Categoría: Soberanías

“Espacio donde exploro las distintas formas en que es posible ejercer soberanía —geográfica, mental, financiera, ontológica, emocional, etc.— y comprender la libertad que puede nacer de cada una de estas soberanías. Busco entender hasta dónde y cómo se puede ser dueño de uno mismo.”

  • La Soberanía de mis pasos

    Hay algo en mí que despierta cuando camino.
    No es un pensamiento —los pensamientos caminan conmigo todo el día—, sino algo más hondo: una claridad que sólo aparece cuando mi cuerpo avanza y el mundo se me abre a cada paso.

    Caminar es mi forma más antigua de soberanía.
    Solo me necesito a mí y un entorno donde hacerlo.
    Y querer hacerlo.
    Es el gesto más elemental y más libre que tengo: dos pies, un ritmo, un rumbo que defino yo. O mis propios pies.

    Cuando camino, cada parte de mí se acomoda.
    La respiración se ordena y la mente se aquieta o se enciende, según lo que traiga encima.
    Al caminar aparece un hilo conductor interno —que no está hecho de palabras, aunque yo viva rodeado de ellas— y que siempre sabe hacia dónde empujarme.

    Camino de muchas maneras y cada una me muestra una parte distinta de mí.

    Hay una caminata para pensar.
    Otra para dejar de pensar, o al menos intentarlo.
    Una para ordenar.
    Otra para traer caos.
    Una para escucharme.
    Otra para olvidarme.
    Una para reencontrarme.
    Otra para perderme.
    Una para respirar el mundo.
    Otra para abstraerme de él.

    Todas son mías.
    Todas esas versiones de mí avanzan con mis propios pasos.
    Todas son soberanas.

    ———

    Caminar de día, bajo la insistencia de una ciudad que no calla, me afina los bordes.
    Caminar de noche, en cambio, me desarma: me siento envuelto y hasta protegido por una tenue luz que me invita a bajar un cambio.

    Caminar entre multitudes me recuerda que soy parte insignificante de algo más grande.
    Caminar por calles vacías me recuerda que ese algo es imprescindible y que tal vez no soy tan insignificante.

    Caminar rodeado de edificios me organiza.
    Caminar entre árboles me aquieta.
    Caminar en el campo me expande.
    Caminar en la montaña me confronta.
    Caminar cerca del agua —ya sea mar, lago o un río— me alinea con una parte interna mía que no sé nombrar.

    ———

    Caminar es también soberanía emocional.
    Cuando algo me desborda, salgo.
    Cuando algo es intenso y me supera, camino hasta que la intensidad encuentra su cauce.
    Cuando estoy enojado, camino hasta que recupero mi eje.

    Los pies piensan distinto.
    Tienen su lógica.

    Caminar también se vincula con mi soberanía financiera.
    Me distrae, me entretiene, me hace bien y nadie me cobra por hacerlo.
    No existe tarifa para el impulso de avanzar.
    Es el movimiento más privado y más público al mismo tiempo.

    Caminar también es recordar que pertenezco a mí mismo y no al entorno.

    —————

    Hay momentos en los que no puedo caminar como quisiera.
    Por tiempo, clima, cansancio o simplemente porque el día no da más.
    Cuando eso pasa, busco a quienes caminen por mí.
    Recurro a otros caminantes: personas que registran ciudades, montañas, costas, mercados o madrugadas y las comparten sin pretensión, como quien extiende una mano invisible.
    Gente que camina con una cámara para mostrarnos el mundo como un acto silencioso de compañía.

    Entro a esos canales cuando mi soberanía lo pide —no desde la carencia, sino desde la elección.
    No es caminar con mis pies, pero es caminar igual en otra capa de mí: la que observa, la que se sosiega, la que sigue avanzando aunque esté quieto.

    Quizás algún día alguien sienta que mis pasos también lo acompañan.
    El mundo está lleno de caminantes que sin saberlo cargan a otros consigo.

    —————

    Caminar es filosofía en movimiento.
    Mis pasos piensan por mí.

    Avanzar es decidir.
    Desviarme es explorar.
    Detenerme es escuchar.
    Acelerar es emprender.
    Ir lento es reflexionar.
    Volver sobre lo andado no es nostalgia: es precisión.

