Quien muestra con urgencia compulsiva lo que tiene, tiene bien claro el valor que no posee.
Etiqueta: identidad cultural
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Cuando el símbolo habla por uno
Hace poco me regalaron una camiseta del Real Madrid.
Me la regaló Andy, sabiendo perfectamente que es mi equipo europeo favorito.Me encanta la camiseta. Me queda linda; lo veo y también me lo dicen.
Soy todo canoso, el pelo ya completamente blanco, y lejos de competir con el blanco de la camiseta, siento que se complementan. Me gusta cómo me queda y la he usado para ir al gimnasio.
Pero junto con ese disfrute aparece una incomodidad muy precisa.
No tiene que ver con el Real Madrid. O sí, pero sólo en parte. El Real Madrid es indiscutiblemente mi equipo en España.
Me hice del Real de una forma bastante concreta: viendo una final del Campeonato Europeo en un bar de Madrid junto a Javier, y después yendo a festejar a Cibeles. Era la época en que cantábamos, con desconocidos que se abrazaban como amigos de toda la vida:
“¿Cómo no te voy a querer, cómo no te voy a querer,
si fuiste campeón de Europa por décima vez?”Al usar la camiseta yo quería decir Real Madrid: fútbol, afición, historia multicampeona de Europa. Y eso sigue estando ahí.
La incomodidad aparece por otra capa.
La camiseta dice Emirates, grande, en el pecho. Define la primera lectura.
Para que esa camiseta transmita Real Madrid —y sobre todo fuera de España— hace falta conocimiento, historia compartida, contexto. Mi madre, por ejemplo, no lo ve así. Para ella es una camiseta blanca que dice Emirates, grande en el pecho. No ve que signifique nada más.
Emirates se impone sin mediación. No requiere saber nada. Funciona por presencia, por repetición, por escala.
Y no es sólo una marca.
Emirates no es únicamente una aerolínea.
Es un símbolo cultural, económico y geopolítico muy concreto. Representa una forma de expansión, de ocupación del espacio simbólico global, que hoy atraviesa el fútbol, el deporte de elite y gran parte de la cultura popular europea.Viajé a los Emiratos Árabes Unidos. Estuve allí. Lo disfruté. Me pareció un lugar impactante y fascinante. Eso no está en discusión. Me vestí de árabe y me saqué fotos. No tengo prejuicios en ese sentido.
Lo que sí está en juego es qué mensaje quiero llevar en el pecho cuando me visto. Y la soberanía de elegirlo yo.
Porque cuando uso esa camiseta, no solo acompaño a un equipo. También me convierto —de manera involuntaria— en soporte visible de una narrativa cultural y política que no es la que quiero representar.
Y ahí aparece la tensión.
Yo busco decir Real Madrid.
Historia. Fútbol. Identidad. Europa.
Lo que termina diciendo la camiseta, en primer plano, es otra cosa.Y eso se conecta con algo más profundo.
Los clubes cobran cifras enormes a los sponsors para estampar sus logos en camisetas que luego venden a sus propios hinchas. Es decir: convierten a quienes los aman y los siguen, en propaganda ambulante de otros mensajes.
Desde ese lugar, no dejo de sentir que hay una forma de traición simbólica: el equipo al que apoyo me vende como superficie publicitaria de intereses que no son los míos.
Ya me había pasado antes.
Hace un tiempo me probé una camiseta de Boca que me encantaba. Me quedaba perfecta. Decidí no comprarla. Decía Betsson, algo que va en otro sentido diferente al de Emirates, que tampoco me respresenta. Y lo rechacé.
Yo quería Boca. Quería que eso fuera lo que se transmitiera.
También vi algo análogo durante años con el Barcelona y Qatar.
Camisetas donde Qatar ocupaba más espacio simbólico que el club mismo. Las personas se vestían por Messi, por el Barça, sin preguntarse qué más estaban exhibiendo. Me hacía ruido.Ahora esa reflexión me alcanza a mí.
