Etiqueta: elecciones personales

  • La semanada que papá me daba

    A muy temprana edad, papá decidió empezar a darme una semanada.

    Yo pedía cosas como cualquier niño. A veces él decía que sí y me las compraba, y otras me decía que no. Hasta que un día, creo que luego de mi insistencia en el “dale papá, comprame” y el “¿por qué no puedo?”, tuvo la brillante idea de comenzar a darme una semanada. Y desde ese momento, ya no debía pedirle más nada. Claro que esa regla nunca se cumplió en cosas “importantes”, pero sí en cuanto a álbumes de figuritas, sobrecitos de figuritas, bolitas, caramelos, helados de la calle, barquillos que pregonaba el barquillero, o bombitas de agua en carnaval.

    Nunca me lo planteó como un premio por portarme bien. Pero había una contracara: alguna vez recibía amenazas de perder la semanada si me ponía insoportable. En definitiva no funcionaba como recompensa ni como algo que tuviese que ganar, si bien arriesgaba perderlo en situaciones extremas.

    Era parte de ser hijo. Un derecho silencioso, casi natural. Y con esa semanada yo podía comprar lo que quisiera: era amo y señor de mi dinero.

    Al principio era una semanada modesta. Pero no era ingenua.

    Papá fue lo suficientemente astuto como para que nunca fuera tan chica y se agotara inevitablemente el primer día. Podía acabarse, claro. Si yo elegía gastar todo de una vez, se acababa. Pero no estaba diseñada para fallar. Estaba diseñada para mostrar algo.

    La lección no venía explicada. No había discurso. No había moraleja. Había experiencia que yo iba a adquirir. Y a lo sumo alguna frase suelta de orientación o de advertencia. Pero no imposiciones.

    Si yo empezaba a desarrollar un criterio, la semanada alcanzaba hasta la semana siguiente. Si no, no. Y nadie venía a rescatarme.

    Con el tiempo fue creciendo. En la preadolescencia ya me alcanzaba para cosas más interesantes: algún libro, algún disco, una salida, pequeños placeres que requerían un poco más de espera, de decisión y de renuncia.

    Y ahí, sin saberlo, comencé a ejercer una forma temprana de soberanía financiera, acorde a mi edad, y a desarrollar estrategias para alcanzar mis objetivos que a medida que crecía, fueron más ambiciosos.

    Era un dinero asignado por la sencilla razón de ser hijo y niño. Esto me daba un campo de juego. Y lo que claramente estaba en juego era mi relación con la energía.

    Porque cada elección implicaba un costo. No moral. Energético. Si gastaba todo hoy, mañana no había nada. Si esperaba, aparecían otras posibilidades. Si elegía una cosa, quedaban afuera otras.

    Nadie me decía qué hacer. Nadie me decía qué era lo correcto. Nadie me imponía nada para protegerme de mis propias decisiones. A lo sumo un: “mirá que hasta el sábado no recibís más”. Recuerdo perfecto que el sábado era el día de mi semanada.

    Y eso fue clave.

    Ahí entendí —mucho antes de poder ponerlo en palabras— que la soberanía financiera no tiene que ver con cuánto dinero se tiene, sino con cómo se administra la energía que ese dinero representa.

    La semanada era pequeña, pero el campo de decisión era real.

    Podía elegir placer inmediato. Podía elegir ahorro y espera. Podía elegir equivocarme. Podía elegir aprender.

    No era libre de las consecuencias. Era libre de elegirlas. Era un soberanito.

    Con los años entendí que esa fue una de las primeras experiencias donde sentí algo muy concreto: mi vida no estaba completamente administrada por otros. Había un margen. Un espacio. Un territorio mínimo donde mis decisiones tenían peso real.

    Hoy veo esa semanada como una forma temprana y muy fina de introducirme en la soberanía financiera sin hablar de dinero, sin hablar de trabajo, sin hablar de sacrificio. Recién cuando cumplí quince años me propusieron trabajar con mi abuelo. Y ahí ya tenía responsabilidades a cumplir, un horario y un salario.

