Etiqueta: identidad

  • Comprar en juegos

    Durante muchos años fui incapaz de comprar una prenda sola.

    No compraba una camisa sin saber con qué pantalón iba a usarla. Ni un pantalón sin tener claro qué zapatos, qué medias, qué cinturón.
    Y sí: también qué pañuelo.

    Elegir una pieza aislada me producía una incomodidad difícil de explicar. Como si esa prenda, por sí sola, no tuviera sentido. Como si no pudiera existir sin un sistema alrededor que la sostuviera.

    Compraba “juegos”.

    Todo junto. Pensado de antemano. Cerrado. Coherente. No porque alguien fuera a verlo, sino porque yo necesitaba que cerrara.

    Había algo profundamente interno en ese gesto. No tenía que ver con exhibición ni con llamar la atención. Al contrario: era una forma de calmar una tensión. La de sentir que algo estaba fuera de lugar, incompleto, desalineado.

    En la Facultad de Medicina eso llamaba la atención. Mis compañeras se divertían apostando de qué color serían mis medias. A veces iban más lejos y bromeaban con los calzoncillos, convencidas —y con razón— de que también estaban pensados como parte del conjunto.

    A mí me causaba gracia. Pero no era coquetería. Era otra cosa. Algo que yo sentía como muy mío y que no podía transgredir.

    Había además otra regla silenciosa que durante años no pude romper: no me gustaba mezclar ropa claramente nueva, a estrenar, con ropa ya usada.

    Una prenda nueva tenía una presencia demasiado marcada. Desentonaba. No terminaba de integrarse. Irrumpía.

    Por eso necesitaba comprar todo junto. Para que todo envejeciera a la par.

    Una vez que las cosas ya habían sido estrenadas, usadas, incorporadas al cuerpo, la mezcla se volvía posible. Lo nuevo podía convivir con lo viejo. Antes no.

    No sabía si era una cuestión estética, simbólica o simplemente una necesidad de coherencia interna. Pero lo nuevo, aislado, me resultaba invasivo. Necesitaba que entrara en bloque o que esperara su turno.

    Con el tiempo eso fue cambiando. No de golpe, sino como cambian casi todas las cosas importantes: cuando una versión de uno empieza a quedar chica.

    Aprendí a mezclar. A tolerar la asimetría. A permitir que algo nuevo conviviera con algo gastado sin sentir que todo se desarmaba.

    Pero ese criterio inicial no desapareció del todo.
    Solo se volvió más sutil.

    Hoy sé que no estaba eligiendo ropa. Estaba eligiendo cómo integrar. Porque elegir, para mí, nunca fue seleccionar objetos.
    Fue siempre una forma de ordenar energía.

    Elegir qué entra y cómo entra. Elegir qué necesita contexto y qué puede sostenerse solo. Elegir qué envejece conmigo y qué queda siempre afuera.

    El lujo, por ejemplo, nunca fue para mí, algo que necesitara ser visto. El lujo, cuando lo sentí como tal, fue siempre gozo íntimo. Y no precisaba ser caro. Saber que mis calzoncillos combinaban con mis medias y con mi pañuelo ya me producía esa sensación.

    El lujo —incluso el caro— puede mostrarse o no.
    Pero nunca precisa ser visto.

    Cuando precisa ser visto, deja de ser lujo. Se convierte en demostración. Y la demostración, casi siempre, habla de otra cosa.

    Por eso nunca me interesó vestir marcas como cartel. Nunca me sentí cómodo siendo soporte publicitario de símbolos ajenos.
    Nunca me gustó decir con el cuerpo algo que no estaba eligiendo decir.

    Con los años entendí que mis criterios de elección no buscan perfección ni coherencia externa. Buscan alineación. No se trata de que todo combine. Se trata de que todo tenga sentido para mí.

    Lo que elijo no debe exigirme justificación. Ni obligarme a representar algo que no soy. Necesito que no me empuje a sostener una imagen que no me pertenece.