Uso la camiseta, sí. Probablemente la siga usando en el gimnasio. No la hubiese comprado (de hecho no lo hice), sin embargo es un regalo que no quiero rechazar.
Pero no dejo de registrar lo que ocurre.
El consumo simbólico no es neutro.
Lo que vestimos comunica, incluso cuando no lo pensamos.
Y cuando empiezo a notar que lo que muestro no coincide con lo que quiero decir, algo se activa.Quiero elegir conscientemente.
Quiero que los símbolos que llevo tengan sentido para mí.
Quiero apoyar a un equipo sin convertirme en cartel de otras cosas.
Quiero no ser vendido a terceras partes por alguien a quien apoyo.
Quiero que mi cuerpo no sea una valla publicitaria cultural involuntaria.Tal vez no exista una salida perfecta.
Pero existe la conciencia.Y para mí, esa conciencia ya es una forma clara y activa de soberanía.
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Idiomas: soberanía mental y libertad de movimiento
A veces pienso que toda mi historia con los idiomas empezó de la forma menos soberana que puede imaginarse, y terminó convirtiéndose en una de las bases más sólidas de mi soberanía mental y de mi libertad de movimiento. Pensar, comunicarme y moverme dejaron de ser cosas separadas.
Cuando era chico, mis padres me mandaron a estudiar inglés. Al inicio a un instituto del barrio, en clases colectivas, que me parecieron divertidas.
En esas clases recuerdo perfecto que, con apenas 6 años, me enfrenté por primera vez al hecho de que un idioma diferente implica no sólo nuevo vocabulario y estructuras, sino una lógica distinta en cosas simples como un plural. Me costó aceptar que el plural de child no fuese childs sino children, y ni siquiera childrens, que hubiese sido más fácil aceptar para mi cabeza. O que el plural de mouse fuera mice y no mouses. No bastaba con aprender nuevas palabras. De algún modo, todo era distinto.
Hice allí un año y terminé dando un examen en el Instituto Anglo Uruguayo que aprobé, sin estudiar más que lo que me quedaba de asistir a las clases.
Viendo esto, mi papá decidió que el inglés era cosa seria, y me mandó a estudiar con Gladys, en su casa. Una profesora particular de inglés, pero uruguaya.
Ahí la cosa se puso más exigente y también más aburrida. Recuerdo pasar horas estudiando listas de verbos tipo run – ran – run, become – became – become, y get – got – gotten (sí, era inglés tradicional y se usaba gotten).
Yo protestaba, ya no me gustaba y me obligaban literalmente (cero soberanía mía), al punto de que luego de un par de años, y ante mi rechazo, mi papá decidió que incluso en las vacaciones de verano, Gladys iba a venir a casa a darme clase absolutamente todos los días. Yo lloraba, y mis padres insistían en que algún día se los iba a agradecer. Hoy mi papá ya no está y no recuerdo habérselo agradecido directamente, pero ciertamente estoy muy agradecido.
Y llorando y sin querer, llegué a rendir el First Certificate in English (Cambridge), que aprobé (con C, lo mínimo indispensable), y luego el Proficiency in English de la Universidad de Michigan. El Proficiency de Cambridge también lo preparé y, ejerciendo mi primer acto de soberanía, decidí no rendirlo porque consideré que teniendo el de Michigan era suficiente. Y nunca lo precisé como “papel”.
Luego vino el francés, en el sexto y último año de la escuela primaria, cuando yo tenía 11 años. Rápidamente me convertí en el favorito de Mr. Arregui, porque el francés me encantaba y no tenía problemas en inventar lo que no sabía, ya que la lógica de esta lengua latina me hacía sentir más cómodo. En el secundario seguí avanzando con Mme. Dotta, a quien también conquisté rápidamente.
Resultaba increíble que, en el Uruguay de esa época, mientras los cursos de inglés del colegio eran siempre muy malos y prácticamente era imposible avanzar año a año, el francés en cambio era excelente y se progresaba con un poco de atención. Algunos años después de terminar el francés del secundario, ingresé en la Alianza Francesa, terminando el Certificat en un año gracias a la base adquirida en el colegio. Luego seguí con Lucía, una de las profes de la Alianza que armó un grupo en su casa, más descontracturado, logrando un nivel alto.
