Etiqueta: soberania de consumo

  • Bitácora retomando actividad

    Bitácora — 12 y 13 de diciembre

    Estado general: avance estructural significativo
    Foco: completar categorías vacías y consolidar arquitectura de contenidos

    Durante los días 12 y 13 de diciembre se produjo un avance importante en la estructura del blog, especialmente en la inauguración de categorías y subcategorías que hasta el momento se encontraban vacías. El trabajo estuvo centrado más en ordenar y habilitar el sistema que en la producción aislada de textos.

    Publicaciones del 12 de diciembre
    1. “Idiomas: soberanía mental y libertad de movimiento”
    – Inaugura la subcategoría Integraciones.
    – Funciona como pieza fundacional del enfoque integrador del proyecto.
    2. “Cuando el símbolo habla por uno”
    – Inaugura la subcategoría Consumo simbólico, dentro de Soberanía de Consumo.
    – Primer desarrollo explícito del cruce entre identidad, símbolos y consumo.
    3. “Los tres monitos”
    – Inaugura la subcategoría Objetos significativos, también dentro de Soberanía de Consumo.
    – Introduce la lógica de objeto–memoria–soberanía desde una narrativa íntima y concreta.

    Publicaciones del 13 de diciembre
    4. Diario Mento-Emocional
    – Nueva entrada dentro de la subcategoría Diario Mento-Emocional, en Soberanía Emocional.
    – Registro personal de retomada parcial de actividad tras estadía en Uruguay.
    5. “El lujo es gozo íntimo”
    – Publicado en Border.
    – Afirmación conceptual breve, sin desarrollo explicativo.
    6. “La urgencia compulsiva de mostrar”
    – Publicado en ¿Basura?
    – Continuación del eje lujo–exhibición–valor desde una lógica aforística.
    7. “Comprar en juegos”
    – Inaugura la subcategoría Criterios de Elección, dentro de Soberanía de Consumo.
    – Desarrollo largo que articula elección, coherencia interna, lujo íntimo y herencia simbólica.
    8. “La semanada que papá me daba”
    – Inaugura la subcategoría Soberanía Financiera.
    – Texto fundacional que introduce la categoría desde la experiencia temprana, evitando el abordaje abstracto o ideológico del dinero.

    Evaluación técnica
    • Se completaron todas las subcategorías de segundo nivel que estaban vacías hasta el momento.
    • Se consolidó la categoría Soberanía de Consumo en sus tres ejes:
    – Consumo simbólico
    – Objetos significativos
    – Criterios de elección
    • Se inauguró formalmente Soberanía Financiera con un texto alineado con la narrativa general del proyecto.
    • El sistema de categorías empieza a mostrar densidad, coherencia y respiración interna, habilitando una etapa de menor presión estructural.

    Resultado:
    A partir de este punto, el blog deja de estar “incompleto” a nivel arquitectónico (sólo falta la categoría Expansión) y gana margen para avanzar con mayor libertad, sin la urgencia de llenar casilleros vacíos.

  • Comprar en juegos

    Durante muchos años fui incapaz de comprar una prenda sola.

    No compraba una camisa sin saber con qué pantalón iba a usarla. Ni un pantalón sin tener claro qué zapatos, qué medias, qué cinturón.
    Y sí: también qué pañuelo.

    Elegir una pieza aislada me producía una incomodidad difícil de explicar. Como si esa prenda, por sí sola, no tuviera sentido. Como si no pudiera existir sin un sistema alrededor que la sostuviera.

    Compraba “juegos”.

    Todo junto. Pensado de antemano. Cerrado. Coherente. No porque alguien fuera a verlo, sino porque yo necesitaba que cerrara.

    Había algo profundamente interno en ese gesto. No tenía que ver con exhibición ni con llamar la atención. Al contrario: era una forma de calmar una tensión. La de sentir que algo estaba fuera de lugar, incompleto, desalineado.

    En la Facultad de Medicina eso llamaba la atención. Mis compañeras se divertían apostando de qué color serían mis medias. A veces iban más lejos y bromeaban con los calzoncillos, convencidas —y con razón— de que también estaban pensados como parte del conjunto.

    A mí me causaba gracia. Pero no era coquetería. Era otra cosa. Algo que yo sentía como muy mío y que no podía transgredir.

    Había además otra regla silenciosa que durante años no pude romper: no me gustaba mezclar ropa claramente nueva, a estrenar, con ropa ya usada.

