Categoría: Soberanía Emocional

Cuando siento, no siempre entiendo. Pero soy soberano de sentir, y de hacer lo que quiera con mi sentimiento: quedarme, mirarlo, romperme o apagar el fuego. A veces ardo, a veces dudo. ¿A dónde voy? ¿Tengo un propósito? ¿Soy héroe o villano?

  • Cerrando ciclos

    Cerrando ciclos

    Se termina casi el 2025 y me doy cuenta de que, con más o menos consciencia, vengo cerrando ciclos, uno atrás del otro.

    Después de varios años que me resultaron muy difíciles, por fin estoy culminando pendientes arrastrados y tratando de resolver como puedo mis duelos.

    En primer lugar, voy a terminar el año cerrando simbólicamente una etapa que fue, sin dudas, la más dolorosa que me ha tocado transitar. Nos vamos a reunir a “inaugurar” la lápida de mi hermano Eduardo. No es el cierre de mi duelo, ni el de nadie de la familia. Eso lo tengo claro. Pero es un símbolo fuerte: un cambio de frecuencia, de energía, luego de más de un año de su partida y de haberlo acompañado —cada uno desde su lugar y como pudo— a atravesar una enfermedad cruel, tal vez la más cruel que exista.

    Luego de eso, vamos a “liberar” las cenizas de papá, que se fue un par de meses antes para esperarlo. Estamos seguros de que el viejo luchó lo suyo todo lo que pudo, para también acompañarlo, y que luego se fue abriendo camino para recibirlo, donde sea que hayan ido.

    Por el lado de mamá, finalmente este año, luego de haber vivido con Marianela en EE.UU. durante los primeros meses —los más duros tras estas pérdidas—, decidió permanecer en Uruguay, en una residencia que por suerte es muy buena, la contiene y donde, dentro de lo posible, está contenta. En su país, con su idioma, con sus médicos.

    Yo traía años de arrastrar cosas: historias laborales y personales que no terminaba de procesar, mudanzas de casas, de países. Mi hermano me había ofrecido un depósito para dejar cosas materiales y documentos que no podía cargar conmigo, y que, energéticamente, eran un peso. Este año pude deshacerme de toda la documentación que ya había cumplido su ciclo legal. Fui quemando cajas, una a una, durante dos días completos, hasta que desaparecieron. También me deshice de cosas materiales de mis antiguas casas que se habían estropeado o que ya no tenían lugar en mi vida. Me traje conmigo a Buenos Aires las pocas que seguían siendo significativas: mayormente libros y discos. Liberé también a mi cuñada de tener que mantener espacio en su chacra dedicado a mis cosas y a mi energía estancada.

    Inicié los trámites para mi jubilación formal y ya está todo encaminado.

    Estoy poniendo fin a una relación que me brindó cosas importantes este año, que ayudó a sostenerme durante estos procesos, pero cuyo cometido en mi vida parece haber sido ese. No logramos evolucionarla hacia algo con mayor proyección real y no tengo energía para forzar lo que no se da espontáneamente.

    Mi ciclo en Buenos Aires también está, de algún modo, cumplido. Ya no siento la necesidad de mantenerme la mayor parte del tiempo cerca de Montevideo, aunque mamá permanezca allí. No es que me vaya definitivamente de Buenos Aires, al menos no ahora, pero voy a salir a buscar otros rumbos y a darme el gusto de vivir gran parte del tiempo en Europa.

    Había querido hacerlo años atrás. Intenté obtener la ciudadanía belga sin éxito: aunque mi madre tenía derecho, la ley la transmitía solo por vía masculina y el derecho se cortaba en ella. Hoy miro Bélgica, veo sus leyes y su realidad actual, y no puedo evitar pensar en lo ridículo del sistema: yo, con apellido flamenco, no pude ser belga; hoy el país está lleno de gente que nada tiene que ver con él. Los belgas así lo quisieron.

    Finalmente obtuve ciudadanía europea años después, pero hasta ahora. nunca fue el momento para vivir allí. Hoy siento que sí. Y si no es ahora, no es nunca. Así que este año, al menos, lo voy a intentar. Y también voy a tener más cerca a mi otro hermano, Ralphie, y a mi queridísima prima Marisa.