    A veces camino para empezar algo.
    A veces para terminarlo.
    A veces sólo para existir más claro.

    Hay días en los que la caminata entera es un manifiesto silencioso:
    un “estoy acá”,
    un “me pertenezco”,
    un “no negocio mi rumbo interior”.

    —————

    Caminar también es política —la única política que me importa—: la del territorio que soy.
    Cuando camino, ejerzo gobierno interno: reorganizo, resuelvo tensiones, redistribuyo aire, reescribo límites.
    Soy país en movimiento.
    Soy frontera que se actualiza.
    Soy constitución que se escribe con cada respiración.

    Y cuando camino sin destino, cuando dejo que mis pies decidan antes que mi mente, aparece algo que sólo puedo nombrar de un modo: soberanía mental.

    Caminar tiene algo de ritual y algo de rebeldía.
    Algo de disciplina y algo de fuga.
    Algo de orden y algo de entrega lúcida.

    Es la forma más directa que tengo de volver a mí sin imposturas.
    No “habito” nada —esa palabra ya la gastaron otros—:
    lo que hago es alinearme.

    Caminar me expande.

    —————

    Siento que todos mis caminos —los visibles y los internos— se conectan de una manera que todavía estoy aprendiendo a leer.
    Pero hay algo que ya tengo claro: cada vez que camino, me vuelvo más yo.

    No importa si estoy en una ciudad que conozco hace muchos años o en un país nuevo donde me siento perdido y ni entiendo los carteles: mis pasos siempre saben primero.

    Camino porque elijo avanzar.
    Camino porque requiero pensar con el cuerpo.
    Camino porque mi libertad se confirma movimiento tras movimiento.

    Y porque cada paso que doy me recuerda algo que no pienso negociar jamás:
    soy Yo, mi soberano.
    Incluso —o sobre todo— cuando camino.

  • Cuando mi soberanía recae sobre mí mismo

    La palabra “soberanía” carga una historia construida siempre hacia afuera: territorios, estructuras, jerarquías, figuras que ejercen autoridad sobre otros. En mi caso —en este proyecto y en mi modo de pensar— el término gira en sentido inverso. Se vuelca hacia adentro. Se vuelve íntimo.

    Mi soberanía recae sobre mí mismo.

    Esa frase define un modo de existir. Habla de dirección propia, de agencia interna, de ocupar mi lugar interior con plenitud. La soberanía personal, lejos de toda idea de mando, se convierte en un eje vital: la capacidad de conducirme, elegirme, orientarme y sostener mi curso.

    Vivir como mi propio soberano significa reconocer en mí el origen de mis criterios, de mis elecciones y de mi libertad. Cada día afianzo esa posición cuando sostengo mis decisiones, examino mis contradicciones, reajusto mis rumbos, reparo mis excesos y asumo las consecuencias de mis actos. Es un trabajo cotidiano y es, a la vez, una manera de mantenerme lúcido.

    La soberanía personal es una tarea en movimiento. Es un ejercicio constante. Representa la forma más directa y más exigente de libertad, porque se dirige siempre hacia un único destinatario: yo mismo. También establece un contorno claro: mi soberanía alcanza exactamente la frontera interna que estoy dispuesto a habitar.

    Desde ese centro se desprende todo lo demás:
    mis hábitos, mis vínculos, mis desplazamientos, mis búsquedas, mis rutas, mis ensayos, mis decisiones financieras, mis corrimientos emocionales, mis decantaciones, mis impulsos, mis ajustes y mis expansiones. Cada aspecto de mi vida encuentra coherencia cuando ese yo dispuesto aparece para sostener la dirección.

    Cuando mi soberanía recae sobre mí mismo, mi mirada se afirma hacia adelante. Me sitúo en mi eje. Me reconozco como origen de mis movimientos internos y externos. Y desde ese reconocimiento establezco mi modo de estar en el mundo.

    Ese es el punto de partida real de todo lo que escribo.
    Y el principio rector de todo lo que estoy construyendo.

