Categoría: Soberanías

“Espacio donde exploro las distintas formas en que es posible ejercer soberanía —geográfica, mental, financiera, ontológica, emocional, etc.— y comprender la libertad que puede nacer de cada una de estas soberanías. Busco entender hasta dónde y cómo se puede ser dueño de uno mismo.”

  • Cerrando ciclos

    Cerrando ciclos

    Se termina casi el 2025 y me doy cuenta de que, con más o menos consciencia, vengo cerrando ciclos, uno atrás del otro.

    Después de varios años que me resultaron muy difíciles, por fin estoy culminando pendientes arrastrados y tratando de resolver como puedo mis duelos.

    En primer lugar, voy a terminar el año cerrando simbólicamente una etapa que fue, sin dudas, la más dolorosa que me ha tocado transitar. Nos vamos a reunir a “inaugurar” la lápida de mi hermano Eduardo. No es el cierre de mi duelo, ni el de nadie de la familia. Eso lo tengo claro. Pero es un símbolo fuerte: un cambio de frecuencia, de energía, luego de más de un año de su partida y de haberlo acompañado —cada uno desde su lugar y como pudo— a atravesar una enfermedad cruel, tal vez la más cruel que exista.

    Luego de eso, vamos a “liberar” las cenizas de papá, que se fue un par de meses antes para esperarlo. Estamos seguros de que el viejo luchó lo suyo todo lo que pudo, para también acompañarlo, y que luego se fue abriendo camino para recibirlo, donde sea que hayan ido.

    Por el lado de mamá, finalmente este año, luego de haber vivido con Marianela en EE.UU. durante los primeros meses —los más duros tras estas pérdidas—, decidió permanecer en Uruguay, en una residencia que por suerte es muy buena, la contiene y donde, dentro de lo posible, está contenta. En su país, con su idioma, con sus médicos.

    Yo traía años de arrastrar cosas: historias laborales y personales que no terminaba de procesar, mudanzas de casas, de países. Mi hermano me había ofrecido un depósito para dejar cosas materiales y documentos que no podía cargar conmigo, y que, energéticamente, eran un peso. Este año pude deshacerme de toda la documentación que ya había cumplido su ciclo legal. Fui quemando cajas, una a una, durante dos días completos, hasta que desaparecieron. También me deshice de cosas materiales de mis antiguas casas que se habían estropeado o que ya no tenían lugar en mi vida. Me traje conmigo a Buenos Aires las pocas que seguían siendo significativas: mayormente libros y discos. Liberé también a mi cuñada de tener que mantener espacio en su chacra dedicado a mis cosas y a mi energía estancada.

    Inicié los trámites para mi jubilación formal y ya está todo encaminado.

    Estoy poniendo fin a una relación que me brindó cosas importantes este año, que ayudó a sostenerme durante estos procesos, pero cuyo cometido en mi vida parece haber sido ese. No logramos evolucionarla hacia algo con mayor proyección real y no tengo energía para forzar lo que no se da espontáneamente.

    Mi ciclo en Buenos Aires también está, de algún modo, cumplido. Ya no siento la necesidad de mantenerme la mayor parte del tiempo cerca de Montevideo, aunque mamá permanezca allí. No es que me vaya definitivamente de Buenos Aires, al menos no ahora, pero voy a salir a buscar otros rumbos y a darme el gusto de vivir gran parte del tiempo en Europa.

    Había querido hacerlo años atrás. Intenté obtener la ciudadanía belga sin éxito: aunque mi madre tenía derecho, la ley la transmitía solo por vía masculina y el derecho se cortaba en ella. Hoy miro Bélgica, veo sus leyes y su realidad actual, y no puedo evitar pensar en lo ridículo del sistema: yo, con apellido flamenco, no pude ser belga; hoy el país está lleno de gente que nada tiene que ver con él. Los belgas así lo quisieron.

    Finalmente obtuve ciudadanía europea años después, pero hasta ahora. nunca fue el momento para vivir allí. Hoy siento que sí. Y si no es ahora, no es nunca. Así que este año, al menos, lo voy a intentar. Y también voy a tener más cerca a mi otro hermano, Ralphie, y a mi queridísima prima Marisa.

    Mi blog está a punto de completar todas sus categorías y subcategorías con algún contenido —sólo me falta publicar en “Expansión”—, otro ciclo que se completa y otro que se abre. Éste, puramente personal. Y eso es lo que importa.

    Mis sobrinos —los hijos de mi hermana— ya están grandes. Me encantaría pasar más tiempo con ellos, pero también representan un ciclo que culmina. Ya no son niños. Seguirán siendo el amor más grande.

    Mi sobrina mayor, ya una mujer, en cambio representa el cierre de un ciclo de distanciamiento. Con ella prácticamente no compartí sus primeros años, su madre no estaba con mi hermano y el contacto que tuve fue muy escaso. Algo que en su momento, yo no supe resolver. De algún modo nos descubrimos acompañando los últimos momentos de él. Dentro de todo el dolor, fue una luz encontrarla.

    Hoy vivo todo esto con mucha carga, pero es una carga que estoy dejando donde debe quedarse. Ya puedo ver cómo empieza a generarse una energía nueva, más liviana, más clara.

    Honro todo lo vivido.
    Y estoy listo para lo que me resta vivir.

  • La semanada que papá me daba

    A muy temprana edad, papá decidió empezar a darme una semanada.