    Elegir, para mí, es un acto silencioso. Casi invisible. Pero profundamente activo.

    Es decidir cómo administro mi presencia. Cómo administro mi energía. Cómo administro lo que dejo entrar y lo que dejo afuera.

    Y aunque hoy pueda mezclar más, tolerar más, flexibilizar más, sigo teniendo un radar muy fino para detectar cuando algo no entra en juego, cuando algo no envejece conmigo, cuando algo irrumpe sin permiso.

    Ahí aparece la incomodidad. Y esa incomodidad no es un problema. Es información.

    Mis criterios de elección no son reglas. Son huellas de cómo aprendí a convivir con mis cosas, sobre todo con las que llevo junto al cuerpo.

    Y aunque cambien, aunque se ajusten, aunque se contradigan, siguen cumpliendo la misma función: ayudarme a no decir con el cuerpo algo que no quiero decir con la vida.

    Años más tarde, supe —sin saber— que todo esto que sentía tan mío y tan íntimo no era completamente original. Venía de mi madre. Y de ese modo seguía siendo íntimo, pero ya no exclusivo.

    Y así logré, finalmente, transgredir esas reglas.
    Y combinar marrón con azul en un mismo atuendo.

  • Cuando el símbolo habla por uno

    Hace poco me regalaron una camiseta del Real Madrid.
    Me la regaló Andy, sabiendo perfectamente que es mi equipo europeo favorito.

    Me encanta la camiseta. Me queda linda; lo veo y también me lo dicen.

    Soy todo canoso, el pelo ya completamente blanco, y lejos de competir con el blanco de la camiseta, siento que se complementan. Me gusta cómo me queda y la he usado para ir al gimnasio.

    Pero junto con ese disfrute aparece una incomodidad muy precisa.

    No tiene que ver con el Real Madrid. O sí, pero sólo en parte. El Real Madrid es indiscutiblemente mi equipo en España.

    Me hice del Real de una forma bastante concreta: viendo una final del Campeonato Europeo en un bar de Madrid junto a Javier, y después yendo a festejar a Cibeles. Era la época en que cantábamos, con desconocidos que se abrazaban como amigos de toda la vida:

    “¿Cómo no te voy a querer, cómo no te voy a querer,
    si fuiste campeón de Europa por décima vez?”

    Al usar la camiseta yo quería decir Real Madrid: fútbol, afición, historia multicampeona de Europa. Y eso sigue estando ahí.

    La incomodidad aparece por otra capa.

    La camiseta dice Emirates, grande, en el pecho. Define la primera lectura.

    Para que esa camiseta transmita Real Madrid —y sobre todo fuera de España— hace falta conocimiento, historia compartida, contexto. Mi madre, por ejemplo, no lo ve así. Para ella es una camiseta blanca que dice Emirates, grande en el pecho. No ve que signifique nada más.

    Emirates se impone sin mediación. No requiere saber nada. Funciona por presencia, por repetición, por escala.

    Y no es sólo una marca.

    Emirates no es únicamente una aerolínea.
    Es un símbolo cultural, económico y geopolítico muy concreto. Representa una forma de expansión, de ocupación del espacio simbólico global, que hoy atraviesa el fútbol, el deporte de elite y gran parte de la cultura popular europea.

    Viajé a los Emiratos Árabes Unidos. Estuve allí. Lo disfruté. Me pareció un lugar impactante y fascinante. Eso no está en discusión. Me vestí de árabe y me saqué fotos. No tengo prejuicios en ese sentido.

    Lo que sí está en juego es qué mensaje quiero llevar en el pecho cuando me visto. Y la soberanía de elegirlo yo.

    Porque cuando uso esa camiseta, no solo acompaño a un equipo. También me convierto —de manera involuntaria— en soporte visible de una narrativa cultural y política que no es la que quiero representar.

    Y ahí aparece la tensión.

    Yo busco decir Real Madrid.
    Historia. Fútbol. Identidad. Europa.
    Lo que termina diciendo la camiseta, en primer plano, es otra cosa.