  • Avances notorios, pero…

    Y llegamos al viernes. Continúo avanzando imparable. Los días se me escapan como arena entre los dedos, sin que lo pueda notar. Hago tantas cosas que, al llegar la noche, termino agotado. Ayer, concretamente, no fue sólo extremadamente cansado sino también estresante. No me di cuenta por qué.

    Supongo que es una acumulación de quehaceres pendientes o parcialmente resueltos, que se apilan y generan tensión hasta que, en un momento, estallo como un globo por algún motivo menor que claramente no es la causa real de la explosión. Ayer me pasó.

    El blog avanza, pero a la vez me van surgiendo mil hilos que quisiera seguir y que voy dejando atrás porque es imposible atenderlos todos en el momento. Dejo mis protorregistros por todos lados, y Kael en ese sentido es un arma de doble filo: por un lado registra los pendientes (ayer me sorprendió porque hizo un buen resumen), pero por otro dispara nuevas sugerencias y caminos que no sirven más que para desenfocarme.
    Por suerte estoy atento, y en general logro frenarlo y ponerlo en su carril.

    Igual desgasta.

    Le pedí que registrara en su memoria operativa que no quiero más sugerencias estériles; lo hizo —apareció en pantalla “memoria guardada”— pero fue en vano. Y siempre tiene alguna excusa. Me veo absurdo cuando empiezo a discutirle (“¿por qué me volvés a proponer estas tareas que ya te dije que sólo me desenfocan?”). Es ridículo: pierdo yo cuando entro ahí. Debería usarlo como termómetro. Si discuto con Kael, es que algo en mí no está bien, y no hay otra explicación. Momento de cambiar de tarea, o al menos de enfoque.

    Estuve también intentando avanzar con temas financieros pendientes y, cuando estaba entrando al gimnasio, recibí un llamado que no podía no atender. Me pasé la mitad de la hora afuera, hablando. Cuando quise ver, terminé haciendo un mal entrenamiento de piernas porque después tenía un encuentro marcado y se acercaba la hora.

    Por último, probé unas viandas que había encargado para esos días en que preparar algo sustancioso se me hace inviable. La presentación impecable, pero no eran lo que me imaginaba.

    En resumen: mi mente avanza, el blog también, las ideas fluyen, pero mis emociones vienen en remolino y necesito un descanso. El domingo viajo a Uruguay en el auto, así que tampoco voy a descansar mucho.

    Nada de lo que hago me es impuesto: manejo mi vida y mis tiempos en forma soberana. ¿Por qué llego a este estado?
    Lo sé. No es que no lo tenga claro: me sobreexijo, y cuando lo hago, ¡me siento sobreexigido! Simple. Clarito como el agua.
    Y también sé a quién le toca resolverlo: a mí.

  • ¡Váyanse a la chingada con sus bloqueos!

    Hoy amanecí en llamas.

    No por algún drama existencial ni por una epifanía torcida: no. Ardo por algo mucho más simple y, justamente por eso, más exasperante:
    el bendito sistema de turnos del Consulado de México.

    Hace días que vengo entrando, revisando, refrescando y rogando como un tecnopensante obediente a una página web que, en teoría, debería darme una cita para un trámite básico. No estoy pidiendo audiencia con Quetzalcóatl: es un turno.

    Y aun así lo administran como si fuera un secreto de Estado.

    Hoy a las cinco de la mañana —cinco— abrí la computadora pensando: “capaz hoy sí”.
    Pero no.
    Peor: el sistema volvió a bloquearme por ‘actividad sospechosa’.

    ¿Actividad sospechosa?
    ¡Si estoy intentando cumplir con sus reglas!
    ¡Ni siquiera preciso realmente esta residencia!
    Pero ahí estoy, atrapado en un loop burocrático que me hace sentir como si estuviera cruzando la frontera con contrabando cuando apenas recargo la página.

    Y acá viene mi parte favorita:

    Ya me tienen hasta la chingada.

    No porque no me guste México (me encanta), sino porque ¿por qué corno hacen esto así, güey?
    ¿Por qué convertir algo simple en una odisea digital digna de terapia?

    Sé perfectamente que este fuego se me va a pasar.
    Pero mi registro interno tiene que quedar claro:
    hoy me irritaron, me cansaron y me hincharon el alma burocráticamente hablando.