    Mi semanada fue, en el fondo, una pedagogía de la elección.

    No me enseñó a ahorrar en forma directa, pero me lo mostró como camino.
    No me enseñó a “ser responsable” pero me facilitó el descubrir la forma de serlo.

    Lo que me enseñó en forma más obvia, fue algo más básico y más profundo: que administrar recursos es administrar energía, y que elegir cómo hacerlo es un acto soberano, incluso cuando los recursos son pocos.

    Esa lógica me acompañó siempre.

    Y quizás por eso, cuando más adelante tomé decisiones grandes —profesionales, vitales, económicas—, nunca pude pensar el dinero separado de la libertad de elegir, ni la escasez separada de la dignidad de decidir.

    Todo empezó ahí.
    Con una semanada.
    Y con alguien que confió en que yo podía aprender solo.
    Gracias, papá y mamá.

  • Comprar en juegos

    Durante muchos años fui incapaz de comprar una prenda sola.

    No compraba una camisa sin saber con qué pantalón iba a usarla. Ni un pantalón sin tener claro qué zapatos, qué medias, qué cinturón.
    Y sí: también qué pañuelo.

    Elegir una pieza aislada me producía una incomodidad difícil de explicar. Como si esa prenda, por sí sola, no tuviera sentido. Como si no pudiera existir sin un sistema alrededor que la sostuviera.

    Compraba “juegos”.

    Todo junto. Pensado de antemano. Cerrado. Coherente. No porque alguien fuera a verlo, sino porque yo necesitaba que cerrara.

    Había algo profundamente interno en ese gesto. No tenía que ver con exhibición ni con llamar la atención. Al contrario: era una forma de calmar una tensión. La de sentir que algo estaba fuera de lugar, incompleto, desalineado.

    En la Facultad de Medicina eso llamaba la atención. Mis compañeras se divertían apostando de qué color serían mis medias. A veces iban más lejos y bromeaban con los calzoncillos, convencidas —y con razón— de que también estaban pensados como parte del conjunto.

    A mí me causaba gracia. Pero no era coquetería. Era otra cosa. Algo que yo sentía como muy mío y que no podía transgredir.

    Había además otra regla silenciosa que durante años no pude romper: no me gustaba mezclar ropa claramente nueva, a estrenar, con ropa ya usada.

    Una prenda nueva tenía una presencia demasiado marcada. Desentonaba. No terminaba de integrarse. Irrumpía.

    Por eso necesitaba comprar todo junto. Para que todo envejeciera a la par.

    Una vez que las cosas ya habían sido estrenadas, usadas, incorporadas al cuerpo, la mezcla se volvía posible. Lo nuevo podía convivir con lo viejo. Antes no.

    No sabía si era una cuestión estética, simbólica o simplemente una necesidad de coherencia interna. Pero lo nuevo, aislado, me resultaba invasivo. Necesitaba que entrara en bloque o que esperara su turno.

    Con el tiempo eso fue cambiando. No de golpe, sino como cambian casi todas las cosas importantes: cuando una versión de uno empieza a quedar chica.

    Aprendí a mezclar. A tolerar la asimetría. A permitir que algo nuevo conviviera con algo gastado sin sentir que todo se desarmaba.

    Pero ese criterio inicial no desapareció del todo.
    Solo se volvió más sutil.

    Hoy sé que no estaba eligiendo ropa. Estaba eligiendo cómo integrar. Porque elegir, para mí, nunca fue seleccionar objetos.
    Fue siempre una forma de ordenar energía.

    Elegir qué entra y cómo entra. Elegir qué necesita contexto y qué puede sostenerse solo. Elegir qué envejece conmigo y qué queda siempre afuera.

