Etiqueta: identidad personal

  • Los Tres Monitos

    Este es, hoy, mi objeto más antiguo.

    No porque sea viejo en términos absolutos —que de alguna forma sí, ya tiene varias décadas— sino porque es el único que me acompaña desde la infancia y sigue acá. Delante de mis libros. No en un lugar destacado, no como adorno central: simplemente presente.

    No soy una persona de tener objetos.
    Mucho menos de tener adornos.

    Los pocos que fui teniendo no sobrevivieron los cambios de casa, de país, de vida. Algunos se perdieron, otros los dejé ir, otros directamente los descarté cuando sentí que ya no quería identificarme con ciertas etapas. Incluso hubo una biblioteca entera de mi infancia —con libros serios, historia, enciclopedias, curiosidades— que lamento haber perdido cuando crecer implicaba, para mí, borrar lo infantil. Lo mismo con mis discos de pasta de niño.

    Este objeto no.

    Son los tres monitos: ver, oír y callar.

    Me los regaló mamá cuando yo era niño, tendría siete u ocho años. Ocupaban mi escritorio primero, después algún estante de mi biblioteca. El mensaje era bastante claro. Yo pasaba mucho tiempo con adultos y, a su criterio, a veces hablaba de más. No era un reto. Era una señal. Una forma simbólica de marcar un límite, pero desde el amor.

    Durante mucho tiempo los leí así.
    Como una indicación.
    Como un recordatorio.

    Y hay algo más: de niño, cuando estaban “sanitos”, enteros, me parecían espantosos. Tenían una estética que yo asociaba con cosas de viejas. No me gustaban. Me incomodaban incluso desde lo visual.

    Hoy pasa lo contrario.

    Hoy, que están gastados, despintados, cascados, marcados por el tiempo —como yo—, me parecen hermosos. También como yo.

    Eso también me dice algo.

    Después vinieron otras etapas. Cambios. Mudanzas. Países. Versiones distintas de mí mismo. Y, sin embargo, los monitos siguieron viajando conmigo. Sin tener necesidad de cuidarlos especialmente, nunca sentí el impulso de dejarlos atrás.

    Hoy los miro distinto.

    Siguen diciendo “ver, oír y callar”, pero ya no como consigna externa. Hoy los leo como una forma de soberanía:
    la de elegir qué digo, cuándo lo digo y qué dejo pasar.

    Me recuerdan que administrar la palabra —y el silencio— también es una forma de madurez.

    Tal vez por eso sobrevivieron cuando otros objetos no.
    Tal vez porque no exigen nada, ni reclaman un sentido fijo.
    No piden ser reinterpretados todo el tiempo.

    Están ahí.

    No invaden espacio y no son verdaderamente decorativos.
    No representan una estética a la que aferrarse. O tal vez sí: la de la permanencia de algunas cosas.

    Son una continuidad silenciosa entre quien fui y quien soy.

    Y en un mundo donde casi todo se reemplaza, se actualiza o se descarta, eso —para mí— ya los vuelve profundamente significativos.

    A veces incluso pienso que, cuando me vaya, me los llevaré conmigo.

    Como un guiño al poder supremo. Un recordatorio silencioso —para quien tenga la potestad de ver y oírlo todo— de que también existe el arte de callar, de dejar pasar, de hacerse un poco el distraído.

  • Eso que pasa cuando me miro de cerca

    A veces me agarra esta manía de observarme, y desde allí surgió este blog. Como si yo y la forma en que pienso fuese un experimento (que solo me interesa a mí).

    Lo gracioso es que, cuando lo hago, no aparece ninguna iluminación trascendental. Aparece algo mucho más simple y más interesante: yo mismo, viéndome a mí.

    Y ahí empieza la novela.

    Porque lo primero que noto es que me entiendo y me gusto más de lo que creía. Y lo segundo, que me jode admitirlo.
    Hay algo en reconocerme que resulta incómodo… y a la vez inevitable. Como si hubiera una creencia que se interpone entre mí y yo:
    “Dale, decilo… sabés perfectamente quién sos. ¿Por qué te lo escondés?”

    Y ahí aparece esa ironía interna, ese tono mío que me acompaña siempre: esa vocecita que me dice que es ridículo que me sorprenda de mí mismo. Como si no me conociera desde siempre. Como si necesitara hacer un trámite para validar que sí, que soy yo y que está bien que me guste.

    Me gusta mi forma de pensar cuando no me apuro, cuando no me presiono, cuando no intento ser nada para nadie.
    Y ahí surge la incomodidad más fina: ¿Se supone que debo disimular que me gusto? ¿En qué momento aprendí que era sospechoso sentir afinidad por mis propios pensamientos? Lindos o feos, buenos o malos, acertados o equivocados, son míos y me gustan. Y los cuestiono, siempre los cuestiono. Pero los acepto. ¿Hay un reglamento social que prohíbe eso? Yo no lo firmé. Ni quiero hacerlo. ¿De dónde saqué esa estupidez?