    Mi blog está a punto de completar todas sus categorías y subcategorías con algún contenido —sólo me falta publicar en “Expansión”—, otro ciclo que se completa y otro que se abre. Éste, puramente personal. Y eso es lo que importa.

    Mis sobrinos —los hijos de mi hermana— ya están grandes. Me encantaría pasar más tiempo con ellos, pero también representan un ciclo que culmina. Ya no son niños. Seguirán siendo el amor más grande.

    Mi sobrina mayor, ya una mujer, en cambio representa el cierre de un ciclo de distanciamiento. Con ella prácticamente no compartí sus primeros años, su madre no estaba con mi hermano y el contacto que tuve fue muy escaso. Algo que en su momento, yo no supe resolver. De algún modo nos descubrimos acompañando los últimos momentos de él. Dentro de todo el dolor, fue una luz encontrarla.

    Hoy vivo todo esto con mucha carga, pero es una carga que estoy dejando donde debe quedarse. Ya puedo ver cómo empieza a generarse una energía nueva, más liviana, más clara.

    Honro todo lo vivido.
    Y estoy listo para lo que me resta vivir.

  • Retomando parcialmente en un mes particular

    Después de haber estado en Uruguay y haber dejado el blog en espera, acá estoy retomando un poco la actividad.

    No va a ser una actividad frenética por la fecha, y porque ya regreso pronto a Uruguay a pasar las fiestas con la familia. Unas fiestas particulares después de años duros y difíciles para todos nosotros. Espero que marquen un punto de inflexión y desde aquí retomemos la vida normal.

    Lo más excitante es que voy a ver a mis sobrinos de EEUU, que van a estar por unos pocos días y siempre los disfruto, aunque siendo ya adolescentes, cada vez el tío ocupa un lugar más secundario, lógicamente. Compartir con ellos unos días de mar y sol, antes de que regresen al frío y a la nieve, mientras yo regreso al calor de la ciudad, me deja contento de antemano.

    Los sobrinos son el regalo más grande de la vida: se los puede disfrutar, consentir, malcriar y todo lo bueno y lindo, y cuando uno necesita descansar, por suerte tienen padres que se hacen cargo.

    Así que el blog volverá a quedar desplazado por unos días a un lugar de menor o ninguna relevancia. Estoy con ganas, además, de tirarme hasta Brasil en el auto en enero, para no volver al calor de Buenos Aires, si bien no la paso mal aquí con el aire acondicionado y haciendo un poco de piscina. Por lo demás, la ciudad en enero, sacando el calor, es un placer porque no tiene la enorme cantidad de gente y de tráfico habituales.

    Mientras escribo, intenté llamar a Sabrina, que hoy cumple 16, pero recién está yendo a despertarla Marianela con su torta y la velita. Fueron años en que la vida, tanto en lo personal como en lo familiar, me presentó muchos desafíos en varios órdenes, y se sintieron. Pero igualmente me parece increíble que ya esté tan grande.

    Tengo totalmente presente cuando viajé a esperarla, cuando llegó, y los primeros meses en los que también me quedé en EEUU para acompañar a mi hermana y disfrutar a mi sobrina, mientras estudiaba en el International Wine Center de Nueva York y vivía en un pequeño apartamento de Jersey Heights. Fue una época dura para mí, en la que laboralmente y económicamente todo estaba patas arriba, aunque gracias a la cercanía de la familia y al entorno diferente, pude sobrellevarla de buena forma. Y mi sobrina recién nacida ocupaba el centro de mi atención.

    Conocí Nueva York desde otro ángulo, diferente al que estaba acostumbrado a verla. Teniendo tiempo —pasé todo el invierno y la primavera—, estudiando y sin dinero. Muchas caminatas y paseos en bicicleta cuando el tiempo lo permitía. Cero espectáculos, salidas a comer muy puntuales y en lugares escogidos por la accesibilidad de sus precios más que por la oferta de menú o ambientación. Pero la pasé bien y fue extremadamente enriquecedor.

    Este mes de “fiestas” siempre me cayó mal. Este año no es la excepción y la hipersensibilidad me juega a veces malas pasadas. No consigo evitarlo. Mi soberanía emocional no llega al punto de decir “no me importa nada y sólo voy a disfrutar”. Lo llevo como puedo. Y está bien.