    Yo pedía cosas como cualquier niño. A veces él decía que sí y me las compraba, y otras me decía que no. Hasta que un día, creo que luego de mi insistencia en el “dale papá, comprame” y el “¿por qué no puedo?”, tuvo la brillante idea de comenzar a darme una semanada. Y desde ese momento, ya no debía pedirle más nada. Claro que esa regla nunca se cumplió en cosas “importantes”, pero sí en cuanto a álbumes de figuritas, sobrecitos de figuritas, bolitas, caramelos, helados de la calle, barquillos que pregonaba el barquillero, o bombitas de agua en carnaval.

    Nunca me lo planteó como un premio por portarme bien. Pero había una contracara: alguna vez recibía amenazas de perder la semanada si me ponía insoportable. En definitiva no funcionaba como recompensa ni como algo que tuviese que ganar, si bien arriesgaba perderlo en situaciones extremas.

    Era parte de ser hijo. Un derecho silencioso, casi natural. Y con esa semanada yo podía comprar lo que quisiera: era amo y señor de mi dinero.

    Al principio era una semanada modesta. Pero no era ingenua.

    Papá fue lo suficientemente astuto como para que nunca fuera tan chica y se agotara inevitablemente el primer día. Podía acabarse, claro. Si yo elegía gastar todo de una vez, se acababa. Pero no estaba diseñada para fallar. Estaba diseñada para mostrar algo.

    La lección no venía explicada. No había discurso. No había moraleja. Había experiencia que yo iba a adquirir. Y a lo sumo alguna frase suelta de orientación o de advertencia. Pero no imposiciones.

    Si yo empezaba a desarrollar un criterio, la semanada alcanzaba hasta la semana siguiente. Si no, no. Y nadie venía a rescatarme.

    Con el tiempo fue creciendo. En la preadolescencia ya me alcanzaba para cosas más interesantes: algún libro, algún disco, una salida, pequeños placeres que requerían un poco más de espera, de decisión y de renuncia.

    Y ahí, sin saberlo, comencé a ejercer una forma temprana de soberanía financiera, acorde a mi edad, y a desarrollar estrategias para alcanzar mis objetivos que a medida que crecía, fueron más ambiciosos.

    Era un dinero asignado por la sencilla razón de ser hijo y niño. Esto me daba un campo de juego. Y lo que claramente estaba en juego era mi relación con la energía.

    Porque cada elección implicaba un costo. No moral. Energético. Si gastaba todo hoy, mañana no había nada. Si esperaba, aparecían otras posibilidades. Si elegía una cosa, quedaban afuera otras.

    Nadie me decía qué hacer. Nadie me decía qué era lo correcto. Nadie me imponía nada para protegerme de mis propias decisiones. A lo sumo un: “mirá que hasta el sábado no recibís más”. Recuerdo perfecto que el sábado era el día de mi semanada.

    Y eso fue clave.

    Ahí entendí —mucho antes de poder ponerlo en palabras— que la soberanía financiera no tiene que ver con cuánto dinero se tiene, sino con cómo se administra la energía que ese dinero representa.

    La semanada era pequeña, pero el campo de decisión era real.

    Podía elegir placer inmediato. Podía elegir ahorro y espera. Podía elegir equivocarme. Podía elegir aprender.

    No era libre de las consecuencias. Era libre de elegirlas. Era un soberanito.

    Con los años entendí que esa fue una de las primeras experiencias donde sentí algo muy concreto: mi vida no estaba completamente administrada por otros. Había un margen. Un espacio. Un territorio mínimo donde mis decisiones tenían peso real.

    Hoy veo esa semanada como una forma temprana y muy fina de introducirme en la soberanía financiera sin hablar de dinero, sin hablar de trabajo, sin hablar de sacrificio. Recién cuando cumplí quince años me propusieron trabajar con mi abuelo. Y ahí ya tenía responsabilidades a cumplir, un horario y un salario.

    Mi semanada fue, en el fondo, una pedagogía de la elección.

    No me enseñó a ahorrar en forma directa, pero me lo mostró como camino.
    No me enseñó a “ser responsable” pero me facilitó el descubrir la forma de serlo.

    Lo que me enseñó en forma más obvia, fue algo más básico y más profundo: que administrar recursos es administrar energía, y que elegir cómo hacerlo es un acto soberano, incluso cuando los recursos son pocos.

    Esa lógica me acompañó siempre.

    Y quizás por eso, cuando más adelante tomé decisiones grandes —profesionales, vitales, económicas—, nunca pude pensar el dinero separado de la libertad de elegir, ni la escasez separada de la dignidad de decidir.

    Todo empezó ahí.
    Con una semanada.
    Y con alguien que confió en que yo podía aprender solo.
    Gracias, papá y mamá.

  • Comprar en juegos

    Durante muchos años fui incapaz de comprar una prenda sola.

    No compraba una camisa sin saber con qué pantalón iba a usarla. Ni un pantalón sin tener claro qué zapatos, qué medias, qué cinturón.
    Y sí: también qué pañuelo.

    Elegir una pieza aislada me producía una incomodidad difícil de explicar. Como si esa prenda, por sí sola, no tuviera sentido. Como si no pudiera existir sin un sistema alrededor que la sostuviera.

    Compraba “juegos”.

    Todo junto. Pensado de antemano. Cerrado. Coherente. No porque alguien fuera a verlo, sino porque yo necesitaba que cerrara.

    Había algo profundamente interno en ese gesto. No tenía que ver con exhibición ni con llamar la atención. Al contrario: era una forma de calmar una tensión. La de sentir que algo estaba fuera de lugar, incompleto, desalineado.