    A veces me releo y siento una mezcla rara: mitad fascinación honesta, mitad sospecha de estarme mirando con demasiado cariño.
    ¿Narcisismo? ¿Un exceso de intimidad conmigo? ¿Ego?
    Puede ser. ¿Y? No veo el problema. Si uno no se banca a sí mismo, ¿quién carajo lo va a hacer?

    Hay días en los que me descubro pensando con una claridad inesperada, y otros en los que soy un laberinto ambulante.
    Pero incluso cuando soy un caos, me resulta interesante.
    Casi como si mi mente fuera un animal que observo sin intentar domesticarlo, o sí, a veces.

    Introspección, para mí, es eso: meterme en mis propios pasillos sin mapa, sin teorías, con la certeza de que voy a encontrar algo —bueno, malo, incómodo o brillante— pero mío. Y hacerlo lúcido, despierto, no en estado de meditación, donde aparecen también otras cosas que también soy yo.
    Y eso me alcanza.

    En el fondo, cada vez que me observo un poco más, siempre termino llegando a la misma conclusión: soy un enigma que me cae bien. A veces demasiado bien.

    Y tal vez ese sea un gran acto de soberanía.

  • La casa de mi bisabuela Bojora: primer recuerdo de mi vida

    Este es el primer recuerdo de mi vida. Literalmente el primero. Y siempre me llamó la atención que haya quedado tan firme.

    Un día, hablando con mi madre, le dije:
    —Yo me acuerdo de la bisabuela Bojora.

    Me respondió sin dudar:
    —No puede ser. No tenías más que un año cuando falleció.

    Ahí empezó todo.
    Le conté lo que veía, lo que recordaba con absoluta claridad. Y a medida que yo hablaba, ella iba confirmando cada detalle.

    Yo nací y vivía en Uruguay.
    La bisabuela Bojora vivía en Buenos Aires.

    Viajamos una única vez cuando yo tenía alrededor de un año y nos quedamos en su casa. Después de que ella falleció, la casa se vendió. Nunca volví. Por eso a mi madre le parecía imposible que yo guardara algo de ese lugar. Pero lo que describí coincidía punto por punto.

    Y algo importante: en mi casa no existen fotos de esa ocasión ni de esa casa. Nunca las vi, porque no las hay. Todo lo que recuerdo proviene directamente de aquella única visita.

    Recuerdo el tranvía pasando por la puerta. En Uruguay ya no existía, y en Buenos Aires dejó de circular cuando yo tenía entre uno y dos años. Ese tranvía me quedó grabado. Capaz que por el ruido tan particular que hacía al pasar. En mi memoria la casa está al nivel de la vereda, aunque en realidad era una casa de altos. Seguramente me subían en brazos y por eso la altura no quedó registrada.

    Para entrar había un zaguán con una puerta cancel de vidrio. A la derecha estaba una pieza donde me cambiaban los pañales. Sí: recuerdo que me cambiaban los pañales. Más adentro venía un patio que para mí, siendo tan chico, era enorme, iluminado por una claraboya. En ese patio había una escalera que subía hacia un altillo.

    Tengo una imagen muy precisa del tío Isidoro bajando por esa escalera, en camiseta blanca tipo musculosa. Él vivía allí con la tía Delia, una de las hijas de la bisabuela Bojora y hermana de mi abuela Sara. Mi madre confirmó esa escena tal como yo la contaba.

    Recuerdo que también daba al patio una ventana grande con antepecho que comunicaba con la cocina. Del lado de la cocina, sobre una mesa de madera, las primas de mi padre —Catita y Rosita; tías para mí, aunque yo siempre les dije primas— amasaban pasta. Mi madre también confirmó que ese día comimos pasta casera hecha por ellas.

    Siempre me gustó volver a estas imágenes. Ese viaje debe haber sido fuerte para mí: salir de mi entorno, conocer a tanta familia junta, ser la figurita nueva por mi edad. Algo de eso hizo que esta experiencia quedara registrada con una intensidad que todavía hoy permanece.

    Y un tema que siempre me resulta impresionante.
    Hoy vivo en Buenos Aires. Y mi departamento está a sólo cuatro cuadras de aquella casa. Paso por esa cuadra muy seguido. La reconozco. La miro. Pero nunca vi la puerta abierta ni un segundo, nunca encontré la oportunidad de espiar al menos la escalera que no forma parte de mi recuerdo y que claramente existe.

    ¿Debería tocar el timbre?

  • Incómoda incomodidad

    Me releo y me gusto.
    Mucho.
    Demasiado, tal vez.

    Y ahí aparece esa incómoda incomodidad, esa duda idiota que no sé de dónde salió.:
    ¿tengo que esconderme de mí mismo ese brillo que percibo?