    Una prenda nueva tenía una presencia demasiado marcada. Desentonaba. No terminaba de integrarse. Irrumpía.

    Por eso necesitaba comprar todo junto. Para que todo envejeciera a la par.

    Una vez que las cosas ya habían sido estrenadas, usadas, incorporadas al cuerpo, la mezcla se volvía posible. Lo nuevo podía convivir con lo viejo. Antes no.

    No sabía si era una cuestión estética, simbólica o simplemente una necesidad de coherencia interna. Pero lo nuevo, aislado, me resultaba invasivo. Necesitaba que entrara en bloque o que esperara su turno.

    Con el tiempo eso fue cambiando. No de golpe, sino como cambian casi todas las cosas importantes: cuando una versión de uno empieza a quedar chica.

    Aprendí a mezclar. A tolerar la asimetría. A permitir que algo nuevo conviviera con algo gastado sin sentir que todo se desarmaba.

    Pero ese criterio inicial no desapareció del todo.
    Solo se volvió más sutil.

    Hoy sé que no estaba eligiendo ropa. Estaba eligiendo cómo integrar. Porque elegir, para mí, nunca fue seleccionar objetos.
    Fue siempre una forma de ordenar energía.

    Elegir qué entra y cómo entra. Elegir qué necesita contexto y qué puede sostenerse solo. Elegir qué envejece conmigo y qué queda siempre afuera.

    El lujo, por ejemplo, nunca fue para mí, algo que necesitara ser visto. El lujo, cuando lo sentí como tal, fue siempre gozo íntimo. Y no precisaba ser caro. Saber que mis calzoncillos combinaban con mis medias y con mi pañuelo ya me producía esa sensación.

    El lujo —incluso el caro— puede mostrarse o no.
    Pero nunca precisa ser visto.

    Cuando precisa ser visto, deja de ser lujo. Se convierte en demostración. Y la demostración, casi siempre, habla de otra cosa.

    Por eso nunca me interesó vestir marcas como cartel. Nunca me sentí cómodo siendo soporte publicitario de símbolos ajenos.
    Nunca me gustó decir con el cuerpo algo que no estaba eligiendo decir.

    Con los años entendí que mis criterios de elección no buscan perfección ni coherencia externa. Buscan alineación. No se trata de que todo combine. Se trata de que todo tenga sentido para mí.

    Lo que elijo no debe exigirme justificación. Ni obligarme a representar algo que no soy. Necesito que no me empuje a sostener una imagen que no me pertenece.

    Elegir, para mí, es un acto silencioso. Casi invisible. Pero profundamente activo.

    Es decidir cómo administro mi presencia. Cómo administro mi energía. Cómo administro lo que dejo entrar y lo que dejo afuera.

    Y aunque hoy pueda mezclar más, tolerar más, flexibilizar más, sigo teniendo un radar muy fino para detectar cuando algo no entra en juego, cuando algo no envejece conmigo, cuando algo irrumpe sin permiso.

    Ahí aparece la incomodidad. Y esa incomodidad no es un problema. Es información.

    Mis criterios de elección no son reglas. Son huellas de cómo aprendí a convivir con mis cosas, sobre todo con las que llevo junto al cuerpo.

    Y aunque cambien, aunque se ajusten, aunque se contradigan, siguen cumpliendo la misma función: ayudarme a no decir con el cuerpo algo que no quiero decir con la vida.

    Años más tarde, supe —sin saber— que todo esto que sentía tan mío y tan íntimo no era completamente original. Venía de mi madre. Y de ese modo seguía siendo íntimo, pero ya no exclusivo.

    Y así logré, finalmente, transgredir esas reglas.
    Y combinar marrón con azul en un mismo atuendo.

  • El lujo es gozo íntimo

    El lujo es puro gozo íntimo.
    Puede o no dejarse ver, pero nunca precisar ser visto.
    Cuando eso ocurre, deja de ser lujo
    y se convierte en una muestra chabacana de poder.

  • Los Tres Monitos

    Este es, hoy, mi objeto más antiguo.

    No porque sea viejo en términos absolutos —que de alguna forma sí, ya tiene varias décadas— sino porque es el único que me acompaña desde la infancia y sigue acá. Delante de mis libros. No en un lugar destacado, no como adorno central: simplemente presente.

    No soy una persona de tener objetos.
    Mucho menos de tener adornos.