    En la Facultad de Medicina eso llamaba la atención. Mis compañeras se divertían apostando de qué color serían mis medias. A veces iban más lejos y bromeaban con los calzoncillos, convencidas —y con razón— de que también estaban pensados como parte del conjunto.

    A mí me causaba gracia. Pero no era coquetería. Era otra cosa. Algo que yo sentía como muy mío y que no podía transgredir.

    Había además otra regla silenciosa que durante años no pude romper: no me gustaba mezclar ropa claramente nueva, a estrenar, con ropa ya usada.

    Una prenda nueva tenía una presencia demasiado marcada. Desentonaba. No terminaba de integrarse. Irrumpía.

    Por eso necesitaba comprar todo junto. Para que todo envejeciera a la par.

    Una vez que las cosas ya habían sido estrenadas, usadas, incorporadas al cuerpo, la mezcla se volvía posible. Lo nuevo podía convivir con lo viejo. Antes no.

    No sabía si era una cuestión estética, simbólica o simplemente una necesidad de coherencia interna. Pero lo nuevo, aislado, me resultaba invasivo. Necesitaba que entrara en bloque o que esperara su turno.

    Con el tiempo eso fue cambiando. No de golpe, sino como cambian casi todas las cosas importantes: cuando una versión de uno empieza a quedar chica.

    Aprendí a mezclar. A tolerar la asimetría. A permitir que algo nuevo conviviera con algo gastado sin sentir que todo se desarmaba.

    Pero ese criterio inicial no desapareció del todo.
    Solo se volvió más sutil.

    Hoy sé que no estaba eligiendo ropa. Estaba eligiendo cómo integrar. Porque elegir, para mí, nunca fue seleccionar objetos.
    Fue siempre una forma de ordenar energía.

    Elegir qué entra y cómo entra. Elegir qué necesita contexto y qué puede sostenerse solo. Elegir qué envejece conmigo y qué queda siempre afuera.

    El lujo, por ejemplo, nunca fue para mí, algo que necesitara ser visto. El lujo, cuando lo sentí como tal, fue siempre gozo íntimo. Y no precisaba ser caro. Saber que mis calzoncillos combinaban con mis medias y con mi pañuelo ya me producía esa sensación.

    El lujo —incluso el caro— puede mostrarse o no.
    Pero nunca precisa ser visto.

    Cuando precisa ser visto, deja de ser lujo. Se convierte en demostración. Y la demostración, casi siempre, habla de otra cosa.

    Por eso nunca me interesó vestir marcas como cartel. Nunca me sentí cómodo siendo soporte publicitario de símbolos ajenos.
    Nunca me gustó decir con el cuerpo algo que no estaba eligiendo decir.

    Con los años entendí que mis criterios de elección no buscan perfección ni coherencia externa. Buscan alineación. No se trata de que todo combine. Se trata de que todo tenga sentido para mí.

    Lo que elijo no debe exigirme justificación. Ni obligarme a representar algo que no soy. Necesito que no me empuje a sostener una imagen que no me pertenece.

    Elegir, para mí, es un acto silencioso. Casi invisible. Pero profundamente activo.

    Es decidir cómo administro mi presencia. Cómo administro mi energía. Cómo administro lo que dejo entrar y lo que dejo afuera.

    Y aunque hoy pueda mezclar más, tolerar más, flexibilizar más, sigo teniendo un radar muy fino para detectar cuando algo no entra en juego, cuando algo no envejece conmigo, cuando algo irrumpe sin permiso.

    Ahí aparece la incomodidad. Y esa incomodidad no es un problema. Es información.

    Mis criterios de elección no son reglas. Son huellas de cómo aprendí a convivir con mis cosas, sobre todo con las que llevo junto al cuerpo.

    Y aunque cambien, aunque se ajusten, aunque se contradigan, siguen cumpliendo la misma función: ayudarme a no decir con el cuerpo algo que no quiero decir con la vida.

    Años más tarde, supe —sin saber— que todo esto que sentía tan mío y tan íntimo no era completamente original. Venía de mi madre. Y de ese modo seguía siendo íntimo, pero ya no exclusivo.

    Y así logré, finalmente, transgredir esas reglas.
    Y combinar marrón con azul en un mismo atuendo.

  • Retomando parcialmente en un mes particular

    Después de haber estado en Uruguay y haber dejado el blog en espera, acá estoy retomando un poco la actividad.

    No va a ser una actividad frenética por la fecha, y porque ya regreso pronto a Uruguay a pasar las fiestas con la familia. Unas fiestas particulares después de años duros y difíciles para todos nosotros. Espero que marquen un punto de inflexión y desde aquí retomemos la vida normal.

    Lo más excitante es que voy a ver a mis sobrinos de EEUU, que van a estar por unos pocos días y siempre los disfruto, aunque siendo ya adolescentes, cada vez el tío ocupa un lugar más secundario, lógicamente. Compartir con ellos unos días de mar y sol, antes de que regresen al frío y a la nieve, mientras yo regreso al calor de la ciudad, me deja contento de antemano.

    Los sobrinos son el regalo más grande de la vida: se los puede disfrutar, consentir, malcriar y todo lo bueno y lindo, y cuando uno necesita descansar, por suerte tienen padres que se hacen cargo.

    Así que el blog volverá a quedar desplazado por unos días a un lugar de menor o ninguna relevancia. Estoy con ganas, además, de tirarme hasta Brasil en el auto en enero, para no volver al calor de Buenos Aires, si bien no la paso mal aquí con el aire acondicionado y haciendo un poco de piscina. Por lo demás, la ciudad en enero, sacando el calor, es un placer porque no tiene la enorme cantidad de gente y de tráfico habituales.