    El lujo, por ejemplo, nunca fue para mí, algo que necesitara ser visto. El lujo, cuando lo sentí como tal, fue siempre gozo íntimo. Y no precisaba ser caro. Saber que mis calzoncillos combinaban con mis medias y con mi pañuelo ya me producía esa sensación.

    El lujo —incluso el caro— puede mostrarse o no.
    Pero nunca precisa ser visto.

    Cuando precisa ser visto, deja de ser lujo. Se convierte en demostración. Y la demostración, casi siempre, habla de otra cosa.

    Por eso nunca me interesó vestir marcas como cartel. Nunca me sentí cómodo siendo soporte publicitario de símbolos ajenos.
    Nunca me gustó decir con el cuerpo algo que no estaba eligiendo decir.

    Con los años entendí que mis criterios de elección no buscan perfección ni coherencia externa. Buscan alineación. No se trata de que todo combine. Se trata de que todo tenga sentido para mí.

    Lo que elijo no debe exigirme justificación. Ni obligarme a representar algo que no soy. Necesito que no me empuje a sostener una imagen que no me pertenece.

    Elegir, para mí, es un acto silencioso. Casi invisible. Pero profundamente activo.

    Es decidir cómo administro mi presencia. Cómo administro mi energía. Cómo administro lo que dejo entrar y lo que dejo afuera.

    Y aunque hoy pueda mezclar más, tolerar más, flexibilizar más, sigo teniendo un radar muy fino para detectar cuando algo no entra en juego, cuando algo no envejece conmigo, cuando algo irrumpe sin permiso.

    Ahí aparece la incomodidad. Y esa incomodidad no es un problema. Es información.

    Mis criterios de elección no son reglas. Son huellas de cómo aprendí a convivir con mis cosas, sobre todo con las que llevo junto al cuerpo.

    Y aunque cambien, aunque se ajusten, aunque se contradigan, siguen cumpliendo la misma función: ayudarme a no decir con el cuerpo algo que no quiero decir con la vida.

    Años más tarde, supe —sin saber— que todo esto que sentía tan mío y tan íntimo no era completamente original. Venía de mi madre. Y de ese modo seguía siendo íntimo, pero ya no exclusivo.

    Y así logré, finalmente, transgredir esas reglas.
    Y combinar marrón con azul en un mismo atuendo.

  • Cuando el símbolo habla por uno

    Hace poco me regalaron una camiseta del Real Madrid.
    Me la regaló Andy, sabiendo perfectamente que es mi equipo europeo favorito.

    Me encanta la camiseta. Me queda linda; lo veo y también me lo dicen.

    Soy todo canoso, el pelo ya completamente blanco, y lejos de competir con el blanco de la camiseta, siento que se complementan. Me gusta cómo me queda y la he usado para ir al gimnasio.

    Pero junto con ese disfrute aparece una incomodidad muy precisa.

    No tiene que ver con el Real Madrid. O sí, pero sólo en parte. El Real Madrid es indiscutiblemente mi equipo en España.

    Me hice del Real de una forma bastante concreta: viendo una final del Campeonato Europeo en un bar de Madrid junto a Javier, y después yendo a festejar a Cibeles. Era la época en que cantábamos, con desconocidos que se abrazaban como amigos de toda la vida:

    “¿Cómo no te voy a querer, cómo no te voy a querer,
    si fuiste campeón de Europa por décima vez?”

    Al usar la camiseta yo quería decir Real Madrid: fútbol, afición, historia multicampeona de Europa. Y eso sigue estando ahí.

    La incomodidad aparece por otra capa.

    La camiseta dice Emirates, grande, en el pecho. Define la primera lectura.

    Para que esa camiseta transmita Real Madrid —y sobre todo fuera de España— hace falta conocimiento, historia compartida, contexto. Mi madre, por ejemplo, no lo ve así. Para ella es una camiseta blanca que dice Emirates, grande en el pecho. No ve que signifique nada más.

    Emirates se impone sin mediación. No requiere saber nada. Funciona por presencia, por repetición, por escala.