Siempre desde niño amé la ópera, por lo cual fui agarrando yo el italiano, de alguna forma, a partir de ella. Pero cuando hice mi primer viaje a Italia y me di cuenta de que todos, si bien me entendían, se reían mucho de mí al decir cosas del tipo “Egli s’avanza”, supe que precisaba un curso de italiano moderno. Durante un año estudié en el Istituto Italiano di Cultura di Montevideo y, luego de ese curso y de varios viajes a Italia (al menos dos al año por mi trabajo), terminé comunicándome sin problemas.
Hoy ya no hablo con la misma facilidad ninguno de los idiomas, si bien de alguna forma siempre tienen presencia en mi vida y me desenvuelvo correctamente con ellos.
El portugués, por otro lado, lo aprendí a partir de mi trabajo, simplemente estando en contacto frecuente con brasileños. Debía viajar a veces hasta dos veces en la misma semana a Brasil y, en algunas oportunidades, pasaba allí varios días y tenía amigos locales. El choque vino cuando llegué a Portugal: parecía otro idioma. Pero rápidamente logré adaptar el oído y comprender tanto el portugués europeo como el brasileño.
Estos cuatro idiomas, junto al español, son los cinco en los que hoy me puedo manejar con relativa facilidad.
Posteriormente, ya de muy grande, estudié un año de catalán. Me sirvió para entenderlo con facilidad, leerlo, ver programas y escuchar la radio, pero sin grandes oportunidades de practicarlo en el habla, me cuesta expresarme con soltura. Nada grave, y estoy seguro de que en un entorno favorable no me llevaría más de un par de semanas lograrlo.
Otro idioma que me atrapó fue el ruso. Luego de un viaje a Rusia, empecé a estudiarlo durante todo un año de forma seria. Después dejé, retomé un par de veces, pero no logré avanzar. Puedo leerlo, decir algunas cosas sueltas y reconocer palabras, pero no llego a un grado comunicacional básico. Me encantaría poder entenderlo y hablarlo. En algún momento pensé en pasar un año en San Petersburgo (ciudad que amé) aprendiendo, pero nunca lo concreté.
Ya en Buenos Aires comencé a estudiar alemán, por su importancia y porque en varios países termina siendo más útil que algunos de los idiomas que tengo. Llegué a un nivel A2 y podía mantener algunas conversaciones, pero al abandonarlo (nunca logré decir bien y sin pensar “una rodaja fina de pan negro”), es el idioma que más rápido se me pierde.
Por último, a través de YouTube y algunas apps, me acerqué al turco, que también me gusta mucho. Pero al no darle utilidad práctica por el momento, no sostengo el ritmo y, a mi edad, los avances se pierden rápido si no hay constancia.
Actualmente me estoy acercando al húngaro, que me resulta sumamente interesante y al que planeo darle utilidad muy pronto. Si voy a estar en esa región, también el rumano y el búlgaro me resultan atractivos.
En fin, los idiomas, como lo veo yo, ofrecen mundos y permiten ejercer soberanía y libertad, aunque se tengan en un nivel muy básico. No es lo mismo llegar a un lugar donde se habla una lengua extraña pudiendo entablar una mínima conversación funcional —pedir un café, un vaso de agua, preguntar dónde está el baño o la estación de tren— aunque se complemente con señas, que llegar sin ninguna herramienta.
Siento el impulso de poder moverme sin depender completamente de nadie. No quiero sentirme encerrado en una sola forma de pensar ni en una sola geografía mental.
Aprendí idiomas como quien abre ventanas porque necesita respirar.
Unos los aprendí por imitación, otros por interés, otros por pura supervivencia emocional. Y lo curioso es que con cada idioma nuevo no sólo aprendí palabras: aprendí versiones nuevas de mí. Mi mente necesita nuevos territorios.Hoy veo claro que los idiomas no integraron áreas de mi vida: las unificaron.