    Mientras escribo, intenté llamar a Sabrina, que hoy cumple 16, pero recién está yendo a despertarla Marianela con su torta y la velita. Fueron años en que la vida, tanto en lo personal como en lo familiar, me presentó muchos desafíos en varios órdenes, y se sintieron. Pero igualmente me parece increíble que ya esté tan grande.

    Tengo totalmente presente cuando viajé a esperarla, cuando llegó, y los primeros meses en los que también me quedé en EEUU para acompañar a mi hermana y disfrutar a mi sobrina, mientras estudiaba en el International Wine Center de Nueva York y vivía en un pequeño apartamento de Jersey Heights. Fue una época dura para mí, en la que laboralmente y económicamente todo estaba patas arriba, aunque gracias a la cercanía de la familia y al entorno diferente, pude sobrellevarla de buena forma. Y mi sobrina recién nacida ocupaba el centro de mi atención.

    Conocí Nueva York desde otro ángulo, diferente al que estaba acostumbrado a verla. Teniendo tiempo —pasé todo el invierno y la primavera—, estudiando y sin dinero. Muchas caminatas y paseos en bicicleta cuando el tiempo lo permitía. Cero espectáculos, salidas a comer muy puntuales y en lugares escogidos por la accesibilidad de sus precios más que por la oferta de menú o ambientación. Pero la pasé bien y fue extremadamente enriquecedor.

    Este mes de “fiestas” siempre me cayó mal. Este año no es la excepción y la hipersensibilidad me juega a veces malas pasadas. No consigo evitarlo. Mi soberanía emocional no llega al punto de decir “no me importa nada y sólo voy a disfrutar”. Lo llevo como puedo. Y está bien.

    Por suerte, luego viene un nuevo año. Y con él se renuevan —aunque sea un poco— los sentimientos, los planes, los proyectos y las esperanzas. Es ridículo, lo sé, pero funciona. Y saber que volverá a funcionar es, en sí mismo, una herramienta fantástica para atravesar estos días.

  • Los Tres Monitos

    Este es, hoy, mi objeto más antiguo.

    No porque sea viejo en términos absolutos —que de alguna forma sí, ya tiene varias décadas— sino porque es el único que me acompaña desde la infancia y sigue acá. Delante de mis libros. No en un lugar destacado, no como adorno central: simplemente presente.

    No soy una persona de tener objetos.
    Mucho menos de tener adornos.

    Los pocos que fui teniendo no sobrevivieron los cambios de casa, de país, de vida. Algunos se perdieron, otros los dejé ir, otros directamente los descarté cuando sentí que ya no quería identificarme con ciertas etapas. Incluso hubo una biblioteca entera de mi infancia —con libros serios, historia, enciclopedias, curiosidades— que lamento haber perdido cuando crecer implicaba, para mí, borrar lo infantil. Lo mismo con mis discos de pasta de niño.

    Este objeto no.

    Son los tres monitos: ver, oír y callar.

    Me los regaló mamá cuando yo era niño, tendría siete u ocho años. Ocupaban mi escritorio primero, después algún estante de mi biblioteca. El mensaje era bastante claro. Yo pasaba mucho tiempo con adultos y, a su criterio, a veces hablaba de más. No era un reto. Era una señal. Una forma simbólica de marcar un límite, pero desde el amor.

    Durante mucho tiempo los leí así.
    Como una indicación.
    Como un recordatorio.

    Y hay algo más: de niño, cuando estaban “sanitos”, enteros, me parecían espantosos. Tenían una estética que yo asociaba con cosas de viejas. No me gustaban. Me incomodaban incluso desde lo visual.

    Hoy pasa lo contrario.

    Hoy, que están gastados, despintados, cascados, marcados por el tiempo —como yo—, me parecen hermosos. También como yo.

    Eso también me dice algo.

    Después vinieron otras etapas. Cambios. Mudanzas. Países. Versiones distintas de mí mismo. Y, sin embargo, los monitos siguieron viajando conmigo. Sin tener necesidad de cuidarlos especialmente, nunca sentí el impulso de dejarlos atrás.

    Hoy los miro distinto.

    Siguen diciendo “ver, oír y callar”, pero ya no como consigna externa. Hoy los leo como una forma de soberanía:
    la de elegir qué digo, cuándo lo digo y qué dejo pasar.

    Me recuerdan que administrar la palabra —y el silencio— también es una forma de madurez.

    Tal vez por eso sobrevivieron cuando otros objetos no.
    Tal vez porque no exigen nada, ni reclaman un sentido fijo.
    No piden ser reinterpretados todo el tiempo.

    Están ahí.

    No invaden espacio y no son verdaderamente decorativos.
    No representan una estética a la que aferrarse. O tal vez sí: la de la permanencia de algunas cosas.

    Son una continuidad silenciosa entre quien fui y quien soy.

    Y en un mundo donde casi todo se reemplaza, se actualiza o se descarta, eso —para mí— ya los vuelve profundamente significativos.

    A veces incluso pienso que, cuando me vaya, me los llevaré conmigo.

    Como un guiño al poder supremo. Un recordatorio silencioso —para quien tenga la potestad de ver y oírlo todo— de que también existe el arte de callar, de dejar pasar, de hacerse un poco el distraído.

  • Cuando el símbolo habla por uno

    Hace poco me regalaron una camiseta del Real Madrid.
    Me la regaló Andy, sabiendo perfectamente que es mi equipo europeo favorito.

