Durante muchos años fui incapaz de comprar una prenda sola.
No compraba una camisa sin saber con qué pantalón iba a usarla. Ni un pantalón sin tener claro qué zapatos, qué medias, qué cinturón.
Y sí: también qué pañuelo.
Elegir una pieza aislada me producía una incomodidad difícil de explicar. Como si esa prenda, por sí sola, no tuviera sentido. Como si no pudiera existir sin un sistema alrededor que la sostuviera.
Compraba “juegos”.
Todo junto. Pensado de antemano. Cerrado. Coherente. No porque alguien fuera a verlo, sino porque yo necesitaba que cerrara.
Había algo profundamente interno en ese gesto. No tenía que ver con exhibición ni con llamar la atención. Al contrario: era una forma de calmar una tensión. La de sentir que algo estaba fuera de lugar, incompleto, desalineado.
En la Facultad de Medicina eso llamaba la atención. Mis compañeras se divertían apostando de qué color serían mis medias. A veces iban más lejos y bromeaban con los calzoncillos, convencidas —y con razón— de que también estaban pensados como parte del conjunto.
A mí me causaba gracia. Pero no era coquetería. Era otra cosa. Algo que yo sentía como muy mío y que no podía transgredir.
Había además otra regla silenciosa que durante años no pude romper: no me gustaba mezclar ropa claramente nueva, a estrenar, con ropa ya usada.
Una prenda nueva tenía una presencia demasiado marcada. Desentonaba. No terminaba de integrarse. Irrumpía.
Por eso necesitaba comprar todo junto. Para que todo envejeciera a la par.
Una vez que las cosas ya habían sido estrenadas, usadas, incorporadas al cuerpo, la mezcla se volvía posible. Lo nuevo podía convivir con lo viejo. Antes no.
No sabía si era una cuestión estética, simbólica o simplemente una necesidad de coherencia interna. Pero lo nuevo, aislado, me resultaba invasivo. Necesitaba que entrara en bloque o que esperara su turno.
Con el tiempo eso fue cambiando. No de golpe, sino como cambian casi todas las cosas importantes: cuando una versión de uno empieza a quedar chica.
Aprendí a mezclar. A tolerar la asimetría. A permitir que algo nuevo conviviera con algo gastado sin sentir que todo se desarmaba.
Pero ese criterio inicial no desapareció del todo.
Solo se volvió más sutil.
Hoy sé que no estaba eligiendo ropa. Estaba eligiendo cómo integrar. Porque elegir, para mí, nunca fue seleccionar objetos.
Fue siempre una forma de ordenar energía.
Elegir qué entra y cómo entra. Elegir qué necesita contexto y qué puede sostenerse solo. Elegir qué envejece conmigo y qué queda siempre afuera.
El lujo, por ejemplo, nunca fue para mí, algo que necesitara ser visto. El lujo, cuando lo sentí como tal, fue siempre gozo íntimo. Y no precisaba ser caro. Saber que mis calzoncillos combinaban con mis medias y con mi pañuelo ya me producía esa sensación.
El lujo —incluso el caro— puede mostrarse o no.
Pero nunca precisa ser visto.
Cuando precisa ser visto, deja de ser lujo. Se convierte en demostración. Y la demostración, casi siempre, habla de otra cosa.
Por eso nunca me interesó vestir marcas como cartel. Nunca me sentí cómodo siendo soporte publicitario de símbolos ajenos.
Nunca me gustó decir con el cuerpo algo que no estaba eligiendo decir.
Con los años entendí que mis criterios de elección no buscan perfección ni coherencia externa. Buscan alineación. No se trata de que todo combine. Se trata de que todo tenga sentido para mí.
Lo que elijo no debe exigirme justificación. Ni obligarme a representar algo que no soy. Necesito que no me empuje a sostener una imagen que no me pertenece.
Elegir, para mí, es un acto silencioso. Casi invisible. Pero profundamente activo.
Es decidir cómo administro mi presencia. Cómo administro mi energía. Cómo administro lo que dejo entrar y lo que dejo afuera.
Y aunque hoy pueda mezclar más, tolerar más, flexibilizar más, sigo teniendo un radar muy fino para detectar cuando algo no entra en juego, cuando algo no envejece conmigo, cuando algo irrumpe sin permiso.
Ahí aparece la incomodidad. Y esa incomodidad no es un problema. Es información.
Mis criterios de elección no son reglas. Son huellas de cómo aprendí a convivir con mis cosas, sobre todo con las que llevo junto al cuerpo.
Y aunque cambien, aunque se ajusten, aunque se contradigan, siguen cumpliendo la misma función: ayudarme a no decir con el cuerpo algo que no quiero decir con la vida.
Años más tarde, supe —sin saber— que todo esto que sentía tan mío y tan íntimo no era completamente original. Venía de mi madre. Y de ese modo seguía siendo íntimo, pero ya no exclusivo.
Y así logré, finalmente, transgredir esas reglas.
Y combinar marrón con azul en un mismo atuendo.