    Y no es sólo una marca.

    Emirates no es únicamente una aerolínea.
    Es un símbolo cultural, económico y geopolítico muy concreto. Representa una forma de expansión, de ocupación del espacio simbólico global, que hoy atraviesa el fútbol, el deporte de elite y gran parte de la cultura popular europea.

    Viajé a los Emiratos Árabes Unidos. Estuve allí. Lo disfruté. Me pareció un lugar impactante y fascinante. Eso no está en discusión. Me vestí de árabe y me saqué fotos. No tengo prejuicios en ese sentido.

    Lo que sí está en juego es qué mensaje quiero llevar en el pecho cuando me visto. Y la soberanía de elegirlo yo.

    Porque cuando uso esa camiseta, no solo acompaño a un equipo. También me convierto —de manera involuntaria— en soporte visible de una narrativa cultural y política que no es la que quiero representar.

    Y ahí aparece la tensión.

    Yo busco decir Real Madrid.
    Historia. Fútbol. Identidad. Europa.
    Lo que termina diciendo la camiseta, en primer plano, es otra cosa.

    Y eso se conecta con algo más profundo.

    Los clubes cobran cifras enormes a los sponsors para estampar sus logos en camisetas que luego venden a sus propios hinchas. Es decir: convierten a quienes los aman y los siguen, en propaganda ambulante de otros mensajes.

    Desde ese lugar, no dejo de sentir que hay una forma de traición simbólica: el equipo al que apoyo me vende como superficie publicitaria de intereses que no son los míos.

    Ya me había pasado antes.

    Hace un tiempo me probé una camiseta de Boca que me encantaba. Me quedaba perfecta. Decidí no comprarla. Decía Betsson, algo que va en otro sentido diferente al de Emirates, que tampoco me respresenta. Y lo rechacé.

    Yo quería Boca. Quería que eso fuera lo que se transmitiera.

    También vi algo análogo durante años con el Barcelona y Qatar.
    Camisetas donde Qatar ocupaba más espacio simbólico que el club mismo. Las personas se vestían por Messi, por el Barça, sin preguntarse qué más estaban exhibiendo. Me hacía ruido.

    Ahora esa reflexión me alcanza a mí.

    Uso la camiseta, sí. Probablemente la siga usando en el gimnasio. No la hubiese comprado (de hecho no lo hice), sin embargo es un regalo que no quiero rechazar.

    Pero no dejo de registrar lo que ocurre.

    El consumo simbólico no es neutro.
    Lo que vestimos comunica, incluso cuando no lo pensamos.
    Y cuando empiezo a notar que lo que muestro no coincide con lo que quiero decir, algo se activa.

    Quiero elegir conscientemente.
    Quiero que los símbolos que llevo tengan sentido para mí.
    Quiero apoyar a un equipo sin convertirme en cartel de otras cosas.
    Quiero no ser vendido a terceras partes por alguien a quien apoyo.
    Quiero que mi cuerpo no sea una valla publicitaria cultural involuntaria.

    Tal vez no exista una salida perfecta.
    Pero existe la conciencia.

    Y para mí, esa conciencia ya es una forma clara y activa de soberanía.

  • Lo que puedo, lo que quiero y lo que debo

    Terminó la temporada de ópera en el Colón. Estuvo estupenda y gracias al abono y a que por esas casualidades que tiene la vida, en cada fecha estuve en Buenos Aires, la disfruté completa.

    Pero la pude haber visto mejor. Pude disfrutarla más. No lo hice porque “no debía”.

    El día en que se pusieron a la venta los abonos, había excelentes ubicaciones en la platea. No las compré, compré tertulia lateral (no quedaba central).

    Sentí que no debía comprar plateas, que “estaba muy cara” aunque podía pagarla. La ópera es una gran pasión para mí. ¿Por qué no compré platea?

    Probablemente por la misma razón que para la próxima temporada intente conseguir tertulia al centro.

    ¿Qué me pasa?