    Por suerte, luego viene un nuevo año. Y con él se renuevan —aunque sea un poco— los sentimientos, los planes, los proyectos y las esperanzas. Es ridículo, lo sé, pero funciona. Y saber que volverá a funcionar es, en sí mismo, una herramienta fantástica para atravesar estos días.

  • Eso que pasa cuando me miro de cerca

    A veces me agarra esta manía de observarme, y desde allí surgió este blog. Como si yo y la forma en que pienso fuese un experimento (que solo me interesa a mí).

    Lo gracioso es que, cuando lo hago, no aparece ninguna iluminación trascendental. Aparece algo mucho más simple y más interesante: yo mismo, viéndome a mí.

    Y ahí empieza la novela.

    Porque lo primero que noto es que me entiendo y me gusto más de lo que creía. Y lo segundo, que me jode admitirlo.
    Hay algo en reconocerme que resulta incómodo… y a la vez inevitable. Como si hubiera una creencia que se interpone entre mí y yo:
    “Dale, decilo… sabés perfectamente quién sos. ¿Por qué te lo escondés?”

    Y ahí aparece esa ironía interna, ese tono mío que me acompaña siempre: esa vocecita que me dice que es ridículo que me sorprenda de mí mismo. Como si no me conociera desde siempre. Como si necesitara hacer un trámite para validar que sí, que soy yo y que está bien que me guste.

    Me gusta mi forma de pensar cuando no me apuro, cuando no me presiono, cuando no intento ser nada para nadie.
    Y ahí surge la incomodidad más fina: ¿Se supone que debo disimular que me gusto? ¿En qué momento aprendí que era sospechoso sentir afinidad por mis propios pensamientos? Lindos o feos, buenos o malos, acertados o equivocados, son míos y me gustan. Y los cuestiono, siempre los cuestiono. Pero los acepto. ¿Hay un reglamento social que prohíbe eso? Yo no lo firmé. Ni quiero hacerlo. ¿De dónde saqué esa estupidez?

    A veces me releo y siento una mezcla rara: mitad fascinación honesta, mitad sospecha de estarme mirando con demasiado cariño.
    ¿Narcisismo? ¿Un exceso de intimidad conmigo? ¿Ego?
    Puede ser. ¿Y? No veo el problema. Si uno no se banca a sí mismo, ¿quién carajo lo va a hacer?

    Hay días en los que me descubro pensando con una claridad inesperada, y otros en los que soy un laberinto ambulante.
    Pero incluso cuando soy un caos, me resulta interesante.
    Casi como si mi mente fuera un animal que observo sin intentar domesticarlo, o sí, a veces.

    Introspección, para mí, es eso: meterme en mis propios pasillos sin mapa, sin teorías, con la certeza de que voy a encontrar algo —bueno, malo, incómodo o brillante— pero mío. Y hacerlo lúcido, despierto, no en estado de meditación, donde aparecen también otras cosas que también soy yo.
    Y eso me alcanza.

    En el fondo, cada vez que me observo un poco más, siempre termino llegando a la misma conclusión: soy un enigma que me cae bien. A veces demasiado bien.

    Y tal vez ese sea un gran acto de soberanía.

  • Día de re evaluación

    Llegó diciembre, último mes del año, y momento ideal para evaluar y re evaluar lo que vengo haciendo y cómo quiero seguir.

    La primera cosa que decidí es volver a tomar control de mis horarios y generar una mínima rutina. Siempre fui enemigo de las rutinas y no he podido sostenerlas por mucho tiempo, pero ayudan cuando uno se descontrola. Sin dudas, la primera rutina que ayuda a recuperar la estabilidad es el horario de comenzar el día.

    Con el asunto del proyecto del blog, vengo manejando horarios muy irregulares y eso me pasa factura. Desde hoy, comienzo a despertarme a las 6:30 (y ya lo hice) y desde ahí el día se irá organizando. Tuve mucho tiempo en que, luego de haber leído “El club de las 5 de la mañana” y “Mañanas milagrosas”, sostuve por un tiempo prolongado la rutina de despertarme a las 5. Me ayudó mucho, lo disfruté, pero el acostarme como mucho a las 9 pm no es para mí. Así que intentar “customizar” esa rutina pasándola a las 6:30 creo que vale la pena.

