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  • Idiomas: soberanía mental y libertad de movimiento

    A veces pienso que toda mi historia con los idiomas empezó de la forma menos soberana que puede imaginarse, y terminó convirtiéndose en una de las bases más sólidas de mi soberanía mental y de mi libertad de movimiento. Pensar, comunicarme y moverme dejaron de ser cosas separadas.

    Cuando era chico, mis padres me mandaron a estudiar inglés. Al inicio a un instituto del barrio, en clases colectivas, que me parecieron divertidas.

    En esas clases recuerdo perfecto que, con apenas 6 años, me enfrenté por primera vez al hecho de que un idioma diferente implica no sólo nuevo vocabulario y estructuras, sino una lógica distinta en cosas simples como un plural. Me costó aceptar que el plural de child no fuese childs sino children, y ni siquiera childrens, que hubiese sido más fácil aceptar para mi cabeza. O que el plural de mouse fuera mice y no mouses. No bastaba con aprender nuevas palabras. De algún modo, todo era distinto.

    Hice allí un año y terminé dando un examen en el Instituto Anglo Uruguayo que aprobé, sin estudiar más que lo que me quedaba de asistir a las clases.

    Viendo esto, mi papá decidió que el inglés era cosa seria, y me mandó a estudiar con Gladys, en su casa. Una profesora particular de inglés, pero uruguaya.

    Ahí la cosa se puso más exigente y también más aburrida. Recuerdo pasar horas estudiando listas de verbos tipo run – ran – run, become – became – become, y get – got – gotten (sí, era inglés tradicional y se usaba gotten).

    Yo protestaba, ya no me gustaba y me obligaban literalmente (cero soberanía mía), al punto de que luego de un par de años, y ante mi rechazo, mi papá decidió que incluso en las vacaciones de verano, Gladys iba a venir a casa a darme clase absolutamente todos los días. Yo lloraba, y mis padres insistían en que algún día se los iba a agradecer. Hoy mi papá ya no está y no recuerdo habérselo agradecido directamente, pero ciertamente estoy muy agradecido.

    Y llorando y sin querer, llegué a rendir el First Certificate in English (Cambridge), que aprobé (con C, lo mínimo indispensable), y luego el Proficiency in English de la Universidad de Michigan. El Proficiency de Cambridge también lo preparé y, ejerciendo mi primer acto de soberanía, decidí no rendirlo porque consideré que teniendo el de Michigan era suficiente. Y nunca lo precisé como “papel”.

    Luego vino el francés, en el sexto y último año de la escuela primaria, cuando yo tenía 11 años. Rápidamente me convertí en el favorito de Mr. Arregui, porque el francés me encantaba y no tenía problemas en inventar lo que no sabía, ya que la lógica de esta lengua latina me hacía sentir más cómodo. En el secundario seguí avanzando con Mme. Dotta, a quien también conquisté rápidamente.

    Resultaba increíble que, en el Uruguay de esa época, mientras los cursos de inglés del colegio eran siempre muy malos y prácticamente era imposible avanzar año a año, el francés en cambio era excelente y se progresaba con un poco de atención. Algunos años después de terminar el francés del secundario, ingresé en la Alianza Francesa, terminando el Certificat en un año gracias a la base adquirida en el colegio. Luego seguí con Lucía, una de las profes de la Alianza que armó un grupo en su casa, más descontracturado, logrando un nivel alto.

    Siempre desde niño amé la ópera, por lo cual fui agarrando yo el italiano, de alguna forma, a partir de ella. Pero cuando hice mi primer viaje a Italia y me di cuenta de que todos, si bien me entendían, se reían mucho de mí al decir cosas del tipo “Egli s’avanza”, supe que precisaba un curso de italiano moderno. Durante un año estudié en el Istituto Italiano di Cultura di Montevideo y, luego de ese curso y de varios viajes a Italia (al menos dos al año por mi trabajo), terminé comunicándome sin problemas.

    Hoy ya no hablo con la misma facilidad ninguno de los idiomas, si bien de alguna forma siempre tienen presencia en mi vida y me desenvuelvo correctamente con ellos.

    El portugués, por otro lado, lo aprendí a partir de mi trabajo, simplemente estando en contacto frecuente con brasileños. Debía viajar a veces hasta dos veces en la misma semana a Brasil y, en algunas oportunidades, pasaba allí varios días y tenía amigos locales. El choque vino cuando llegué a Portugal: parecía otro idioma. Pero rápidamente logré adaptar el oído y comprender tanto el portugués europeo como el brasileño.

    Estos cuatro idiomas, junto al español, son los cinco en los que hoy me puedo manejar con relativa facilidad.

    Posteriormente, ya de muy grande, estudié un año de catalán. Me sirvió para entenderlo con facilidad, leerlo, ver programas y escuchar la radio, pero sin grandes oportunidades de practicarlo en el habla, me cuesta expresarme con soltura. Nada grave, y estoy seguro de que en un entorno favorable no me llevaría más de un par de semanas lograrlo.

