Categoría: Literaria

A veces escribo porque me divierte, porque algo quiere salir. Palabras, ideas o escenas que me empujan y, si estoy de buen humor, las dejo pasar. Mundos que me piden nacer y a veces no les ofrezco resistencia.

  • La Soberanía de mis pasos

    Hay algo en mí que despierta cuando camino.
    No es un pensamiento —los pensamientos caminan conmigo todo el día—, sino algo más hondo: una claridad que sólo aparece cuando mi cuerpo avanza y el mundo se me abre a cada paso.

    Caminar es mi forma más antigua de soberanía.
    Solo me necesito a mí y un entorno donde hacerlo.
    Y querer hacerlo.
    Es el gesto más elemental y más libre que tengo: dos pies, un ritmo, un rumbo que defino yo. O mis propios pies.

    Cuando camino, cada parte de mí se acomoda.
    La respiración se ordena y la mente se aquieta o se enciende, según lo que traiga encima.
    Al caminar aparece un hilo conductor interno —que no está hecho de palabras, aunque yo viva rodeado de ellas— y que siempre sabe hacia dónde empujarme.

    Camino de muchas maneras y cada una me muestra una parte distinta de mí.

    Hay una caminata para pensar.
    Otra para dejar de pensar, o al menos intentarlo.
    Una para ordenar.
    Otra para traer caos.
    Una para escucharme.
    Otra para olvidarme.
    Una para reencontrarme.
    Otra para perderme.
    Una para respirar el mundo.
    Otra para abstraerme de él.

    Todas son mías.
    Todas esas versiones de mí avanzan con mis propios pasos.
    Todas son soberanas.

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    Caminar de día, bajo la insistencia de una ciudad que no calla, me afina los bordes.
    Caminar de noche, en cambio, me desarma: me siento envuelto y hasta protegido por una tenue luz que me invita a bajar un cambio.

    Caminar entre multitudes me recuerda que soy parte insignificante de algo más grande.
    Caminar por calles vacías me recuerda que ese algo es imprescindible y que tal vez no soy tan insignificante.

    Caminar rodeado de edificios me organiza.
    Caminar entre árboles me aquieta.
    Caminar en el campo me expande.
    Caminar en la montaña me confronta.
    Caminar cerca del agua —ya sea mar, lago o un río— me alinea con una parte interna mía que no sé nombrar.

    ———

    Caminar es también soberanía emocional.
    Cuando algo me desborda, salgo.
    Cuando algo es intenso y me supera, camino hasta que la intensidad encuentra su cauce.
    Cuando estoy enojado, camino hasta que recupero mi eje.

    Los pies piensan distinto.
    Tienen su lógica.

    Caminar también se vincula con mi soberanía financiera.
    Me distrae, me entretiene, me hace bien y nadie me cobra por hacerlo.
    No existe tarifa para el impulso de avanzar.
    Es el movimiento más privado y más público al mismo tiempo.

    Caminar también es recordar que pertenezco a mí mismo y no al entorno.

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    Hay momentos en los que no puedo caminar como quisiera.
    Por tiempo, clima, cansancio o simplemente porque el día no da más.
    Cuando eso pasa, busco a quienes caminen por mí.
    Recurro a otros caminantes: personas que registran ciudades, montañas, costas, mercados o madrugadas y las comparten sin pretensión, como quien extiende una mano invisible.
    Gente que camina con una cámara para mostrarnos el mundo como un acto silencioso de compañía.

    Entro a esos canales cuando mi soberanía lo pide —no desde la carencia, sino desde la elección.
    No es caminar con mis pies, pero es caminar igual en otra capa de mí: la que observa, la que se sosiega, la que sigue avanzando aunque esté quieto.

    Quizás algún día alguien sienta que mis pasos también lo acompañan.
    El mundo está lleno de caminantes que sin saberlo cargan a otros consigo.

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    Caminar es filosofía en movimiento.
    Mis pasos piensan por mí.

    Avanzar es decidir.
    Desviarme es explorar.
    Detenerme es escuchar.
    Acelerar es emprender.
    Ir lento es reflexionar.
    Volver sobre lo andado no es nostalgia: es precisión.

    A veces camino para empezar algo.
    A veces para terminarlo.
    A veces sólo para existir más claro.

    Hay días en los que la caminata entera es un manifiesto silencioso:
    un “estoy acá”,
    un “me pertenezco”,
    un “no negocio mi rumbo interior”.

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    Caminar también es política —la única política que me importa—: la del territorio que soy.
    Cuando camino, ejerzo gobierno interno: reorganizo, resuelvo tensiones, redistribuyo aire, reescribo límites.
    Soy país en movimiento.
    Soy frontera que se actualiza.
    Soy constitución que se escribe con cada respiración.

    Y cuando camino sin destino, cuando dejo que mis pies decidan antes que mi mente, aparece algo que sólo puedo nombrar de un modo: soberanía mental.

    Caminar tiene algo de ritual y algo de rebeldía.
    Algo de disciplina y algo de fuga.
    Algo de orden y algo de entrega lúcida.

    Es la forma más directa que tengo de volver a mí sin imposturas.
    No “habito” nada —esa palabra ya la gastaron otros—:
    lo que hago es alinearme.

    Caminar me expande.

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    Siento que todos mis caminos —los visibles y los internos— se conectan de una manera que todavía estoy aprendiendo a leer.
    Pero hay algo que ya tengo claro: cada vez que camino, me vuelvo más yo.

    No importa si estoy en una ciudad que conozco hace muchos años o en un país nuevo donde me siento perdido y ni entiendo los carteles: mis pasos siempre saben primero.

    Camino porque elijo avanzar.
    Camino porque requiero pensar con el cuerpo.
    Camino porque mi libertad se confirma movimiento tras movimiento.

    Y porque cada paso que doy me recuerda algo que no pienso negociar jamás:
    soy Yo, mi soberano.
    Incluso —o sobre todo— cuando camino.