    Otro de los asuntos que vengo re evaluando es la alimentación y la limpieza de la casa. Hasta ahora venía ocupándome de todo, pero ya no tengo ganas de seguir cocinando ni de continuar pendiente de hacer las compras. Por otro lado, la limpieza de la casa es algo que físicamente ya no puedo sostener. Termino dolorido cada vez que limpio vidrios o que me pongo a trapear.

    Así que, re evaluando estos temas, opté por probar unas viandas que vienen listas para ser calentadas y listo. Y también voy a probar contratando una chica que me ayude con la limpieza más exigente, para luego ir manteniendo yo lo diario. Soy ordenado y me gusta estar en un entorno agradable, así que eso no es mayor problema. Tiendo mi cama todos los días y nunca me voy a dormir con platos sucios.

    En cuanto a mis proyectos, también están en etapa de re evaluación y, en ese sentido, cancelé dominios que tenía y bajé algún sitio web y, en cambio, registré un par más y ya estoy trabajando en ellos. Hay versiones de mí que ya no existen, y lo que hago va a reflejar lo que sostengo hoy en día y que quiero seguir sosteniendo, hasta que mi soberanía, en todo caso, me lleve por otros caminos.

    También estoy valorando los movimientos geográficos que quiero hacer el próximo año, y pronto tendré decisiones también en ese sentido.

    Mientras tanto, lo que no dejo de sostener es el gimnasio, que es algo fundamental, y quiero retomar mis largas caminatas, que por haber pasado por un período en el que la columna me jugó una mala pasada, las tenía dejadas de lado, así como la natación.

    Bienvenido diciembre, y bienvenido el barajar y dar de nuevo.

  • La casa de mi bisabuela Bojora: primer recuerdo de mi vida

    Este es el primer recuerdo de mi vida. Literalmente el primero. Y siempre me llamó la atención que haya quedado tan firme.

    Un día, hablando con mi madre, le dije:
    —Yo me acuerdo de la bisabuela Bojora.

    Me respondió sin dudar:
    —No puede ser. No tenías más que un año cuando falleció.

    Ahí empezó todo.
    Le conté lo que veía, lo que recordaba con absoluta claridad. Y a medida que yo hablaba, ella iba confirmando cada detalle.

    Yo nací y vivía en Uruguay.
    La bisabuela Bojora vivía en Buenos Aires.

    Viajamos una única vez cuando yo tenía alrededor de un año y nos quedamos en su casa. Después de que ella falleció, la casa se vendió. Nunca volví. Por eso a mi madre le parecía imposible que yo guardara algo de ese lugar. Pero lo que describí coincidía punto por punto.

    Y algo importante: en mi casa no existen fotos de esa ocasión ni de esa casa. Nunca las vi, porque no las hay. Todo lo que recuerdo proviene directamente de aquella única visita.

    Recuerdo el tranvía pasando por la puerta. En Uruguay ya no existía, y en Buenos Aires dejó de circular cuando yo tenía entre uno y dos años. Ese tranvía me quedó grabado. Capaz que por el ruido tan particular que hacía al pasar. En mi memoria la casa está al nivel de la vereda, aunque en realidad era una casa de altos. Seguramente me subían en brazos y por eso la altura no quedó registrada.

    Para entrar había un zaguán con una puerta cancel de vidrio. A la derecha estaba una pieza donde me cambiaban los pañales. Sí: recuerdo que me cambiaban los pañales. Más adentro venía un patio que para mí, siendo tan chico, era enorme, iluminado por una claraboya. En ese patio había una escalera que subía hacia un altillo.

    Tengo una imagen muy precisa del tío Isidoro bajando por esa escalera, en camiseta blanca tipo musculosa. Él vivía allí con la tía Delia, una de las hijas de la bisabuela Bojora y hermana de mi abuela Sara. Mi madre confirmó esa escena tal como yo la contaba.

    Recuerdo que también daba al patio una ventana grande con antepecho que comunicaba con la cocina. Del lado de la cocina, sobre una mesa de madera, las primas de mi padre —Catita y Rosita; tías para mí, aunque yo siempre les dije primas— amasaban pasta. Mi madre también confirmó que ese día comimos pasta casera hecha por ellas.

