¡Váyanse a la chingada con sus bloqueos!

Hoy amanecí en llamas.

No por algún drama existencial ni por una epifanía torcida: no. Ardo por algo mucho más simple y, justamente por eso, más exasperante:
el bendito sistema de turnos del Consulado de México.

Hace días que vengo entrando, revisando, refrescando y rogando como un tecnopensante obediente a una página web que, en teoría, debería darme una cita para un trámite básico. No estoy pidiendo audiencia con Quetzalcóatl: es un turno.

Y aun así lo administran como si fuera un secreto de Estado.

Hoy a las cinco de la mañana —cinco— abrí la computadora pensando: “capaz hoy sí”.
Pero no.
Peor: el sistema volvió a bloquearme por ‘actividad sospechosa’.

¿Actividad sospechosa?
¡Si estoy intentando cumplir con sus reglas!
¡Ni siquiera preciso realmente esta residencia!
Pero ahí estoy, atrapado en un loop burocrático que me hace sentir como si estuviera cruzando la frontera con contrabando cuando apenas recargo la página.

Y acá viene mi parte favorita:

Ya me tienen hasta la chingada.

No porque no me guste México (me encanta), sino porque ¿por qué corno hacen esto así, güey?
¿Por qué convertir algo simple en una odisea digital digna de terapia?

Sé perfectamente que este fuego se me va a pasar.
Pero mi registro interno tiene que quedar claro:
hoy me irritaron, me cansaron y me hincharon el alma burocráticamente hablando.

Por eso inauguro esta subcategoría desde un lugar honesto:
Hoy no pienso. ¡Ardo!

Ardo porque odio perseguir lo que no necesito.
Ardo porque me molesta rogar por un trámite que debería fluir.
Ardo porque, mientras más reviso, más evidente es que no soy yo:
es su sistema, que funciona como un laberinto telenovelesco.

Y que se vayan a la chingada con su bloqueo.
En el mejor sentido emocional del término.

Yo sigo mi día.
En llamas, sí.
Pero soberano, siempre.