos,
o juremos con gloria morir.”
El país nace sin término medio.
Gloria o muerte.
Épica o tragedia.
El absoluto como norma.
La moderación no es una opción;
la humildad tampoco.
La argentinidad es un drama constitutivo.
Un dispositivo emocional donde todo es extremo.
Cuando junto estos versos aparece algo nítido:
Una identidad nacional que se concibe como
excepcional,
heroica,
victimaria,
entronizada,
meritocrática por anticipación,
y siempre lista para un sacrificio glorioso
que justifique cualquier exageración.
No es casualidad.
No es costumbre.
No es moda.
No es ideología.
Está escrito en el texto fundacional.
Es estructural.
Argentinidad estructural.