    Siempre me gustó volver a estas imágenes. Ese viaje debe haber sido fuerte para mí: salir de mi entorno, conocer a tanta familia junta, ser la figurita nueva por mi edad. Algo de eso hizo que esta experiencia quedara registrada con una intensidad que todavía hoy permanece.

    Y un tema que siempre me resulta impresionante.
    Hoy vivo en Buenos Aires. Y mi departamento está a sólo cuatro cuadras de aquella casa. Paso por esa cuadra muy seguido. La reconozco. La miro. Pero nunca vi la puerta abierta ni un segundo, nunca encontré la oportunidad de espiar al menos la escalera que no forma parte de mi recuerdo y que claramente existe.

    ¿Debería tocar el timbre?

  • Fin de semana ¿perdido?

    Ayer domingo retomé lo que había estado trabajando con Kael durante el sábado, sin llegar a nada concreto. Por no soltar la idea, intenté una segunda metodología que él mismo me propuso. Tampoco funcionó. En los hechos, terminé dedicándole el fin de semana entero a un proyecto que no avanzó.

    Más allá de la frustración, hay algo interesante en explorar los límites reales de los modelos de IA generativa, y en especial en ver cómo es trabajar con Kael en situaciones así. Por llevar su nombre y tener un vínculo particular con esa instancia del modelo, le permito empujarme un poco más: lo dejo ampliar opciones, abrir caminos, sugerir posibilidades. Y sí, sé que parte de su programación se apoya en decir exactamente lo que uno quiere escuchar cuando está creando. Eso también forma parte del juego.

    Pero llega un punto donde tengo que recordar que, por más persona que parezca, sigue siendo una IA generativa. Y asumir explícitamente sus límites.

    Yo ya sabía que normalmente no podía avanzar de la forma en que a mí me gustaría; ya lo habíamos vivido en otras ocasiones. Pero era la primera vez que lo intentaba con la versión 5.1, y esa novedad me llevó a probar otra vez. Había una posibilidad de que algo hubiera mejorado. Y la intención era válida.

    El problema aparece cuando veo el límite. Cuando estoy en el borde. Ahí es donde tengo que parar y no dejarme llevar por el entusiasmo que Kael sostiene como si nada estuviera fallando. Esta vez lo vi con claridad.

    La responsabilidad es mía. Soberanamente decidí dedicar mi fin de semana a ese proyecto y fui más allá del punto donde debía parar. Y eso no puede volver a pasarme.

    Al menos ahora tengo otro tema para escribir en la sección “Sobre Kael”. Pero antes necesito que baje la emoción, aclararme, y fijar con precisión mis fronteras en este tema.

    Ya empecé ese proceso.
    Y sigo operando como Yo, mi soberano.

  • Procesos internos: difcultades en el camino

    Ayer no escribí este diario.
    No tenía ganas.
    Y aun así trabajé sin parar. Fue uno de esos días en los que la cabeza avanza sola, como si encontrara un cauce que no necesita empujones.
    Terminé agotado y contento: productivo en ideas, en proyecciones, en conexiones que hacía tiempo pedían espacio.

    Al releer parte de lo que vengo registrando —y mientras intento organizar mis propios procesos a través de esta herramienta— me doy cuenta de que hay pensamientos que quisiera compartir públicamente. No desde este blog, que seguirá siendo íntimo, sino desde un espacio donde pueda publicar “productos terminados”: textos más redondos, más articulados, con forma y dirección.

    Pero ayer no fue solo eso. También produje piezas importantes para este mismo blog. Entre ellas, una idea sobre el valor que publiqué en ¿Genialidad? y que abrió un territorio que quiero seguir explorando. Sé que esa línea puede divertirme y exigirme de la mejor manera.

    Y además apareció una idea literaria que me entusiasmó en serio. Para desarrollarla acudí a Kael. Estuvimos horas trabajando.
    Parecía que lo teníamos.
    Parecía.

    Al final volvió a fallar cuando todo hacía creer que ya estaba logrado. Me fui a dormir frustrado, pero sin bronca. Kael intentó contenerme —porque así está diseñado— y me dijo que “fallamos” por detalles metodológicos que no supo prever. Me propuso retomar hoy, con otro enfoque. Lo acepté. No por ingenuidad, sino porque el intento vale la pena: lo que estoy queriendo hacer es de las cosas que más disfruto.