    Otro idioma que me atrapó fue el ruso. Luego de un viaje a Rusia, empecé a estudiarlo durante todo un año de forma seria. Después dejé, retomé un par de veces, pero no logré avanzar. Puedo leerlo, decir algunas cosas sueltas y reconocer palabras, pero no llego a un grado comunicacional básico. Me encantaría poder entenderlo y hablarlo. En algún momento pensé en pasar un año en San Petersburgo (ciudad que amé) aprendiendo, pero nunca lo concreté.

    Ya en Buenos Aires comencé a estudiar alemán, por su importancia y porque en varios países termina siendo más útil que algunos de los idiomas que tengo. Llegué a un nivel A2 y podía mantener algunas conversaciones, pero al abandonarlo (nunca logré decir bien y sin pensar “una rodaja fina de pan negro”), es el idioma que más rápido se me pierde.

    Por último, a través de YouTube y algunas apps, me acerqué al turco, que también me gusta mucho. Pero al no darle utilidad práctica por el momento, no sostengo el ritmo y, a mi edad, los avances se pierden rápido si no hay constancia.

    Actualmente me estoy acercando al húngaro, que me resulta sumamente interesante y al que planeo darle utilidad muy pronto. Si voy a estar en esa región, también el rumano y el búlgaro me resultan atractivos.

    En fin, los idiomas, como lo veo yo, ofrecen mundos y permiten ejercer soberanía y libertad, aunque se tengan en un nivel muy básico. No es lo mismo llegar a un lugar donde se habla una lengua extraña pudiendo entablar una mínima conversación funcional —pedir un café, un vaso de agua, preguntar dónde está el baño o la estación de tren— aunque se complemente con señas, que llegar sin ninguna herramienta.

    Siento el impulso de poder moverme sin depender completamente de nadie. No quiero sentirme encerrado en una sola forma de pensar ni en una sola geografía mental.

    Aprendí idiomas como quien abre ventanas porque necesita respirar.

    Unos los aprendí por imitación, otros por interés, otros por pura supervivencia emocional. Y lo curioso es que con cada idioma nuevo no sólo aprendí palabras: aprendí versiones nuevas de mí. Mi mente necesita nuevos territorios.

    Hoy veo claro que los idiomas no integraron áreas de mi vida: las unificaron.

    Los idiomas me muestran que siempre puedo seguir ampliándome, que no estoy terminado y que tampoco lo está el mundo. Y, sobre todo, que siempre puedo “upgradearme” y manifestar una nueva versión de mí en un nuevo lugar.

    A mi edad, seguir aprendiendo un idioma difícil no es capricho: es una declaración. Me digo: todavía puedo entrar en territorios donde nunca estuve.

    Hablo porque puedo.
    Me muevo porque puedo.
    Me comunico porque puedo.

    Soy libre en la medida en que mi mente lo es para aprender y para decidir invertir el tiempo soberanamente en algo tan maravilloso como aprender un nuevo mundo dentro de este mundo que creemos conocer, pero que siempre tiene más para sorprendernos.

    Seguir aprendiendo idiomas es seguir siendo libre.

    Aprender un idioma no es aprender un idioma.
    Es recordar que todavía tengo movimiento.
    Que todavía tengo elasticidad.
    Que puedo seguir entrando y saliendo de mí mismo sin envejecer por dentro.

    Lo hago por soberanía mental.
    Lo hago por soberanía geográfica.
    Lo hago por libertad de movimiento.
    Lo hago por libertad de comunicación.
    Lo hago por no depender.
    Lo hago porque puedo.

    Y porque aún quiero más geografías internas y externas que explorar.

  • Definiciones circulares (a decantar)

    Tuteláfilo (adj. masc. sing.):
    Dícese del individuo que padece tutelafilia.
    Sinónimo: tutelófilo.

    Tuteláfobo (adj. masc. sing.):
    Dícese del individuo que padece tutelafobia.
    Sinónimo: tutelófobo.

    Tutelafilia (de tutela-y-filia):
    Condición que padecen los sujetos tuteláfilos.
    Véase también: tutelofilia.

    Tutelafobia (de tutela-y-fobia):
    Condición que padecen los sujetos tuteláfobos.
    Véase también: tutelofobia.

    Es claro, ¿verdad?
    No más preguntas, Su Señoría.

  • Juego de palabras

    Yo, mi soberano = Yo, mi cul* sobrio

    Porque hay que tenerlo realmente sobrio y bien plantado para mantenerse libre e independiente.

    Si del inglés sober = sobrio, y del lunfardo ano = cul*, queda claro que esto de la soberanía no es para cualquier paisano.

    Y que tampoco es fácil ser un país sano.