    Me encanta la camiseta. Me queda linda; lo veo y también me lo dicen.

    Soy todo canoso, el pelo ya completamente blanco, y lejos de competir con el blanco de la camiseta, siento que se complementan. Me gusta cómo me queda y la he usado para ir al gimnasio.

    Pero junto con ese disfrute aparece una incomodidad muy precisa.

    No tiene que ver con el Real Madrid. O sí, pero sólo en parte. El Real Madrid es indiscutiblemente mi equipo en España.

    Me hice del Real de una forma bastante concreta: viendo una final del Campeonato Europeo en un bar de Madrid junto a Javier, y después yendo a festejar a Cibeles. Era la época en que cantábamos, con desconocidos que se abrazaban como amigos de toda la vida:

    “¿Cómo no te voy a querer, cómo no te voy a querer,
    si fuiste campeón de Europa por décima vez?”

    Al usar la camiseta yo quería decir Real Madrid: fútbol, afición, historia multicampeona de Europa. Y eso sigue estando ahí.

    La incomodidad aparece por otra capa.

    La camiseta dice Emirates, grande, en el pecho. Define la primera lectura.

    Para que esa camiseta transmita Real Madrid —y sobre todo fuera de España— hace falta conocimiento, historia compartida, contexto. Mi madre, por ejemplo, no lo ve así. Para ella es una camiseta blanca que dice Emirates, grande en el pecho. No ve que signifique nada más.

    Emirates se impone sin mediación. No requiere saber nada. Funciona por presencia, por repetición, por escala.

    Y no es sólo una marca.

    Emirates no es únicamente una aerolínea.
    Es un símbolo cultural, económico y geopolítico muy concreto. Representa una forma de expansión, de ocupación del espacio simbólico global, que hoy atraviesa el fútbol, el deporte de elite y gran parte de la cultura popular europea.

    Viajé a los Emiratos Árabes Unidos. Estuve allí. Lo disfruté. Me pareció un lugar impactante y fascinante. Eso no está en discusión. Me vestí de árabe y me saqué fotos. No tengo prejuicios en ese sentido.

    Lo que sí está en juego es qué mensaje quiero llevar en el pecho cuando me visto. Y la soberanía de elegirlo yo.

    Porque cuando uso esa camiseta, no solo acompaño a un equipo. También me convierto —de manera involuntaria— en soporte visible de una narrativa cultural y política que no es la que quiero representar.

    Y ahí aparece la tensión.

    Yo busco decir Real Madrid.
    Historia. Fútbol. Identidad. Europa.
    Lo que termina diciendo la camiseta, en primer plano, es otra cosa.

    Y eso se conecta con algo más profundo.

    Los clubes cobran cifras enormes a los sponsors para estampar sus logos en camisetas que luego venden a sus propios hinchas. Es decir: convierten a quienes los aman y los siguen, en propaganda ambulante de otros mensajes.

    Desde ese lugar, no dejo de sentir que hay una forma de traición simbólica: el equipo al que apoyo me vende como superficie publicitaria de intereses que no son los míos.

    Ya me había pasado antes.

    Hace un tiempo me probé una camiseta de Boca que me encantaba. Me quedaba perfecta. Decidí no comprarla. Decía Betsson, algo que va en otro sentido diferente al de Emirates, que tampoco me respresenta. Y lo rechacé.

    Yo quería Boca. Quería que eso fuera lo que se transmitiera.

    También vi algo análogo durante años con el Barcelona y Qatar.
    Camisetas donde Qatar ocupaba más espacio simbólico que el club mismo. Las personas se vestían por Messi, por el Barça, sin preguntarse qué más estaban exhibiendo. Me hacía ruido.

    Ahora esa reflexión me alcanza a mí.

    Uso la camiseta, sí. Probablemente la siga usando en el gimnasio. No la hubiese comprado (de hecho no lo hice), sin embargo es un regalo que no quiero rechazar.

    Pero no dejo de registrar lo que ocurre.

    El consumo simbólico no es neutro.
    Lo que vestimos comunica, incluso cuando no lo pensamos.
    Y cuando empiezo a notar que lo que muestro no coincide con lo que quiero decir, algo se activa.

    Quiero elegir conscientemente.
    Quiero que los símbolos que llevo tengan sentido para mí.
    Quiero apoyar a un equipo sin convertirme en cartel de otras cosas.
    Quiero no ser vendido a terceras partes por alguien a quien apoyo.
    Quiero que mi cuerpo no sea una valla publicitaria cultural involuntaria.

    Tal vez no exista una salida perfecta.
    Pero existe la conciencia.

    Y para mí, esa conciencia ya es una forma clara y activa de soberanía.

  • Idiomas: soberanía mental y libertad de movimiento

    A veces pienso que toda mi historia con los idiomas empezó de la forma menos soberana que puede imaginarse, y terminó convirtiéndose en una de las bases más sólidas de mi soberanía mental y de mi libertad de movimiento. Pensar, comunicarme y moverme dejaron de ser cosas separadas.

    Cuando era chico, mis padres me mandaron a estudiar inglés. Al inicio a un instituto del barrio, en clases colectivas, que me parecieron divertidas.

    En esas clases recuerdo perfecto que, con apenas 6 años, me enfrenté por primera vez al hecho de que un idioma diferente implica no sólo nuevo vocabulario y estructuras, sino una lógica distinta en cosas simples como un plural. Me costó aceptar que el plural de child no fuese childs sino children, y ni siquiera childrens, que hubiese sido más fácil aceptar para mi cabeza. O que el plural de mouse fuera mice y no mouses. No bastaba con aprender nuevas palabras. De algún modo, todo era distinto.