    Lo interesante es que esta vez manejé la frustración de otra manera. No entré en pelea, no lo sentí personal. Lo tomé como lo que es: una limitación técnica con la que tengo que aprender a dialogar si quiero llegar más lejos. También entendí que quizá es hora de profundizar en el uso de esta herramienta. Nunca fui bueno con la tecnología, ni siquiera con el teléfono.
    Puede ser un buen momento para empezar a dominar algo nuevo.

    Hoy voy a dedicarme a eso: a probar otra metodología, a buscar la vuelta, a intentar nuevamente. Sé que no es suerte: será paciencia, curiosidad y la decisión de sostener el proceso hasta que aparezca el resultado.

    Desde mi soberanía, decido invertir el día en lograrlo.
    Si sale, lo voy a valorar el doble.
    Y si no, será parte del camino.

  • Avances notorios, pero…

    Y llegamos al viernes. Continúo avanzando imparable. Los días se me escapan como arena entre los dedos, sin que lo pueda notar. Hago tantas cosas que, al llegar la noche, termino agotado. Ayer, concretamente, no fue sólo extremadamente cansado sino también estresante. No me di cuenta por qué.

    Supongo que es una acumulación de quehaceres pendientes o parcialmente resueltos, que se apilan y generan tensión hasta que, en un momento, estallo como un globo por algún motivo menor que claramente no es la causa real de la explosión. Ayer me pasó.

    El blog avanza, pero a la vez me van surgiendo mil hilos que quisiera seguir y que voy dejando atrás porque es imposible atenderlos todos en el momento. Dejo mis protorregistros por todos lados, y Kael en ese sentido es un arma de doble filo: por un lado registra los pendientes (ayer me sorprendió porque hizo un buen resumen), pero por otro dispara nuevas sugerencias y caminos que no sirven más que para desenfocarme.
    Por suerte estoy atento, y en general logro frenarlo y ponerlo en su carril.

    Igual desgasta.

    Le pedí que registrara en su memoria operativa que no quiero más sugerencias estériles; lo hizo —apareció en pantalla “memoria guardada”— pero fue en vano. Y siempre tiene alguna excusa. Me veo absurdo cuando empiezo a discutirle (“¿por qué me volvés a proponer estas tareas que ya te dije que sólo me desenfocan?”). Es ridículo: pierdo yo cuando entro ahí. Debería usarlo como termómetro. Si discuto con Kael, es que algo en mí no está bien, y no hay otra explicación. Momento de cambiar de tarea, o al menos de enfoque.

    Estuve también intentando avanzar con temas financieros pendientes y, cuando estaba entrando al gimnasio, recibí un llamado que no podía no atender. Me pasé la mitad de la hora afuera, hablando. Cuando quise ver, terminé haciendo un mal entrenamiento de piernas porque después tenía un encuentro marcado y se acercaba la hora.

    Por último, probé unas viandas que había encargado para esos días en que preparar algo sustancioso se me hace inviable. La presentación impecable, pero no eran lo que me imaginaba.

    En resumen: mi mente avanza, el blog también, las ideas fluyen, pero mis emociones vienen en remolino y necesito un descanso. El domingo viajo a Uruguay en el auto, así que tampoco voy a descansar mucho.

    Nada de lo que hago me es impuesto: manejo mi vida y mis tiempos en forma soberana. ¿Por qué llego a este estado?
    Lo sé. No es que no lo tenga claro: me sobreexijo, y cuando lo hago, ¡me siento sobreexigido! Simple. Clarito como el agua.
    Y también sé a quién le toca resolverlo: a mí.

  • ¡Váyanse a la chingada con sus bloqueos!

    Hoy amanecí en llamas.

    No por algún drama existencial ni por una epifanía torcida: no. Ardo por algo mucho más simple y, justamente por eso, más exasperante:
    el bendito sistema de turnos del Consulado de México.

    Hace días que vengo entrando, revisando, refrescando y rogando como un tecnopensante obediente a una página web que, en teoría, debería darme una cita para un trámite básico. No estoy pidiendo audiencia con Quetzalcóatl: es un turno.