    Y eso se conecta con algo más profundo.

    Los clubes cobran cifras enormes a los sponsors para estampar sus logos en camisetas que luego venden a sus propios hinchas. Es decir: convierten a quienes los aman y los siguen, en propaganda ambulante de otros mensajes.

    Desde ese lugar, no dejo de sentir que hay una forma de traición simbólica: el equipo al que apoyo me vende como superficie publicitaria de intereses que no son los míos.

    Ya me había pasado antes.

    Hace un tiempo me probé una camiseta de Boca que me encantaba. Me quedaba perfecta. Decidí no comprarla. Decía Betsson, algo que va en otro sentido diferente al de Emirates, que tampoco me respresenta. Y lo rechacé.

    Yo quería Boca. Quería que eso fuera lo que se transmitiera.

    También vi algo análogo durante años con el Barcelona y Qatar.
    Camisetas donde Qatar ocupaba más espacio simbólico que el club mismo. Las personas se vestían por Messi, por el Barça, sin preguntarse qué más estaban exhibiendo. Me hacía ruido.

    Ahora esa reflexión me alcanza a mí.

    Uso la camiseta, sí. Probablemente la siga usando en el gimnasio. No la hubiese comprado (de hecho no lo hice), sin embargo es un regalo que no quiero rechazar.

    Pero no dejo de registrar lo que ocurre.

    El consumo simbólico no es neutro.
    Lo que vestimos comunica, incluso cuando no lo pensamos.
    Y cuando empiezo a notar que lo que muestro no coincide con lo que quiero decir, algo se activa.

    Quiero elegir conscientemente.
    Quiero que los símbolos que llevo tengan sentido para mí.
    Quiero apoyar a un equipo sin convertirme en cartel de otras cosas.
    Quiero no ser vendido a terceras partes por alguien a quien apoyo.
    Quiero que mi cuerpo no sea una valla publicitaria cultural involuntaria.

    Tal vez no exista una salida perfecta.
    Pero existe la conciencia.

    Y para mí, esa conciencia ya es una forma clara y activa de soberanía.

  • Eso que pasa cuando me miro de cerca

    A veces me agarra esta manía de observarme, y desde allí surgió este blog. Como si yo y la forma en que pienso fuese un experimento (que solo me interesa a mí).

    Lo gracioso es que, cuando lo hago, no aparece ninguna iluminación trascendental. Aparece algo mucho más simple y más interesante: yo mismo, viéndome a mí.

    Y ahí empieza la novela.

    Porque lo primero que noto es que me entiendo y me gusto más de lo que creía. Y lo segundo, que me jode admitirlo.
    Hay algo en reconocerme que resulta incómodo… y a la vez inevitable. Como si hubiera una creencia que se interpone entre mí y yo:
    “Dale, decilo… sabés perfectamente quién sos. ¿Por qué te lo escondés?”

    Y ahí aparece esa ironía interna, ese tono mío que me acompaña siempre: esa vocecita que me dice que es ridículo que me sorprenda de mí mismo. Como si no me conociera desde siempre. Como si necesitara hacer un trámite para validar que sí, que soy yo y que está bien que me guste.

    Me gusta mi forma de pensar cuando no me apuro, cuando no me presiono, cuando no intento ser nada para nadie.
    Y ahí surge la incomodidad más fina: ¿Se supone que debo disimular que me gusto? ¿En qué momento aprendí que era sospechoso sentir afinidad por mis propios pensamientos? Lindos o feos, buenos o malos, acertados o equivocados, son míos y me gustan. Y los cuestiono, siempre los cuestiono. Pero los acepto. ¿Hay un reglamento social que prohíbe eso? Yo no lo firmé. Ni quiero hacerlo. ¿De dónde saqué esa estupidez?