Los idiomas me muestran que siempre puedo seguir ampliándome, que no estoy terminado y que tampoco lo está el mundo. Y, sobre todo, que siempre puedo “upgradearme” y manifestar una nueva versión de mí en un nuevo lugar.
A mi edad, seguir aprendiendo un idioma difícil no es capricho: es una declaración. Me digo: todavía puedo entrar en territorios donde nunca estuve.
Hablo porque puedo.
Me muevo porque puedo.
Me comunico porque puedo.Soy libre en la medida en que mi mente lo es para aprender y para decidir invertir el tiempo soberanamente en algo tan maravilloso como aprender un nuevo mundo dentro de este mundo que creemos conocer, pero que siempre tiene más para sorprendernos.
Seguir aprendiendo idiomas es seguir siendo libre.
Aprender un idioma no es aprender un idioma.
Es recordar que todavía tengo movimiento.
Que todavía tengo elasticidad.
Que puedo seguir entrando y saliendo de mí mismo sin envejecer por dentro.Lo hago por soberanía mental.
Lo hago por soberanía geográfica.
Lo hago por libertad de movimiento.
Lo hago por libertad de comunicación.
Lo hago por no depender.
Lo hago porque puedo.Y porque aún quiero más geografías internas y externas que explorar.
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Argentinidad estructural
Hace más de diez años vivo gran parte de mi vida en Argentina.
Amo a la Argentina. La elegí.
Amo a los argentinos, con todos sus colores.
Pero hay que reconocerlo: son particulares.
Nadie como ellos. Y vivir acá da un panorama muy distinto al que uno tiene desde afuera. Se los ve mejor desde adentro.
Hay algo que los hace únicos y queribles,
aun cuando, a veces, parezcan insoportables.
Es la argentinidad al palo.
Hay que vivirla. Hay que sentirla.
A veces me pregunto por qué son así.
La pregunta es retórica, pero insiste.
Y un día, cantando el Himno Nacional —que aprendí de chico, porque mi abuela paterna me lo cantaba, ella sí argentina— empecé a entender algunas cosas.
El Himno es larguísimo, pero la versión que se canta no tanto.
Y con unos pocos versos alcanza para ver algo que no es coyuntural ni cultural: es estructural.
“Ved en trono a la noble igualdad.”
La igualdad, además noble, aparece entronizada.
Un oxímoron perfecto para un país donde todos son iguales…
pero algunos son más “iguales” y más “nobles” que otros.
Tanto que hasta pueden estar en un trono.
La jerarquía disfrazada de virtud.
La infantilidad perfecta de creerse igualitario mientras se corona la igualdad.
“Sean eternos los laureles que supimos conseguir.”
El mérito ya ocurrió.
La gloria ya fue conquistada.
Ya supimos conseguirla. Ya está.
Ahora debe ser eterna.
Una identidad anclada en un logro pasado,
convertido en derecho adquirido.
Una especie de narcisismo fundacional:
“Ya está hecho. Ahora nos toca disfrutar.”
La meritocracia no se niega:
se la da por sentada.
A veces la discusión pública parece girar en torno al mérito,
pero la verdadera discusión es otra:
¿hay que seguir esforzándose o el esfuerzo nos precede (otros ya se esforzaron por mí) y ya no corresponde insistir?
“Coronados de gloria vivamos,
o juremos con gloria morir.”
El país nace sin término medio.
Gloria o muerte.
Épica o tragedia.
El absoluto como norma.
La moderación no es una opción;
la humildad tampoco.
La argentinidad es un drama constitutivo.
Un dispositivo emocional donde todo es extremo.
Cuando junto estos versos aparece algo nítido:
Una identidad nacional que se concibe como
excepcional,
heroica,
victimaria,
entronizada,
meritocrática por anticipación,
y siempre lista para un sacrificio glorioso
que justifique cualquier exageración.
No es casualidad.
No es costumbre.
No es moda.
No es ideología.
Está escrito en el texto fundacional.
Es estructural.
Argentinidad estructural.