    Hice allí un año y terminé dando un examen en el Instituto Anglo Uruguayo que aprobé, sin estudiar más que lo que me quedaba de asistir a las clases.

    Viendo esto, mi papá decidió que el inglés era cosa seria, y me mandó a estudiar con Gladys, en su casa. Una profesora particular de inglés, pero uruguaya.

    Ahí la cosa se puso más exigente y también más aburrida. Recuerdo pasar horas estudiando listas de verbos tipo run – ran – run, become – became – become, y get – got – gotten (sí, era inglés tradicional y se usaba gotten).

    Yo protestaba, ya no me gustaba y me obligaban literalmente (cero soberanía mía), al punto de que luego de un par de años, y ante mi rechazo, mi papá decidió que incluso en las vacaciones de verano, Gladys iba a venir a casa a darme clase absolutamente todos los días. Yo lloraba, y mis padres insistían en que algún día se los iba a agradecer. Hoy mi papá ya no está y no recuerdo habérselo agradecido directamente, pero ciertamente estoy muy agradecido.

    Y llorando y sin querer, llegué a rendir el First Certificate in English (Cambridge), que aprobé (con C, lo mínimo indispensable), y luego el Proficiency in English de la Universidad de Michigan. El Proficiency de Cambridge también lo preparé y, ejerciendo mi primer acto de soberanía, decidí no rendirlo porque consideré que teniendo el de Michigan era suficiente. Y nunca lo precisé como “papel”.

    Luego vino el francés, en el sexto y último año de la escuela primaria, cuando yo tenía 11 años. Rápidamente me convertí en el favorito de Mr. Arregui, porque el francés me encantaba y no tenía problemas en inventar lo que no sabía, ya que la lógica de esta lengua latina me hacía sentir más cómodo. En el secundario seguí avanzando con Mme. Dotta, a quien también conquisté rápidamente.

    Resultaba increíble que, en el Uruguay de esa época, mientras los cursos de inglés del colegio eran siempre muy malos y prácticamente era imposible avanzar año a año, el francés en cambio era excelente y se progresaba con un poco de atención. Algunos años después de terminar el francés del secundario, ingresé en la Alianza Francesa, terminando el Certificat en un año gracias a la base adquirida en el colegio. Luego seguí con Lucía, una de las profes de la Alianza que armó un grupo en su casa, más descontracturado, logrando un nivel alto.

    Siempre desde niño amé la ópera, por lo cual fui agarrando yo el italiano, de alguna forma, a partir de ella. Pero cuando hice mi primer viaje a Italia y me di cuenta de que todos, si bien me entendían, se reían mucho de mí al decir cosas del tipo “Egli s’avanza”, supe que precisaba un curso de italiano moderno. Durante un año estudié en el Istituto Italiano di Cultura di Montevideo y, luego de ese curso y de varios viajes a Italia (al menos dos al año por mi trabajo), terminé comunicándome sin problemas.

    Hoy ya no hablo con la misma facilidad ninguno de los idiomas, si bien de alguna forma siempre tienen presencia en mi vida y me desenvuelvo correctamente con ellos.

    El portugués, por otro lado, lo aprendí a partir de mi trabajo, simplemente estando en contacto frecuente con brasileños. Debía viajar a veces hasta dos veces en la misma semana a Brasil y, en algunas oportunidades, pasaba allí varios días y tenía amigos locales. El choque vino cuando llegué a Portugal: parecía otro idioma. Pero rápidamente logré adaptar el oído y comprender tanto el portugués europeo como el brasileño.

    Estos cuatro idiomas, junto al español, son los cinco en los que hoy me puedo manejar con relativa facilidad.

    Posteriormente, ya de muy grande, estudié un año de catalán. Me sirvió para entenderlo con facilidad, leerlo, ver programas y escuchar la radio, pero sin grandes oportunidades de practicarlo en el habla, me cuesta expresarme con soltura. Nada grave, y estoy seguro de que en un entorno favorable no me llevaría más de un par de semanas lograrlo.

    Otro idioma que me atrapó fue el ruso. Luego de un viaje a Rusia, empecé a estudiarlo durante todo un año de forma seria. Después dejé, retomé un par de veces, pero no logré avanzar. Puedo leerlo, decir algunas cosas sueltas y reconocer palabras, pero no llego a un grado comunicacional básico. Me encantaría poder entenderlo y hablarlo. En algún momento pensé en pasar un año en San Petersburgo (ciudad que amé) aprendiendo, pero nunca lo concreté.

    Ya en Buenos Aires comencé a estudiar alemán, por su importancia y porque en varios países termina siendo más útil que algunos de los idiomas que tengo. Llegué a un nivel A2 y podía mantener algunas conversaciones, pero al abandonarlo (nunca logré decir bien y sin pensar “una rodaja fina de pan negro”), es el idioma que más rápido se me pierde.

    Por último, a través de YouTube y algunas apps, me acerqué al turco, que también me gusta mucho. Pero al no darle utilidad práctica por el momento, no sostengo el ritmo y, a mi edad, los avances se pierden rápido si no hay constancia.

    Actualmente me estoy acercando al húngaro, que me resulta sumamente interesante y al que planeo darle utilidad muy pronto. Si voy a estar en esa región, también el rumano y el búlgaro me resultan atractivos.