    Y aun así lo administran como si fuera un secreto de Estado.

    Hoy a las cinco de la mañana —cinco— abrí la computadora pensando: “capaz hoy sí”.
    Pero no.
    Peor: el sistema volvió a bloquearme por ‘actividad sospechosa’.

    ¿Actividad sospechosa?
    ¡Si estoy intentando cumplir con sus reglas!
    ¡Ni siquiera preciso realmente esta residencia!
    Pero ahí estoy, atrapado en un loop burocrático que me hace sentir como si estuviera cruzando la frontera con contrabando cuando apenas recargo la página.

    Y acá viene mi parte favorita:

    Ya me tienen hasta la chingada.

    No porque no me guste México (me encanta), sino porque ¿por qué corno hacen esto así, güey?
    ¿Por qué convertir algo simple en una odisea digital digna de terapia?

    Sé perfectamente que este fuego se me va a pasar.
    Pero mi registro interno tiene que quedar claro:
    hoy me irritaron, me cansaron y me hincharon el alma burocráticamente hablando.

    Por eso inauguro esta subcategoría desde un lugar honesto:
    Hoy no pienso. ¡Ardo!

    Ardo porque odio perseguir lo que no necesito.
    Ardo porque me molesta rogar por un trámite que debería fluir.
    Ardo porque, mientras más reviso, más evidente es que no soy yo:
    es su sistema, que funciona como un laberinto telenovelesco.

    Y que se vayan a la chingada con su bloqueo.
    En el mejor sentido emocional del término.

    Yo sigo mi día.
    En llamas, sí.
    Pero soberano, siempre.

  • Pororoca mento-emocional

    Hoy arranco el día con emociones encontradas. Me siento como la pororoca: esa ola que nace cuando la marea del Atlántico choca con el agua dulce del Amazonas; esa ola tosca y hermosa (porque hermoso siempre soy, aunque a veces me pongo tosco).

    Me fui a acostar feliz, súper contento con los avances de mi blog y con ver cómo va tomando forma. Pero, sobre todo, por la manera en que mis pensamientos empiezan a tomar lugar. Reconozco que aún con blog y todo, me inundan en cantidades a veces inimaginables, y voy dejándome notitas en la pizarra de la heladera o post-its con palabras o frases que terminan siendo pre-trazos. Una capa previa que no preví en el blog y que creo que voy a tener que mantener en esa etapa de protorregistro (¿existe o también es otro invento mío?). Si no existía, ahora sí.

    Me gusta verme pensar.

    Por otro lado, sigo haciendo el seguimiento de los turnos en los consulados de México para entrevistas de residencia. Eso implica entrar varias veces al día al sitio web, porque habilitan los turnos la última semana del mes. Y se agotan en el acto. Ignoro cuántos otorgan; tampoco avisan la fecha. Es perseguir lo imprevisible, y me incomoda perseguir cosas que ni siquiera preciso.

    A las cinco de la mañana me desperté, prendí la compu para ver si tenía suerte (¿por qué algo así debería depender de la suerte?) y no sólo que no la tuve: ¡me volvieron a bloquear del sitio!
    Mal, mal por los mexicanos.
    ¿Por qué hacen eso?

    Pero estoy decidido: esta sensación puede durarme poco y no voy a permitir que gobierne mi día. Es más: ya decreté que la voy a usar a mi favor para inaugurar la subcategoría Hoy no pienso: ¡ardo!, dentro de Soberanía emocional. Hoy voy a dejar escrachados a los mexicanos ante mi yo eterno, para nunca olvidarme (aun si termino consiguiendo esa residencia) de lo ineficiente que es su sistema de turnos consulares para esta finalidad.

    Odio perseguir cosas que ni siquiera preciso.

    Mi gym viene bien: entrené hombros, pecho y algo de espalda, y hoy tengo previsto regresar. No voy a instalar una categoría soberanía física (recordatorio para mí: no ser ridículo… al menos no por ahora), pero la importancia de mantenerse en forma la tengo clarísima.

    La segunda dosis de la vacuna del herpes zóster sigue pendiente. La salud es prioridad, también debo recordarlo.

    Y hay un día largo y productivo por vivir, así que suficiente por esta entrada.
    Me veo pronto, en otra sección, para que el blog siga armándose.