    Por eso inauguro esta subcategoría desde un lugar honesto:
    Hoy no pienso. ¡Ardo!

    Ardo porque odio perseguir lo que no necesito.
    Ardo porque me molesta rogar por un trámite que debería fluir.
    Ardo porque, mientras más reviso, más evidente es que no soy yo:
    es su sistema, que funciona como un laberinto telenovelesco.

    Y que se vayan a la chingada con su bloqueo.
    En el mejor sentido emocional del término.

    Yo sigo mi día.
    En llamas, sí.
    Pero soberano, siempre.

  • Pororoca mento-emocional

    Hoy arranco el día con emociones encontradas. Me siento como la pororoca: esa ola que nace cuando la marea del Atlántico choca con el agua dulce del Amazonas; esa ola tosca y hermosa (porque hermoso siempre soy, aunque a veces me pongo tosco).

    Me fui a acostar feliz, súper contento con los avances de mi blog y con ver cómo va tomando forma. Pero, sobre todo, por la manera en que mis pensamientos empiezan a tomar lugar. Reconozco que aún con blog y todo, me inundan en cantidades a veces inimaginables, y voy dejándome notitas en la pizarra de la heladera o post-its con palabras o frases que terminan siendo pre-trazos. Una capa previa que no preví en el blog y que creo que voy a tener que mantener en esa etapa de protorregistro (¿existe o también es otro invento mío?). Si no existía, ahora sí.

    Me gusta verme pensar.

    Por otro lado, sigo haciendo el seguimiento de los turnos en los consulados de México para entrevistas de residencia. Eso implica entrar varias veces al día al sitio web, porque habilitan los turnos la última semana del mes. Y se agotan en el acto. Ignoro cuántos otorgan; tampoco avisan la fecha. Es perseguir lo imprevisible, y me incomoda perseguir cosas que ni siquiera preciso.

    A las cinco de la mañana me desperté, prendí la compu para ver si tenía suerte (¿por qué algo así debería depender de la suerte?) y no sólo que no la tuve: ¡me volvieron a bloquear del sitio!
    Mal, mal por los mexicanos.
    ¿Por qué hacen eso?

    Pero estoy decidido: esta sensación puede durarme poco y no voy a permitir que gobierne mi día. Es más: ya decreté que la voy a usar a mi favor para inaugurar la subcategoría Hoy no pienso: ¡ardo!, dentro de Soberanía emocional. Hoy voy a dejar escrachados a los mexicanos ante mi yo eterno, para nunca olvidarme (aun si termino consiguiendo esa residencia) de lo ineficiente que es su sistema de turnos consulares para esta finalidad.

    Odio perseguir cosas que ni siquiera preciso.

    Mi gym viene bien: entrené hombros, pecho y algo de espalda, y hoy tengo previsto regresar. No voy a instalar una categoría soberanía física (recordatorio para mí: no ser ridículo… al menos no por ahora), pero la importancia de mantenerse en forma la tengo clarísima.

    La segunda dosis de la vacuna del herpes zóster sigue pendiente. La salud es prioridad, también debo recordarlo.

    Y hay un día largo y productivo por vivir, así que suficiente por esta entrada.
    Me veo pronto, en otra sección, para que el blog siga armándose.

  • El yo que escribe y el yo que me observa: método de soberanía mental

    Cuando escribo, no escribo solo.
    Parece exagerado —¿exagerado yo?— pero describe con exactitud lo que realmente sucede en mi cabeza.

    Porque mientras escribo, hay otro yo que me acompaña:
    el yo que observa, que evalúa, que me desarma y me arma al mismo tiempo.
    Es un testigo lúcido. No censura. No juzga.
    Pero tiene criterios dinámicos. Los sopesa y los adapta.
    Un yo que me mira pensar mientras pienso.

    Y ahí, en esa escena interna que antes no miraba con tanta claridad, descubro una práctica inesperada: mi soberanía mental.

    El yo que escribe es más libre, más impulsivo, más caótico.
    El yo que me observa es más analítico, más irónico, más preciso.
    Uno avanza; el otro ilumina.
    Uno se entusiasma; el otro frena, pregunta, señala.