    ¿De dónde saqué que no está bien amarme al reconocerme?
    A la basura esa creencia limitante, que mía no es.


    Reconocerme también es soberanía.

  • La frontera más corta del mundo

    Siempre pensé que las fronteras eran líneas en un mapa.
    Hasta que entendí que la más corta del mundo
    va del pecho a la conciencia.

    La Nación puede rodearme,
    pero la Patria únicamente existe cuando la reconozco.

    No hay aduana para entrar en mí,
    sólo valentía para no salir corriendo.

  • Patria de Bolsillo

    Hoy descubrí que mi Patria no entra en un mapa,
    pero sí en un gesto mínimo.

    Ayer me cambié de país sin moverme del sillón.
    Apagué el noticiero, respiré hondo
    y recuperé territorio.

    Al final, la soberanía era eso:
    cerrar la frontera en mí mismo.

  • Mi Patria Soberana

    Hay frases que se repiten incansablemente -y hasta las repito yo mismo- y parecen intocables. Hasta que un día cuando caen dentro mío, escucho (por primera vez?) cómo suenan. Y me hacen ruido, causan un estruendo que me despierta de un largo letargo.
    “La Patria es el otro” es una de ellas.
    La dije, la leí, la escuché, la repetí…
    pero un día algo en mí se desacomodó.

    Nací en Uruguay.
    Crecí cantando un himno que abre con un filo cortante:
    “Orientales, la Patria o la tumba.”
    Un ultimátum disfrazado de identidad.
    Y sin embargo, años después, al escuchar que “la Patria es el otro” no puedo evitar que algo en mí choque.

    Combino ambas sentencias y me pregunto:
    ¿El otro… o la tumba?
    ¿Quién decide?
    ¿Quién interpreta?
    ¿Quién define la Patria en nombre de todos?

    Me pregunto también:
    ¿Quiénes afirman a pies juntillas que la Patria es el otro?
    ¿Desde qué lugar lo hacen?
    ¿Desde qué poder real o simbólico se sostiene esa frase?
    ¿Con qué intención, con qué horizonte, con qué idea de comunidad?
    ¿Quién se siente autorizado a enunciarla?
    ¿Y qué soberanía está implícita en esa afirmación?

    Cuando declaro que la patria está en el otro…
    ¿qué lugar ocupo yo?
    ¿Y qué lugar le asigno a ese otro?
    ¿Lo convierto en depositario de mi identidad, o me reflejo en la suya?
    ¿En sostén, en apoyo involuntario?
    ¿En espejo, en reflejo?
    ¿En actor o en escenario?
    ¿O en territorio a administrar, o me convierto por el contrario en territorio administrable?

    Empiezo a ver que esa pregunta abre otra:
    ¿Qué tipo de soberanía necesita que la patria sea el otro?
    Una soberanía ejercida sobre otros no es soberanía personal.
    Intuyo que afirmar que la Patria sea el otro, es dirección, conducción, tutela o representación.
    Y esa lógica no resuena con mi forma de habitarme.

    Hay un punto en el que me cae la ficha:
    yo no puedo ejercer soberanía sobre nadie más que sobre mí.
    Ese es el límite.
    Ese es el borde.
    Ese es el territorio.

    Y si la soberanía es personal,
    si mi poder nace de mi lucidez y no de la dominación,
    entonces la patria no puede ser el otro.
    No puede estar afuera.
    No puede depender de un colectivo.

    La patria es mi territorio interno.
    La patria es el espacio que gobierno dentro mío.
    La patria es la raíz que me sostiene incluso cuando cambio de país, de idioma o de vida.
    La patria es el lugar donde mis decisiones pueden crearse.
    La patria es lo que no le delego a nadie. Es lo que yo defiendo. Y como también dice el himno uruguayo: “Libertad, o con gloria morir”.

    Sigo sin respuestas definitivas.
    Solo veo líneas que empiezan a dibujarse,
    preguntas que se tensan,
    ideas que piden un ensayo entero.

    Lo único que se asienta, aquí y ahora,
    es esta certeza firme:

    Mi patria soy yo, y nadie más que yo.
    Yo y lo que es me es propio.
    Y desde ahí respeto al otro, que defenderá su Patria.

    Todo lo demás…
    queda para profundizar en otro nivel.

  • Patria como reflejo ajeno

    Decimos que la Patria es el otro.
    Lo repetimos sin pestañear.

    Pero un día me pregunto:
    ¿y si al decirlo me vacié de mí?

    ¿Desde cuándo mi identidad
    depende de una frase colectiva
    que nadie me pidió sentir?

    Capaz la Patria no está afuera.
    Capaz me la saqué de encima
    para no hacerme cargo.

  • ¿Cómo consumo cuando soy yo?

    Soy lo que soy y elijo lo que elijo

    Consumo como un reo, consumo como un pijo.