    A veces me releo y siento una mezcla rara: mitad fascinación honesta, mitad sospecha de estarme mirando con demasiado cariño.
    ¿Narcisismo? ¿Un exceso de intimidad conmigo? ¿Ego?
    Puede ser. ¿Y? No veo el problema. Si uno no se banca a sí mismo, ¿quién carajo lo va a hacer?

    Hay días en los que me descubro pensando con una claridad inesperada, y otros en los que soy un laberinto ambulante.
    Pero incluso cuando soy un caos, me resulta interesante.
    Casi como si mi mente fuera un animal que observo sin intentar domesticarlo, o sí, a veces.

    Introspección, para mí, es eso: meterme en mis propios pasillos sin mapa, sin teorías, con la certeza de que voy a encontrar algo —bueno, malo, incómodo o brillante— pero mío. Y hacerlo lúcido, despierto, no en estado de meditación, donde aparecen también otras cosas que también soy yo.
    Y eso me alcanza.

    En el fondo, cada vez que me observo un poco más, siempre termino llegando a la misma conclusión: soy un enigma que me cae bien. A veces demasiado bien.

    Y tal vez ese sea un gran acto de soberanía.

  • ¿Qué es la soberanía ontológica?

    La palabra “soberano” tiene siglos de historia. Remite a reyes, territorios, fronteras y súbditos. Un soberano en la acepción clásica gobierna a otros, decide por ellos, se impone y hasta somete. Su poder depende de que exista alguien “por debajo”, alguien sobre quien ejercer esa soberanía.

    Pero cuando digo Yo, mi soberano, hablo de algo mucho más difícil: el poder que ejerzo sobre mí mismo. La capacidad que tengo de dirigir mi vida, de elegir mis caminos, de orientar mis decisiones y de habitar mi agencia interna sin prestársela al ruido, a las inercias, a las expectativas ajenas o a los automatismos que la cultura instala y que a veces parecen propios.

    Aparece así la soberanía ontológica: la que opera en el plano del ser, en el plano donde nace la dirección de todo lo demás.
    Yo gobierno mi eje interno y afirmo mi propia voluntad. Asumo la autoría de mi dirección.

    La soberanía ontológica es la autoridad interior que define desde dónde vivo, desde dónde decido, desde dónde actúo y desde dónde me pienso.
    Es el fundamento que permite ejercer todas las otras soberanías: mental, emocional, financiera, geográfica, etc.

    Soberanía ontológica es saber que soy yo el que me dirijo, el que elijo.
    Ser Yo, mi soberano es ejercer el poder sobre mí y sólo sobre mí.
    Es la condición que me permite dirigirme en mi propia dirección con la libertad de ser quien quiero ser.

  • Incómoda incomodidad

    Me releo y me gusto.
    Mucho.
    Demasiado, tal vez.

    Y ahí aparece esa incómoda incomodidad, esa duda idiota que no sé de dónde salió.:
    ¿tengo que esconderme de mí mismo ese brillo que percibo?

    ¿De dónde saqué que no está bien amarme al reconocerme?
    A la basura esa creencia limitante, que mía no es.


    Reconocerme también es soberanía.

  • De la Patria, la Nación y de las Soberanías

    De acuerdo al diccionario de la Real Academia Española, Patria y Nación, son sinónimos. Pero no. No y no. Yo no lo siento así.

    Incluso leyendo las definiciones palabra por palabra, siento que hay matices que impiden tratarlas como equivalentes, aunque en el uso cotidiano muchos las mezclen como si fuesen lo mismo.

    Así tenemos que:

    Patria:

    1. Tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos.
    2. Lugar, ciudad o país en que se ha nacido.

    Nación:

    1. Conjunto de los habitantes de un país regido por el mismo Gobierno.
    2. Territorio de una nación.
    3. Conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común.
    4. Nacimiento (acto de nacer).

    Cuando leo estas definiciones, siento claramente que la Patria está ligada al ser, al individuo, a sus sentimientos y afectos. Mientras que la Nación -aún cuando me incluya- está ligada al conjunto, a lo colectivo, a un territorio per se, a lo que existe más allá de mí.

