El yo que escribe y el yo que me observa: método de soberanía mental

Cuando escribo, no escribo solo.
Parece exagerado —¿exagerado yo?— pero describe con exactitud lo que realmente sucede en mi cabeza.

Porque mientras escribo, hay otro yo que me acompaña:
el yo que observa, que evalúa, que me desarma y me arma al mismo tiempo.
Es un testigo lúcido. No censura. No juzga.
Pero tiene criterios dinámicos. Los sopesa y los adapta.
Un yo que me mira pensar mientras pienso.

Y ahí, en esa escena interna que antes no miraba con tanta claridad, descubro una práctica inesperada: mi soberanía mental.

El yo que escribe es más libre, más impulsivo, más caótico.
El yo que me observa es más analítico, más irónico, más preciso.
Uno avanza; el otro ilumina.
Uno se entusiasma; el otro frena, pregunta, señala.

No escribo pensando en un lector externo. Ni en un “público potencial”.
Escribo para alguien mucho más íntimo y exigente -y sobre todo, alguien que me demanda honestidad-:
mi yo futuro, el que me va a releer para entender en qué andaba, cómo razonaba, qué corrientes internas me arrastraban o me
empujaban.

Ese lector soy yo, pero no el mismo que escribe.
Sí y no.
Pero nunca un “ni”.
Hay una distancia justa: lo bastante cercana para comprenderme, lo bastante lejana para leerme con claridad.


Por eso escribo atento:
dejo pistas, advierto trampas, marco sombras, registro el hilo.
Me escribo para poder leerme.

Y al mismo tiempo me observo.
Y al observarme ajustar una frase, cortar un exceso, eliminar una torpeza, estoy entrenando mi mente a ver cómo funciona.
Estoy ejercitando mi libertad sobre mí mismo.

Porque escribir así —con consciencia de estar produciendo pensamiento y observándolo en vivo— es un acto soberano:
una forma de gobernar mi atención, de dirigir mis derivaciones,
de acompañar mis propias contradicciones sin perderme en ellas.

Ese doble yo —el que escribe y el que me observa— no me encorseta.
Me ordena sin someterme.
Me organiza sin quitarme libertad.
Me limita sólo cuando mis excesos me tapan y me libera cuando mis límites me sofocan.

Escribir es mi método.
Observarme escribir es mi espejo.
Y sostener esa doble consciencia es mi soberanía mental en acción.