    No escribo pensando en un lector externo. Ni en un “público potencial”.
    Escribo para alguien mucho más íntimo y exigente -y sobre todo, alguien que me demanda honestidad-:
    mi yo futuro, el que me va a releer para entender en qué andaba, cómo razonaba, qué corrientes internas me arrastraban o me
    empujaban.

    Ese lector soy yo, pero no el mismo que escribe.
    Sí y no.
    Pero nunca un “ni”.
    Hay una distancia justa: lo bastante cercana para comprenderme, lo bastante lejana para leerme con claridad.


    Por eso escribo atento:
    dejo pistas, advierto trampas, marco sombras, registro el hilo.
    Me escribo para poder leerme.

    Y al mismo tiempo me observo.
    Y al observarme ajustar una frase, cortar un exceso, eliminar una torpeza, estoy entrenando mi mente a ver cómo funciona.
    Estoy ejercitando mi libertad sobre mí mismo.

    Porque escribir así —con consciencia de estar produciendo pensamiento y observándolo en vivo— es un acto soberano:
    una forma de gobernar mi atención, de dirigir mis derivaciones,
    de acompañar mis propias contradicciones sin perderme en ellas.

    Ese doble yo —el que escribe y el que me observa— no me encorseta.
    Me ordena sin someterme.
    Me organiza sin quitarme libertad.
    Me limita sólo cuando mis excesos me tapan y me libera cuando mis límites me sofocan.

    Escribir es mi método.
    Observarme escribir es mi espejo.
    Y sostener esa doble consciencia es mi soberanía mental en acción.

  • Dormí como un lirón

    ¡Dormí bien! Me gusta decirme que dormí “como un lirón”, aunque no tengo ni idea de cómo duermen los lirones, pero es una imagen que me resulta simpática.

    Ayer, pese al cansancio, estuve productivo. Tuve mi momento Eureka cuando escribí el posteo en “¿Genialidad?” sobre tuteláfilos y tuteláfobos. Escuchaba noticias de Europa y me cayó la ficha: muchos de los problemas actuales del mundo no son, en el fondo, políticos en el sentido clásico de derecha e izquierda. Son más bien actitudinales. Una actitud frente a la vida.

    Hay quienes requieren ser tutelados —por pareja, familia, amigos, instituciones, Estado o supra-Estado— y otros que prefieren que nadie intervenga en sus asuntos y les dejen espacio para hacer. Pasa en todos lados, pasa en todos los órdenes. Me divierte profundizar en esto y ver hasta dónde llego.

    Por otro lado, vuelvo a estar pendiente de la página del Consulado de México —tanto en Uruguay como en Argentina— para conseguir una cita para solicitar la residencia. Es como misión imposible, y creo que voy a claudicar. Se lo perderán los mexicanos.

    Ya perdí tiempo (y dinero) consiguiendo los papeles que exigen —que pronto van a vencerse— y no consigo el bendito turno. Mes a mes, un día cercano al final del mes, habilitan sin aviso citas para los simples mortales que las pedimos vía web; pero duran un instante. Y peor: si entrás un par de veces seguidas, el sistema detecta “actividad sospechosa” y te bloquea. Resultado: imposible conseguir turno hasta el mes siguiente.

    Así que no, México: no me resultás tan atractivo como para volver a hacer todos los certificados apostillados y esperar a que, por casualidad, justo haya turnos cuando yo chequeo la página.

    Ah, y sí: volví al gimnasio por primera vez luego de haber regresado de Paraguay. Hoy otra vez me duele todo. Tengo que ir de nuevo sí o sí para que el dolor pase y para retomar el ritmo. Si no, la tabla de ravioles de mis abdominales no vuelve más. Me pone feliz saber que está ahí, aunque el exceso de grasa la mantenga en modo leyenda urbana.

    A ponerme en órbita y a encarar el día.

  • Arrancando la semana un martes

    Martes, 5:40 am

    Esta semana “oficial” arranca hoy, después de un largo feriado de 4 días. Justifica que la arranque bien temprano. Pero la realidad es que me costó dormir y acá estoy en este extraño lugar, entre lucidez y desvelo, retomando mi diario al que le puse el rimbombante título de mento-emocional. No puedo ser más payaso.