    En la Patria hay una relación íntima: habla de tierra natal o adoptiva, y adoptar implica voluntad, elección, afecto por parte de un individuo, o un sentimiento de sentirse acogido por algo que acaba sintiendo como propio.

    En cambio, la Nación es un marco externo y se refiere a un colectivo que tiene un mismo Gobierno, un territorio, un origen común, un idioma, una tradición. Se refiere a un conjunto, a una estructura que aunque me pueda contener, se diferencia de mí. No nace de mí: pretende abarcarme.

    Ahí empieza el nudo.

    Patria y yo: un solo corazón

    Hay algo que para mí está cada vez más claro: la Patria no es una frontera en un mapa, sino un vínculo íntimo.
    No es una idea grandilocuente que se impone desde afuera.
    No es un territorio exterior que me reclama; es un territorio interior que nace conmigo y que crece conmigo, que yo moldeo y se moldea conmigo. Que vive en mí. Es un lugar que cohabitamos.

    La Patria, tal como yo la siento, nace en mí.

    Es más: mi Patria soy yo.

    Está hecha de:

    • mi historia,
    • mis afectos,
    • mis raíces elegidas o heredadas,
    • las tradiciones que decido seguir,
    • mis decisiones,
    • mis dolores y desencantos
    • mis lealtades internas.


    “Patria” puede nombrar una tierra, sí.

    Pero sobre todo nombra un vínculo vivo y dinámico entre esa tierra y mi ser.

    Si no hay vínculo, si no hay afecto, si no hay ese lazo íntimo que me dice “esto es mío y yo soy de acá”, lo que queda no es Patria: es sólo paisaje, coordenada o trámite.

    Por eso, para mí, la Patria se parece mucho más a un territorio interno que a una frontera en un mapa.

    Es el espacio desde donde decido, desde donde siento, desde donde elijo pertenecer.

    Nación: el marco que por contenerme, pretende definirme y orientarme

    La Nación no la siento como algo íntimo, sino como un marco colectivo: un relato compartido por un conjunto de personas que se reconocen en una historia, un idioma, ciertos símbolos y ciertas emociones comunes.

    Ese relato me contiene culturalmente y, justamente por contenerme, a veces pretende definirme: invitarme a participar de su identidad compartida, de sus valores mayoritarios, de sus expectativas, de su forma de entender la pertenencia.

    Pero esa pretensión no es una imposición; es una invitación simbólica a ser parte de un “nosotros” que existe antes que yo y más allá de mí.

    Y ahí aparece la verdad que me ordena:

    La Nación es el otro. Un otro con el que puedo asemejarme o no,
    con el que puedo compartir o no, con el que puedo negociar parte de mi soberanía identitaria o reservarla por completo para mí mismo.

    La Nación ofrece un espacio donde la soberanía emocional, simbólica o cultural, se comparte, se discute, se acuerda, se cede o se retira, según lo que yo elija desde mi propio territorio interior.

    Porque la Nación puede rodearme, pero no me origina. Puede invitarme, pero no me determina. Puede contenerme,
    pero no gobierna mi núcleo interno.

    Ese núcleo —mi Patria— nace en mí. La Nación, en cambio, es el otro con quien decido si quiero compartir algo, mucho o nada.

    El mito del nacimiento y la obligación eterna

    Hay una idea que suele venir pegada a todo esto: si naciste en un lugar, entonces le debés algo para siempre.

    Como si el simple hecho de haber llegado al mundo en un pedazo específico de tierra: te atara de por vida a sus leyes, a sus conflictos, a sus símbolos, a su Gobierno, a sus aciertos y a sus errores.

    Y sobre todo, a lo que quiere o decide “el otro”, a quien debo respeto pero no sumisión eterna.

    Como si el nacimiento fuese un contrato perpetuo con un lugar y sus gentes.

    Como si la coordenada geográfica del parto definiera para siempre la coordenada de la identidad y de la obediencia.

    Pero no. No es así. No para mí.