    Los pocos que fui teniendo no sobrevivieron los cambios de casa, de país, de vida. Algunos se perdieron, otros los dejé ir, otros directamente los descarté cuando sentí que ya no quería identificarme con ciertas etapas. Incluso hubo una biblioteca entera de mi infancia —con libros serios, historia, enciclopedias, curiosidades— que lamento haber perdido cuando crecer implicaba, para mí, borrar lo infantil. Lo mismo con mis discos de pasta de niño.

    Este objeto no.

    Son los tres monitos: ver, oír y callar.

    Me los regaló mamá cuando yo era niño, tendría siete u ocho años. Ocupaban mi escritorio primero, después algún estante de mi biblioteca. El mensaje era bastante claro. Yo pasaba mucho tiempo con adultos y, a su criterio, a veces hablaba de más. No era un reto. Era una señal. Una forma simbólica de marcar un límite, pero desde el amor.

    Durante mucho tiempo los leí así.
    Como una indicación.
    Como un recordatorio.

    Y hay algo más: de niño, cuando estaban “sanitos”, enteros, me parecían espantosos. Tenían una estética que yo asociaba con cosas de viejas. No me gustaban. Me incomodaban incluso desde lo visual.

    Hoy pasa lo contrario.

    Hoy, que están gastados, despintados, cascados, marcados por el tiempo —como yo—, me parecen hermosos. También como yo.

    Eso también me dice algo.

    Después vinieron otras etapas. Cambios. Mudanzas. Países. Versiones distintas de mí mismo. Y, sin embargo, los monitos siguieron viajando conmigo. Sin tener necesidad de cuidarlos especialmente, nunca sentí el impulso de dejarlos atrás.

    Hoy los miro distinto.

    Siguen diciendo “ver, oír y callar”, pero ya no como consigna externa. Hoy los leo como una forma de soberanía:
    la de elegir qué digo, cuándo lo digo y qué dejo pasar.

    Me recuerdan que administrar la palabra —y el silencio— también es una forma de madurez.

    Tal vez por eso sobrevivieron cuando otros objetos no.
    Tal vez porque no exigen nada, ni reclaman un sentido fijo.
    No piden ser reinterpretados todo el tiempo.

    Están ahí.

    No invaden espacio y no son verdaderamente decorativos.
    No representan una estética a la que aferrarse. O tal vez sí: la de la permanencia de algunas cosas.

    Son una continuidad silenciosa entre quien fui y quien soy.

    Y en un mundo donde casi todo se reemplaza, se actualiza o se descarta, eso —para mí— ya los vuelve profundamente significativos.

    A veces incluso pienso que, cuando me vaya, me los llevaré conmigo.

    Como un guiño al poder supremo. Un recordatorio silencioso —para quien tenga la potestad de ver y oírlo todo— de que también existe el arte de callar, de dejar pasar, de hacerse un poco el distraído.

  • Cuando el símbolo habla por uno

    Hace poco me regalaron una camiseta del Real Madrid.
    Me la regaló Andy, sabiendo perfectamente que es mi equipo europeo favorito.

    Me encanta la camiseta. Me queda linda; lo veo y también me lo dicen.

    Soy todo canoso, el pelo ya completamente blanco, y lejos de competir con el blanco de la camiseta, siento que se complementan. Me gusta cómo me queda y la he usado para ir al gimnasio.

    Pero junto con ese disfrute aparece una incomodidad muy precisa.

    No tiene que ver con el Real Madrid. O sí, pero sólo en parte. El Real Madrid es indiscutiblemente mi equipo en España.

    Me hice del Real de una forma bastante concreta: viendo una final del Campeonato Europeo en un bar de Madrid junto a Javier, y después yendo a festejar a Cibeles. Era la época en que cantábamos, con desconocidos que se abrazaban como amigos de toda la vida:

    “¿Cómo no te voy a querer, cómo no te voy a querer,
    si fuiste campeón de Europa por décima vez?”

    Al usar la camiseta yo quería decir Real Madrid: fútbol, afición, historia multicampeona de Europa. Y eso sigue estando ahí.

    La incomodidad aparece por otra capa.

    La camiseta dice Emirates, grande, en el pecho. Define la primera lectura.

    Para que esa camiseta transmita Real Madrid —y sobre todo fuera de España— hace falta conocimiento, historia compartida, contexto. Mi madre, por ejemplo, no lo ve así. Para ella es una camiseta blanca que dice Emirates, grande en el pecho. No ve que signifique nada más.