    Ayer fue un buen día: trabajé con el blog, solo y con Kael y avancé al punto de sentir que realmente empieza a tomar forma, porque ya voy aprendiendo realmente cosas nuevas acerca de cómo manejarme con WP y también empiezo a ver cosas que no venía haciendo bien, y empiezo a corregirlas. Claro ejemplo: las etiquetas.

    Estaba duplicando conceptos, usando las mismas en singular y plural, usando palabras muy similares en diferentes entradas para referirme a lo mismo, etc.

    Las etiquetas tienen que ser útiles para que pueda navegar el sitio en forma más conceptual, más allá de lo que ofrecen las categorías y subcategorías del menú. Un sistema bien diseñado y curado, me va a permitir recuperar fácilmente mis principales ejes temáticos, otros no tan importantes, y aún ir viendo cuáles son las cosas sobre las que mi mente trabaja más, y cuáles aparecen en forma circunstancial.

    Me divierte mucho y me regocijo por adelantado imaginando que voy a poder hacer este tipo de análisis, después de haber tomado mi decisión soberana de empezar a armar este blog. Creo que se va a convertir en una excelente herramienta útil y también en un gran entretenimiento. Y algo no menor, es que me da un propósito muy narcisista. Es indudablemente apasionante poder contemplarme pensando a lo largo del tiempo.

    Mientras haga este blog de la forma en que lo tengo craneado, paso a ser de algún modo mi propio tema favorito, porque piense lo que piense, escriba sobre lo que escriba, el hecho de este autorregistro me va a producir una mayor autoconciencia. Eso me va a dar una claridad que antes no tenía, ya que me propicia mirarme con más precisión.

    Por otro lado, creo que por más que arranque a partir de un laboratorio del caos (Caos Lab), para después poder decantar ideas y terminar elaborando cosas más estructuradas como pueden ser ensayos, me da una metodología previa que sin quererlo ya me ordena un poco.

    ¿Estará bueno eso o lo voy a sentir justamente como un condicionante que me lleve a sacrificar soberanía mental? No sé si esta metodología me va a ordenar o me va a encorsetar. Puede ser ambas. Sólo el tiempo, mantener el método y ver cómo lo manejo, me lo va a develar. Presiento que el experimento vale la pena, y que termine como termine, me va a hacer crecer y a dejar enseñanzas.

    Ayer con todas estas cosas, y con el asunto del feriado, terminé yendo al parque a tomar mates en vez de al gimnasio que tenía que retomar. Pero ¿quién retoma el gimnasio el último día de un feriado extra largo? Yo no, claramente. Al menos no en esta oportunidad. Para hoy ya no tengo excusas. Veremos cómo me va.

    La lista de cosas para hacer hoy es extensa, así que lo mejor que puedo hacer es ir poniéndome en órbita.

    Este soberano arranca así su día. Y su semana oficial. Decreto que va a ser estupenda.

  • Lunes feriado post-Paraguay

    Hoy es nuevamente feriado, el cuarto día consecutivo, ya que el viernes también lo fue. Es cómico porque si bien ya hace más de diez años que tengo como base la Argentina, casi nunca sé cuándo son los feriados ni a qué obedecen. Un lujo que me puedo dar por no trabajar en relación de dependencia y por llevar mi Patria adentro. Además, íntimamente no preciso celebrar ningún tipo de gesta heroica o conmemorar hechos desgraciados de nadie.

    Pensando mejor, tal vez haya alguna excepción que me saltó en cuanto escribí la frase anterior, pero hoy no tengo ganas de analizar eso. Le doy lugar pero lo mando de nuevo al fondo de mi mente.

    Regresé de Paraguay cansado. Me encanta ir y volver manejando, pero las rutas están en mal estado. Esto me exige más atención todavía y evitar conducir de noche; aunque un par de horas igualmente sigo, después que se esconde el sol. Y el viaje es largo. Lo hago en dos días para ir y dos para venir.