    Nacer en un país no convierte a ese país en mi dueño. Ni a mis coterráneos.

    No transforma automáticamente cada decisión futura en una obligación hacia esa Nación.

    No borra mi capacidad de elegir, de moverme, de redefinir mis pertenencias, o de soltar lo que ya no me sostiene.

    Puedo haber nacido en un territorio, pero mi Patria —la que de verdad cuenta— nace en mí. Y eso cambia todo.

    Quién usa a quién – y quién puede hacerlo

    A medida que pienso en esto, lo que se vuelve más nítido es el eje de la relación.

    Yo puedo relacionarme con una Nación como quien se relaciona con una comunidad y una estructura útil: puedo respetar sus usos y costumbres, tradiciones, leyes y el Gobierno que se da; aprovechar sus servicios, integrarme cuando me conviene, contribuir cuando siento que tiene sentido, incluso beneficiarme de su soberanía hacia afuera (por ejemplo, un pasaporte, una cierta protección jurídica u oportunidades concretas).

    Pero esa relación, en el fondo, es una opción que viene configurada por defecto, pero nunca una obligación impuesta.
    Nunca natural en el sentido de “inevitable”. Nunca irrevocable.
    La Nación, como identidad colectiva, puede constituirse soberana como Estado. Eso existe, es real y puede ser legítimo.

    El punto es que esa soberanía colectiva no tiene autoridad automática sobre mi territorio interno, ni sobre mi capacidad de decidir qué hago con mi vida.

    Yo puedo pertenecer a una Nación; la Nación no puede poseerme.
    Puedo usar sus herramientas, pero eso no significa que pueda usarme a mí como materia prima.

    La tensión aparece cuando la Nación —o quienes hablan en su nombre— olvidan esta distinción. Cuando empiezan a comportarse como si su soberanía estatal les diera derecho a abarcarlo todo: mi identidad, mis movimientos, mis decisiones vitales, mi cuerpo, mi tiempo, mis recursos, mis vínculos, mi libertad de irme.

    Como si la soberanía nacional fuese superior, por definición, a cualquier forma de soberanía personal. Como si mi único rol fuese acatar, sostener y obedecer.

    Ahí es donde algo en mí se rebela.

    Ahí es donde aparece, con fuerza, mi Patria soberana.

    Opciones, costos y beneficios

    Reconocer esta diferencia no es gratis.
    No es un pensamiento cómodo.

    Porque en el momento en que admito que:
    • puedo desvincularme de una Nación,
    • puedo migrar,
    • puedo cambiar de marco,
    • puedo no aceptar ciertas imposiciones,
    • puedo elegir otra pertenencia o una pertenencia parcial,

    también tengo que aceptar que eso tiene costos:
    • dejar cosas atrás,
    • enfrentar incertidumbres,
    • perder ciertas protecciones,
    • soltar comodidades,
    • asumir una soledad o una intemperie nueva.

    Pero también hay beneficios potenciales:
    • un espacio más amplio para ejercer mi propia soberanía,
    • una vida más alineada con lo que siento que soy,
    • menos fricción con estructuras que ya no me representan,
    • la posibilidad de habitar una Nación como una elección, no como una condena.

    No se trata de idealizar el movimiento ni de romantizar la ruptura.
    Se trata de reconocer algo básico: tengo opciones.

    El hecho de haber nacido en un territorio no las anula.

    El mito de la obligación eterna es eso: un mito.

    La soberanía nacional y el límite de mi Patria

    Entonces, ¿hasta dónde llega la soberanía nacional?

    Para mí, la respuesta es clara:
    la soberanía nacional llega hasta donde yo, desde mi Patria soberana, permito que llegue.

    Eso no significa desobedecer por sistema ni vivir en guerra con todo.
    Significa ordenar la jerarquía:
    • primero, mi soberanía personal,
    • luego, mi Patria interna,
    • después, las estructuras con las que decido vincularme (entre ellas, la Nación o las Naciones que elija y los Estados que estas constituyan).

