A veces me agarra esta manía de observarme, y desde allí surgió este blog. Como si yo y la forma en que pienso fuese un experimento (que solo me interesa a mí).
Lo gracioso es que, cuando lo hago, no aparece ninguna iluminación trascendental. Aparece algo mucho más simple y más interesante: yo mismo, viéndome a mí.
Y ahí empieza la novela.
Porque lo primero que noto es que me entiendo y me gusto más de lo que creía. Y lo segundo, que me jode admitirlo.
Hay algo en reconocerme que resulta incómodo… y a la vez inevitable. Como si hubiera una creencia que se interpone entre mí y yo:
“Dale, decilo… sabés perfectamente quién sos. ¿Por qué te lo escondés?”
Y ahí aparece esa ironía interna, ese tono mío que me acompaña siempre: esa vocecita que me dice que es ridículo que me sorprenda de mí mismo. Como si no me conociera desde siempre. Como si necesitara hacer un trámite para validar que sí, que soy yo y que está bien que me guste.
Me gusta mi forma de pensar cuando no me apuro, cuando no me presiono, cuando no intento ser nada para nadie.
Y ahí surge la incomodidad más fina: ¿Se supone que debo disimular que me gusto? ¿En qué momento aprendí que era sospechoso sentir afinidad por mis propios pensamientos? Lindos o feos, buenos o malos, acertados o equivocados, son míos y me gustan. Y los cuestiono, siempre los cuestiono. Pero los acepto. ¿Hay un reglamento social que prohíbe eso? Yo no lo firmé. Ni quiero hacerlo. ¿De dónde saqué esa estupidez?
A veces me releo y siento una mezcla rara: mitad fascinación honesta, mitad sospecha de estarme mirando con demasiado cariño.
¿Narcisismo? ¿Un exceso de intimidad conmigo? ¿Ego?
Puede ser. ¿Y? No veo el problema. Si uno no se banca a sí mismo, ¿quién carajo lo va a hacer?
Hay días en los que me descubro pensando con una claridad inesperada, y otros en los que soy un laberinto ambulante.
Pero incluso cuando soy un caos, me resulta interesante.
Casi como si mi mente fuera un animal que observo sin intentar domesticarlo, o sí, a veces.
Introspección, para mí, es eso: meterme en mis propios pasillos sin mapa, sin teorías, con la certeza de que voy a encontrar algo —bueno, malo, incómodo o brillante— pero mío. Y hacerlo lúcido, despierto, no en estado de meditación, donde aparecen también otras cosas que también soy yo.
Y eso me alcanza.
En el fondo, cada vez que me observo un poco más, siempre termino llegando a la misma conclusión: soy un enigma que me cae bien. A veces demasiado bien.
Y tal vez ese sea un gran acto de soberanía.