    Cada día estoy con más ganas de incorporar más profundamente a Paraguay, dándole un lugar más marcado en mi modo de vida. Ya tengo mi residencia, pero cada vez me invita más a explorar sus posibilidades. Su gente me encanta y el clima, evitando los meses más calurosos, es ideal para mí. La naturaleza es fabulosa y Asunción está a punto de caramelo en varios aspectos. El momento es ahora.

    Creo que es una ciudad que se va a terminar malogrando (respecto de la ciudad que era) por la enorme cantidad de edificios y proyectos que en ella se están desarrollando. Pero hoy, la mezcla de vegetación, chalets de teja, calles empedradas y proyectos modernos e imponentes que irrumpen en medio de eso, le brindan una magia que me fascina.

    Por otra parte, siento que Paraguay encarna en este momento el antiguo dicho de “hacerse la América”, cuando los europeos llegaban en barcos por las oportunidades que ofrecía este continente. Ese hacerse la América, hoy en Paraguay, sin dudas está presente. Se palpa en el aire. Así que sí, por ahí voy…

    También quiero retomar mi entrenamiento en el gimnasio, que me estaba haciendo bien, y ocuparme de mi blog y de algunas cuestiones financieras, así que día completo. Que la casa siga esperando; igual, se va manteniendo en condiciones aceptables de habitabilidad para mis propios estándares. Tengo pescado que saqué del freezer y con unas papitas me arreglo para preparar algo rico. Todo bajo control, si es que se puede controlar algo (que no), así que día, allá voy.

  • ¿Será que mi Patria interior es gitana?

    Escuchaba Carmen y me atravesó.

    Tu n’y dépendrais de personne ;
    point d’officier à qui tu doives obéir
    et point de retraite qui sonne
    pour dire à l’amoureux
    qu’il est temps de partir !
    Le ciel ouvert, la vie errante,
    pour pays l’univers ;
    et pour loi sa volonté,
    et surtout la chose enivrante :
    la liberté ! la liberté !

    Tú no dependerías de nadie;
    ningún oficial al que debas obedecer,
    y ningún toque de retirada
    para decirle al amante
    que es hora de partir.
    El cielo abierto, la vida errante,
    por patria, el universo;
    y por ley, su voluntad;
    y sobre todo, la cosa embriagadora:
    la libertad, la libertad.

    No fue solo la letra.
    La música me llenó y me empezó a expandir.

    Là-bas, là-bas dans la montagne
    là-bas, là-bas, tu me suivras,
    tu m’aimes et tu me suivras !
    Là-bas, là-bas, emporte-moi !

    Allá lejos, allá en la montaña,
    allá lejos, allá, tú me seguirás,
    me amas y me seguirás.
    Allá lejos, allá, llévame contigo.

    La montaña me empezó a llamar.
    Quiero ir.

    Ah ! le mot n’est pas galant,
    mais qu’importe, va, tu t’y feras
    quand tu verras
    comme c’est beau, la vie errante ;
    pour pays, l’univers,
    et pour loi sa volonté,
    et surtout la chose enivrante :
    la liberté ! la liberté !

    No suena bien, pero qué importa.
    Ya te acostumbrarás
    cuando veas
    lo hermosa que es la vida errante;
    por patria, el universo;
    y por ley, su voluntad;
    y sobre todo, la cosa embriagadora:
    la libertad, la libertad.

    No pasa por el lugar donde estoy.
    Soy yo. Mi Patria interior pide más.
    Esto me queda chico una vez más.
    Me ensancho y ya no quepo.

    Suis-nous à travers la campagne,
    viens avec nous dans la montagne,
    suis-nous et tu t’y feras
    quand tu verras, là-bas,
    comme c’est beau, la vie errante ;
    pour pays, l’univers,
    et pour loi sa volonté.
    Et surtout, la chose enivrante :
    la liberté ! la liberté !

    Síguenos a través de la campiña,
    ven con nosotros a la montaña,
    síguenos y te acostumbrarás
    cuando veas, allá,
    lo hermosa que es la vida errante;
    por patria, el universo;
    y por ley, su voluntad.
    Y sobre todo, la cosa embriagadora:
    la libertad, la libertad.

    Y otra vez reconocí la urgencia de moverme.