Cerrando ciclos

Cerrando ciclos

Se termina casi el 2025 y me doy cuenta de que, con más o menos consciencia, vengo cerrando ciclos, uno atrás del otro.

Después de varios años que me resultaron muy difíciles, por fin estoy culminando pendientes arrastrados y tratando de resolver como puedo mis duelos.

En primer lugar, voy a terminar el año cerrando simbólicamente una etapa que fue, sin dudas, la más dolorosa que me ha tocado transitar. Nos vamos a reunir a “inaugurar” la lápida de mi hermano Eduardo. No es el cierre de mi duelo, ni el de nadie de la familia. Eso lo tengo claro. Pero es un símbolo fuerte: un cambio de frecuencia, de energía, luego de más de un año de su partida y de haberlo acompañado —cada uno desde su lugar y como pudo— a atravesar una enfermedad cruel, tal vez la más cruel que exista.

Luego de eso, vamos a “liberar” las cenizas de papá, que se fue un par de meses antes para esperarlo. Estamos seguros de que el viejo luchó lo suyo todo lo que pudo, para también acompañarlo, y que luego se fue abriendo camino para recibirlo, donde sea que hayan ido.

Por el lado de mamá, finalmente este año, luego de haber vivido con Marianela en EE.UU. durante los primeros meses —los más duros tras estas pérdidas—, decidió permanecer en Uruguay, en una residencia que por suerte es muy buena, la contiene y donde, dentro de lo posible, está contenta. En su país, con su idioma, con sus médicos.

Yo traía años de arrastrar cosas: historias laborales y personales que no terminaba de procesar, mudanzas de casas, de países. Mi hermano me había ofrecido un depósito para dejar cosas materiales y documentos que no podía cargar conmigo, y que, energéticamente, eran un peso. Este año pude deshacerme de toda la documentación que ya había cumplido su ciclo legal. Fui quemando cajas, una a una, durante dos días completos, hasta que desaparecieron. También me deshice de cosas materiales de mis antiguas casas que se habían estropeado o que ya no tenían lugar en mi vida. Me traje conmigo a Buenos Aires las pocas que seguían siendo significativas: mayormente libros y discos. Liberé también a mi cuñada de tener que mantener espacio en su chacra dedicado a mis cosas y a mi energía estancada.

Inicié los trámites para mi jubilación formal y ya está todo encaminado.

Estoy poniendo fin a una relación que me brindó cosas importantes este año, que ayudó a sostenerme durante estos procesos, pero cuyo cometido en mi vida parece haber sido ese. No logramos evolucionarla hacia algo con mayor proyección real y no tengo energía para forzar lo que no se da espontáneamente.

Mi ciclo en Buenos Aires también está, de algún modo, cumplido. Ya no siento la necesidad de mantenerme la mayor parte del tiempo cerca de Montevideo, aunque mamá permanezca allí. No es que me vaya definitivamente de Buenos Aires, al menos no ahora, pero voy a salir a buscar otros rumbos y a darme el gusto de vivir gran parte del tiempo en Europa.

Había querido hacerlo años atrás. Intenté obtener la ciudadanía belga sin éxito: aunque mi madre tenía derecho, la ley la transmitía solo por vía masculina y el derecho se cortaba en ella. Hoy miro Bélgica, veo sus leyes y su realidad actual, y no puedo evitar pensar en lo ridículo del sistema: yo, con apellido flamenco, no pude ser belga; hoy el país está lleno de gente que nada tiene que ver con él. Los belgas así lo quisieron.

Finalmente obtuve ciudadanía europea años después, pero hasta ahora. nunca fue el momento para vivir allí. Hoy siento que sí. Y si no es ahora, no es nunca. Así que este año, al menos, lo voy a intentar. Y también voy a tener más cerca a mi otro hermano, Ralphie, y a mi queridísima prima Marisa.

Mi blog está a punto de completar todas sus categorías y subcategorías con algún contenido —sólo me falta publicar en “Expansión”—, otro ciclo que se completa y otro que se abre. Éste, puramente personal. Y eso es lo que importa.

Mis sobrinos —los hijos de mi hermana— ya están grandes. Me encantaría pasar más tiempo con ellos, pero también representan un ciclo que culmina. Ya no son niños. Seguirán siendo el amor más grande.

Mi sobrina mayor, ya una mujer, en cambio representa el cierre de un ciclo de distanciamiento. Con ella prácticamente no compartí sus primeros años, su madre no estaba con mi hermano y el contacto que tuve fue muy escaso. Algo que en su momento, yo no supe resolver. De algún modo nos descubrimos acompañando los últimos momentos de él. Dentro de todo el dolor, fue una luz encontrarla.

Hoy vivo todo esto con mucha carga, pero es una carga que estoy dejando donde debe quedarse. Ya puedo ver cómo empieza a generarse una energía nueva, más liviana, más clara.

Honro todo lo vivido.
Y estoy listo para lo que me resta vivir.