    En fin, los idiomas, como lo veo yo, ofrecen mundos y permiten ejercer soberanía y libertad, aunque se tengan en un nivel muy básico. No es lo mismo llegar a un lugar donde se habla una lengua extraña pudiendo entablar una mínima conversación funcional —pedir un café, un vaso de agua, preguntar dónde está el baño o la estación de tren— aunque se complemente con señas, que llegar sin ninguna herramienta.

    Siento el impulso de poder moverme sin depender completamente de nadie. No quiero sentirme encerrado en una sola forma de pensar ni en una sola geografía mental.

    Aprendí idiomas como quien abre ventanas porque necesita respirar.

    Unos los aprendí por imitación, otros por interés, otros por pura supervivencia emocional. Y lo curioso es que con cada idioma nuevo no sólo aprendí palabras: aprendí versiones nuevas de mí. Mi mente necesita nuevos territorios.

    Hoy veo claro que los idiomas no integraron áreas de mi vida: las unificaron.

    Los idiomas me muestran que siempre puedo seguir ampliándome, que no estoy terminado y que tampoco lo está el mundo. Y, sobre todo, que siempre puedo “upgradearme” y manifestar una nueva versión de mí en un nuevo lugar.

    A mi edad, seguir aprendiendo un idioma difícil no es capricho: es una declaración. Me digo: todavía puedo entrar en territorios donde nunca estuve.

    Hablo porque puedo.
    Me muevo porque puedo.
    Me comunico porque puedo.

    Soy libre en la medida en que mi mente lo es para aprender y para decidir invertir el tiempo soberanamente en algo tan maravilloso como aprender un nuevo mundo dentro de este mundo que creemos conocer, pero que siempre tiene más para sorprendernos.

    Seguir aprendiendo idiomas es seguir siendo libre.

    Aprender un idioma no es aprender un idioma.
    Es recordar que todavía tengo movimiento.
    Que todavía tengo elasticidad.
    Que puedo seguir entrando y saliendo de mí mismo sin envejecer por dentro.

    Lo hago por soberanía mental.
    Lo hago por soberanía geográfica.
    Lo hago por libertad de movimiento.
    Lo hago por libertad de comunicación.
    Lo hago por no depender.
    Lo hago porque puedo.

    Y porque aún quiero más geografías internas y externas que explorar.

  • Eso que pasa cuando me miro de cerca

    A veces me agarra esta manía de observarme, y desde allí surgió este blog. Como si yo y la forma en que pienso fuese un experimento (que solo me interesa a mí).

    Lo gracioso es que, cuando lo hago, no aparece ninguna iluminación trascendental. Aparece algo mucho más simple y más interesante: yo mismo, viéndome a mí.

    Y ahí empieza la novela.

    Porque lo primero que noto es que me entiendo y me gusto más de lo que creía. Y lo segundo, que me jode admitirlo.
    Hay algo en reconocerme que resulta incómodo… y a la vez inevitable. Como si hubiera una creencia que se interpone entre mí y yo:
    “Dale, decilo… sabés perfectamente quién sos. ¿Por qué te lo escondés?”

    Y ahí aparece esa ironía interna, ese tono mío que me acompaña siempre: esa vocecita que me dice que es ridículo que me sorprenda de mí mismo. Como si no me conociera desde siempre. Como si necesitara hacer un trámite para validar que sí, que soy yo y que está bien que me guste.

    Me gusta mi forma de pensar cuando no me apuro, cuando no me presiono, cuando no intento ser nada para nadie.
    Y ahí surge la incomodidad más fina: ¿Se supone que debo disimular que me gusto? ¿En qué momento aprendí que era sospechoso sentir afinidad por mis propios pensamientos? Lindos o feos, buenos o malos, acertados o equivocados, son míos y me gustan. Y los cuestiono, siempre los cuestiono. Pero los acepto. ¿Hay un reglamento social que prohíbe eso? Yo no lo firmé. Ni quiero hacerlo. ¿De dónde saqué esa estupidez?

    A veces me releo y siento una mezcla rara: mitad fascinación honesta, mitad sospecha de estarme mirando con demasiado cariño.
    ¿Narcisismo? ¿Un exceso de intimidad conmigo? ¿Ego?
    Puede ser. ¿Y? No veo el problema. Si uno no se banca a sí mismo, ¿quién carajo lo va a hacer?

    Hay días en los que me descubro pensando con una claridad inesperada, y otros en los que soy un laberinto ambulante.
    Pero incluso cuando soy un caos, me resulta interesante.
    Casi como si mi mente fuera un animal que observo sin intentar domesticarlo, o sí, a veces.

    Introspección, para mí, es eso: meterme en mis propios pasillos sin mapa, sin teorías, con la certeza de que voy a encontrar algo —bueno, malo, incómodo o brillante— pero mío. Y hacerlo lúcido, despierto, no en estado de meditación, donde aparecen también otras cosas que también soy yo.
    Y eso me alcanza.

    En el fondo, cada vez que me observo un poco más, siempre termino llegando a la misma conclusión: soy un enigma que me cae bien. A veces demasiado bien.

    Y tal vez ese sea un gran acto de soberanía.

  • Día de re evaluación

    Llegó diciembre, último mes del año, y momento ideal para evaluar y re evaluar lo que vengo haciendo y cómo quiero seguir.

    La primera cosa que decidí es volver a tomar control de mis horarios y generar una mínima rutina. Siempre fui enemigo de las rutinas y no he podido sostenerlas por mucho tiempo, pero ayudan cuando uno se descontrola. Sin dudas, la primera rutina que ayuda a recuperar la estabilidad es el horario de comenzar el día.