    Emirates se impone sin mediación. No requiere saber nada. Funciona por presencia, por repetición, por escala.

    Y no es sólo una marca.

    Emirates no es únicamente una aerolínea.
    Es un símbolo cultural, económico y geopolítico muy concreto. Representa una forma de expansión, de ocupación del espacio simbólico global, que hoy atraviesa el fútbol, el deporte de elite y gran parte de la cultura popular europea.

    Viajé a los Emiratos Árabes Unidos. Estuve allí. Lo disfruté. Me pareció un lugar impactante y fascinante. Eso no está en discusión. Me vestí de árabe y me saqué fotos. No tengo prejuicios en ese sentido.

    Lo que sí está en juego es qué mensaje quiero llevar en el pecho cuando me visto. Y la soberanía de elegirlo yo.

    Porque cuando uso esa camiseta, no solo acompaño a un equipo. También me convierto —de manera involuntaria— en soporte visible de una narrativa cultural y política que no es la que quiero representar.

    Y ahí aparece la tensión.

    Yo busco decir Real Madrid.
    Historia. Fútbol. Identidad. Europa.
    Lo que termina diciendo la camiseta, en primer plano, es otra cosa.

    Y eso se conecta con algo más profundo.

    Los clubes cobran cifras enormes a los sponsors para estampar sus logos en camisetas que luego venden a sus propios hinchas. Es decir: convierten a quienes los aman y los siguen, en propaganda ambulante de otros mensajes.

    Desde ese lugar, no dejo de sentir que hay una forma de traición simbólica: el equipo al que apoyo me vende como superficie publicitaria de intereses que no son los míos.

    Ya me había pasado antes.

    Hace un tiempo me probé una camiseta de Boca que me encantaba. Me quedaba perfecta. Decidí no comprarla. Decía Betsson, algo que va en otro sentido diferente al de Emirates, que tampoco me respresenta. Y lo rechacé.

    Yo quería Boca. Quería que eso fuera lo que se transmitiera.

    También vi algo análogo durante años con el Barcelona y Qatar.
    Camisetas donde Qatar ocupaba más espacio simbólico que el club mismo. Las personas se vestían por Messi, por el Barça, sin preguntarse qué más estaban exhibiendo. Me hacía ruido.

    Ahora esa reflexión me alcanza a mí.

    Uso la camiseta, sí. Probablemente la siga usando en el gimnasio. No la hubiese comprado (de hecho no lo hice), sin embargo es un regalo que no quiero rechazar.

    Pero no dejo de registrar lo que ocurre.

    El consumo simbólico no es neutro.
    Lo que vestimos comunica, incluso cuando no lo pensamos.
    Y cuando empiezo a notar que lo que muestro no coincide con lo que quiero decir, algo se activa.

    Quiero elegir conscientemente.
    Quiero que los símbolos que llevo tengan sentido para mí.
    Quiero apoyar a un equipo sin convertirme en cartel de otras cosas.
    Quiero no ser vendido a terceras partes por alguien a quien apoyo.
    Quiero que mi cuerpo no sea una valla publicitaria cultural involuntaria.

    Tal vez no exista una salida perfecta.
    Pero existe la conciencia.

    Y para mí, esa conciencia ya es una forma clara y activa de soberanía.

  • Los anteojos verdes que me gustaban…y no compré

    Hay un episodio de hace unos días que me quedó resonando:
    Fui a caminar al Parque Los Andes con un amigo. Estaba el mercado callejero.
    Me gusta mirar los puestos, en general como simple curiosidad.

    Pero esta vez, había unos anteojos viejos (usados) verdes.
    Me llamaron la atención: por la forma, por el color. Me los probé.
    Mi amigo me sacó una foto con ellos puestos.

    Dije “gracias”, los devolví y seguí caminando.
    Después él me mandó la foto por WhatsApp. Estaba muy linda.

    ¿Por qué no me los compré? Tenía el dinero. El precio no era un problema.
    Me quedé pensando en ese punto exacto donde me ignoro a mí mismo por dos segundos.
    Para resolver rápido. Para no decidir. Para seguir en piloto automático.

    No sé bien qué es, pero seguro hay algo ahí que habla de mí más de lo que tengo ganas de escuchar…
    y todavía no sé si quiero escucharlo.

  • ¿Cómo consumo cuando soy yo?

    Soy lo que soy y elijo lo que elijo

    Consumo como un reo, consumo como un pijo.