    Yo puedo respetar a una Nación. Puedo agradecerle cosas. Puedo elegir sostenerla y nutrirla mientras haya un intercambio que sienta justo o razonable.

    Pero no estoy obligado a entregarle mi ser. No estoy obligado a dejar que su soberanía borre la mía. No estoy obligado a aceptar que, por haber nacido en su territorio, mi vida entera deba organizarse según su lógica.

    Mi Patria —esa que no es el otro, esa que no es un gobierno, esa que no es un colectivo abstracto— soy yo.
    Y desde ahí decido:
    • con qué Nación me vinculo,
    • hasta qué punto,
    • de qué manera,
    • bajo qué condiciones internas.

    La Nación puede constituirse soberana como Estado. Yo soy soberano en relación a mi Patria. Y ese territorio, el más pequeño y el más grande de todos, no está en venta, no se nacionaliza, no se expropia.

    Mi Patria es la forma más alta de mi rebeldía interior. Es soberanía pura: nace sólo de mí mismo y de mi historia, cuenta sólo mi propio relato y define mi marco político personal.

    Mi Patria se afirma por sí misma: vive en mí, respira en mí, decide conmigo y se traslada conmigo. Va donde yo voy.

    Por eso está por encima de todas las Naciones: porque ninguna Nación puede darme lo que ya es mío.

    Antes que cualquier bandera, yo soy mi propio territorio. Esté donde esté.

    Y en mi territorio -mío de mí- planto y desplanto todas las banderas que quiera.

    Y después elijo, desde mi centro, cómo, cuándo y hasta dónde permito que una Nación (o varias) me abarque o que un Estado me gobierne. O no.

    Esa elección -esa capacidad de decidir- es lo que me hace ser Yo, mi soberano.

  • La autoridad, yo y mi soberanía

    «Mi autoridad emana de vosotros
    y ella cesa ante vuestra presencia soberana.»

    Escuché mil veces esta frase de Artigas.
    Hasta que un día me atravesó distinto.
    Más personal.
    Más íntimo.

    Y me quedé pensando.

    Si mi autoridad no me la otorga nadie,
    si no emana de un “vosotros”,
    si no la ejerzo sobre otros…

    ¿de dónde nace
    y dónde termina?

    La ejerzo hacia adentro,
    sobre mí mismo.
    No hacia afuera.
    No sobre nadie.

    No necesito que cese ante nadie
    porque no depende de nadie.
    No se delega,
    no se pide prestada,
    no se valida afuera.

    Esa frase forjó la Nación donde nací.
    Pero lo que despertó en mí
    se hizo otra cosa:

    un tipo de autoridad
    que no se ejerce sobre otros
    sino sobre mi propio territorio interno.

    Y ahí es donde entiendo
    el punto exacto al que llegué:

    soy Yo, mi soberano.

  • ¿El Estado me ama…o quiere poseerme?

    A veces siento que el Estado es ese ex insistente
    que no acepta el final.

    Me manda señales, sellos, himnos, obligaciones.
    Yo respondo con silencio diplomático.

    No es odio.
    Es que confundió que yo nací en su seno
    con creer que podía ser mi dueño.

    Mi Patria, en cambio, no firma contratos.
    Sólo late.

  • La frontera más corta del mundo

    Siempre pensé que las fronteras eran líneas en un mapa.
    Hasta que entendí que la más corta del mundo
    va del pecho a la conciencia.

    La Nación puede rodearme,
    pero la Patria únicamente existe cuando la reconozco.

    No hay aduana para entrar en mí,
    sólo valentía para no salir corriendo.

  • Patria de Bolsillo

    Hoy descubrí que mi Patria no entra en un mapa,
    pero sí en un gesto mínimo.

    Ayer me cambié de país sin moverme del sillón.
    Apagué el noticiero, respiré hondo
    y recuperé territorio.

    Al final, la soberanía era eso:
    cerrar la frontera en mí mismo.