La palabra “soberanía” carga una historia construida siempre hacia afuera: territorios, estructuras, jerarquías, figuras que ejercen autoridad sobre otros. En mi caso —en este proyecto y en mi modo de pensar— el término gira en sentido inverso. Se vuelca hacia adentro. Se vuelve íntimo.
Mi soberanía recae sobre mí mismo.
Esa frase define un modo de existir. Habla de dirección propia, de agencia interna, de ocupar mi lugar interior con plenitud. La soberanía personal, lejos de toda idea de mando, se convierte en un eje vital: la capacidad de conducirme, elegirme, orientarme y sostener mi curso.
Vivir como mi propio soberano significa reconocer en mí el origen de mis criterios, de mis elecciones y de mi libertad. Cada día afianzo esa posición cuando sostengo mis decisiones, examino mis contradicciones, reajusto mis rumbos, reparo mis excesos y asumo las consecuencias de mis actos. Es un trabajo cotidiano y es, a la vez, una manera de mantenerme lúcido.
La soberanía personal es una tarea en movimiento. Es un ejercicio constante. Representa la forma más directa y más exigente de libertad, porque se dirige siempre hacia un único destinatario: yo mismo. También establece un contorno claro: mi soberanía alcanza exactamente la frontera interna que estoy dispuesto a habitar.
Desde ese centro se desprende todo lo demás:
mis hábitos, mis vínculos, mis desplazamientos, mis búsquedas, mis rutas, mis ensayos, mis decisiones financieras, mis corrimientos emocionales, mis decantaciones, mis impulsos, mis ajustes y mis expansiones. Cada aspecto de mi vida encuentra coherencia cuando ese yo dispuesto aparece para sostener la dirección.
Cuando mi soberanía recae sobre mí mismo, mi mirada se afirma hacia adelante. Me sitúo en mi eje. Me reconozco como origen de mis movimientos internos y externos. Y desde ese reconocimiento establezco mi modo de estar en el mundo.
Ese es el punto de partida real de todo lo que escribo.
Y el principio rector de todo lo que estoy construyendo.