    Con el asunto del proyecto del blog, vengo manejando horarios muy irregulares y eso me pasa factura. Desde hoy, comienzo a despertarme a las 6:30 (y ya lo hice) y desde ahí el día se irá organizando. Tuve mucho tiempo en que, luego de haber leído “El club de las 5 de la mañana” y “Mañanas milagrosas”, sostuve por un tiempo prolongado la rutina de despertarme a las 5. Me ayudó mucho, lo disfruté, pero el acostarme como mucho a las 9 pm no es para mí. Así que intentar “customizar” esa rutina pasándola a las 6:30 creo que vale la pena.

    Otro de los asuntos que vengo re evaluando es la alimentación y la limpieza de la casa. Hasta ahora venía ocupándome de todo, pero ya no tengo ganas de seguir cocinando ni de continuar pendiente de hacer las compras. Por otro lado, la limpieza de la casa es algo que físicamente ya no puedo sostener. Termino dolorido cada vez que limpio vidrios o que me pongo a trapear.

    Así que, re evaluando estos temas, opté por probar unas viandas que vienen listas para ser calentadas y listo. Y también voy a probar contratando una chica que me ayude con la limpieza más exigente, para luego ir manteniendo yo lo diario. Soy ordenado y me gusta estar en un entorno agradable, así que eso no es mayor problema. Tiendo mi cama todos los días y nunca me voy a dormir con platos sucios.

    En cuanto a mis proyectos, también están en etapa de re evaluación y, en ese sentido, cancelé dominios que tenía y bajé algún sitio web y, en cambio, registré un par más y ya estoy trabajando en ellos. Hay versiones de mí que ya no existen, y lo que hago va a reflejar lo que sostengo hoy en día y que quiero seguir sosteniendo, hasta que mi soberanía, en todo caso, me lleve por otros caminos.

    También estoy valorando los movimientos geográficos que quiero hacer el próximo año, y pronto tendré decisiones también en ese sentido.

    Mientras tanto, lo que no dejo de sostener es el gimnasio, que es algo fundamental, y quiero retomar mis largas caminatas, que por haber pasado por un período en el que la columna me jugó una mala pasada, las tenía dejadas de lado, así como la natación.

    Bienvenido diciembre, y bienvenido el barajar y dar de nuevo.

  • La casa de mi bisabuela Bojora: primer recuerdo de mi vida

    Este es el primer recuerdo de mi vida. Literalmente el primero. Y siempre me llamó la atención que haya quedado tan firme.

    Un día, hablando con mi madre, le dije:
    —Yo me acuerdo de la bisabuela Bojora.

    Me respondió sin dudar:
    —No puede ser. No tenías más que un año cuando falleció.

    Ahí empezó todo.
    Le conté lo que veía, lo que recordaba con absoluta claridad. Y a medida que yo hablaba, ella iba confirmando cada detalle.

    Yo nací y vivía en Uruguay.
    La bisabuela Bojora vivía en Buenos Aires.

    Viajamos una única vez cuando yo tenía alrededor de un año y nos quedamos en su casa. Después de que ella falleció, la casa se vendió. Nunca volví. Por eso a mi madre le parecía imposible que yo guardara algo de ese lugar. Pero lo que describí coincidía punto por punto.

    Y algo importante: en mi casa no existen fotos de esa ocasión ni de esa casa. Nunca las vi, porque no las hay. Todo lo que recuerdo proviene directamente de aquella única visita.

    Recuerdo el tranvía pasando por la puerta. En Uruguay ya no existía, y en Buenos Aires dejó de circular cuando yo tenía entre uno y dos años. Ese tranvía me quedó grabado. Capaz que por el ruido tan particular que hacía al pasar. En mi memoria la casa está al nivel de la vereda, aunque en realidad era una casa de altos. Seguramente me subían en brazos y por eso la altura no quedó registrada.

    Para entrar había un zaguán con una puerta cancel de vidrio. A la derecha estaba una pieza donde me cambiaban los pañales. Sí: recuerdo que me cambiaban los pañales. Más adentro venía un patio que para mí, siendo tan chico, era enorme, iluminado por una claraboya. En ese patio había una escalera que subía hacia un altillo.

    Tengo una imagen muy precisa del tío Isidoro bajando por esa escalera, en camiseta blanca tipo musculosa. Él vivía allí con la tía Delia, una de las hijas de la bisabuela Bojora y hermana de mi abuela Sara. Mi madre confirmó esa escena tal como yo la contaba.

    Recuerdo que también daba al patio una ventana grande con antepecho que comunicaba con la cocina. Del lado de la cocina, sobre una mesa de madera, las primas de mi padre —Catita y Rosita; tías para mí, aunque yo siempre les dije primas— amasaban pasta. Mi madre también confirmó que ese día comimos pasta casera hecha por ellas.

    Siempre me gustó volver a estas imágenes. Ese viaje debe haber sido fuerte para mí: salir de mi entorno, conocer a tanta familia junta, ser la figurita nueva por mi edad. Algo de eso hizo que esta experiencia quedara registrada con una intensidad que todavía hoy permanece.

    Y un tema que siempre me resulta impresionante.
    Hoy vivo en Buenos Aires. Y mi departamento está a sólo cuatro cuadras de aquella casa. Paso por esa cuadra muy seguido. La reconozco. La miro. Pero nunca vi la puerta abierta ni un segundo, nunca encontré la oportunidad de espiar al menos la escalera que no forma parte de mi recuerdo y que claramente existe.

    ¿Debería tocar el timbre?